En la primavera de 1969, en un breve sopor del estado de excepción franquista, surgía en Barcelona la editorial Anagrama. Los dos primeros libros que publicó el joven y melenudo Jordi Herralde fueron El oficio de vivir —diario íntimo de Cesare Pavese— y el Baudelaire de Jean Paul Sartre. Antes de aquellos dos títulos, muchos otros fueron atajados por la censura: Partiendo de El Capital de Elmar Altvater, Samir Amin, Francois Chatelet y Nicos Poulantzas; la antología de textos bolcheviques de Jean Jacques Marie; Moncada. Primer combate de Fidel Castro de Robert Merle; Sobre el hachís de Walter Benjamin…

La marca de la New Left saltaba a la vista en el proyecto de Herralde. La correspondencia del editor con sus autores, con otros editores, con agencias literarias y, sobre todo, con la prensa desde esos años, oscilaba entre los tonos discretamente coqueto y razonablemente hosco, como de quien se sabe censurable. Aquellas cartas son la fuente de un libro editado por el ensayista Jordi Gracia, que traza la historia epistolar de Anagrama en tres décadas.

La colección de cuadernos que Herralde lanzó a fines de 1969 ilustra muy bien la inscripción de Anagrama en la Nueva Izquierda. Herralde leía revistas como Les Temps Modernes, Nouvelle Critique, Monthly Review y New Left Review, y proponía convertir algunos de sus artículos en cuadernos de ensayos. Así surgió la idea de publicar textos de Maurice Dobb, Claude Lévi-Strauss y Edmund Leach. Esa idea llevó a que Herralde entablara correspondencia con André Glucksmann y Louis Althusser, a través de André Gorz.

El objetivo del editor era traducir Le discours de la guerre (1967) de Glucksmann, y para evitar la censura urdió un plan ingenioso: presentaría a censura previa el ensayo Althusser: un estructuralismo ventrílocuo (1971) de Gucksmann, junto con el Freud y Lacan (1970) del propio Althusser, que aparecerían como cuadernos. Tras esa maniobra de distracción, decidió que el libro de Glucksmann «no sería enviado a censura previa para evitar supresiones o la prohibición total». El discurso de la guerra se «presentaría al depósito ya impreso, arriesgándose al secuestro», ya que «en ese caso el procedimiento judicial era menos arbitrario».

En medio de la jugarreta surgió un imprevisto cuando Althusser, después de haber aceptado, rechazó la traducción del Freud et Lacan en Anagrama. No queda claro qué hizo dudar a Althusser, si un asunto monetario —el regateo de dinero de aquellos marxistas con sus editores era implacable—, malestar con la traducción o la compañía de autores incómodos como el trotskista Isaac Deustcher en la misma colección. Lo cierto es que luego de un par de cartas persuasivas de Herralde, Althusser aceptó la oferta.

Como en tantos otros proyectos editoriales de la Nueva Izquierda occidental, la relación con Cuba estuvo marcada por la tensión desde un inicio. Luego de la censura del libro de Robert Merle sobre el Moncada, Herralde pensó traducir el estudio de Andrew Sinclair sobre el Che Guevara. Por el camino se atravesó el caso Padilla y el reposicionamiento crítico de buena parte de la izquierda occidental. Fue entonces que llegó a Anagrama el manuscrito de Interrogatorio de La Habana: autorretrato de la contrarrevolución (1973) de Hans Magnus Enzensberger, uno de los grandes cómplices de Herralde.

Junto a una radiografía de la invasión de Bahía de Cochinos, el libro de Enzensberger proponía una historia crítica del comunismo cubano y una mordaz descripción de los rituales del “turismo revolucionario”, con sus aleladas “delegaciones de países amigos”, que irritaron al castrismo español. En una carta de abril de 1974, Herralde cuenta a Enzensberger que tras la aparición simultánea en Barcelona de El interrogatorio de La Habana, Persona non grata de Jorge Edwards y Cuba. La lucha por la libertad de Hugh Thomas, el cónsul de la isla se convenció de que aquello «no podía haberse debido al azar» e «imaginó un rocambolesco complot editorial, auspiciado por la CIA».

En esos años inició su valiosa correspondencia con Guillermo Cabrera Infante y Heberto Padilla, en este caso, doblemente generosa, dada la muerte civil del poeta hasta su salida de Cuba en 1980. Herralde quería ubicar el poema «Viajeros» de Padilla para reproducirlo en el libro Enzensberger, ya que ayudaba a delinear el retrato sarcástico de los turistas revolucionarios, «dulcemente subversivos», con sus «ropas de abundancia» y sus «cámaras Nikon, Leica y Rolleiflex», que «relucen, perfectamente aptas para la luz del trópico, para el subdesarrollo». Luego, estando ya Padilla en el exilio, Herralde propondría al poeta la traducción de El hundimiento del Titanic (1986) de Enzensberger.

Con Cabrera Infante, la correspondencia fue una suma de tanteos afectuosos que no llegaron a nada, fuera del ensayo que el cubano escribiera, junto a Susan Sontag, para anteceder el libro Vudú urbano (1985) de Edgardo Cozaransky. Herralde quiso publicar O (1975) y Exorcismos de esti(l)o (1976) en la Serie Informal de Anagrama, pero tuvo que leerlos «envidiosamente» en Seix Barral. Más avanzó en la negociación de los derechos para la edición en castellano de Holy Smoke. En diciembre de 1983, el editor anunció al escritor cubano la noticia de la firma del contrato, «tras laboriosa negociación con la agente Cochie, un auténtico hard hosted». El proyecto tampoco cuajó, por dificultades con la traducción, y Puro humo (2000) se publicó finalmente en Alfaguara.

La familiaridad de Anagrama con el repertorio de la Nueva Izquierda, en los setenta, es perfectamente documentable. No tanto el enorme interés de la editorial en el postmodernismo de los ochenta, que se refleja en las cartas de Herralde. El editor hizo ofertas de traducción para El Anti Edipo y Mil mesetas de Gilles Deleuze y Félix Guattari, y para La condición postmoderna de Jean Francois Lyotard. Tampoco lo consiguió, aunque sí alcanzó a publicar Proust y los signos, Nietzsche y la filosofía, Crítica y clínica y otros textos de Deleuze. También publicó algunos ensayos de Oswald Ducrot y Michel Foucault que revelaban su lectura del postestructuralismo.

En estas cartas de fines de los setenta y principios de los ochenta se observa el desplazamiento de Anagrama del horizonte de la Nueva Izquierda al neomarxismo, especialmente a través de la perspectiva postestructuralista francesa. La idea equivocada de asumir el postmodernismo como un movimiento intelectual de derechas —tan cara a las burocracias culturales de la izquierda latinoamericana— se ve cuestionada por un catálogo donde figura Del obrero masa al obrero social (1980) de Toni Negri, junto a La nueva derecha norteamericana (1982) de Alain Finkielkraut.

El libro de Jordi Gracia cierra en la década de los noventa, cuando Herralde consolida algunas líneas de su gran proyecto editorial, como el rescate de casi todo Nabokov, casi toda Highsmith, la apuesta por Roberto Bolaño y por la traducción de una brillante generación de narradores británicos: Barnes, Amis, Ishiguro, McEwan… A 30 años de fundada Anagrama, el editor podía decir «misión cumplida» en un libro titulado Opiniones mohicanas, publicado por la editorial mexicana Aldus y presentado en la Feria del Libro de Guadalajara en noviembre del año 2000.