El Napoleón que nos presenta la película es un tipo sin gracia y sin ambiciones; de hecho, su meteórico ascenso no parece depender de él, sino de algunas figuras que le proponen ser cónsul o emperador, jerarquías que él acepta con cara de idiota.
«Si en verdad fuéramos culpables, lo asumiríamos. ¿Quién puede dormir tranquilo con la muerte de tres niñas en la conciencia? Pero somos inocentes. Al principio, teníamos fe en que iba a saberse nuestra verdad. Pensamos que no iba a pasar nada, que era un malentendido.»
El llamado a despolitizar los conciertos de Norah Jones es absurdo, vacío. Dotar de sentidos políticos un acontecimiento no debiera ser de ninguna manera reprobable. No existe hecho público que escape a la política o no pueda ser visto desde ese prisma.
Me dicen que aquel lugar ruinoso de la esquina de 12 y 17, en El Vedado habanero, que antes fue una fonda para miserables y, mucho más atrás, un restaurantillo estatal con relativo éxito, es ahora un lugar limpio y «decente».