Un mes en San Isidro y ya se puede dormir para toda la vida en un campo de batalla dos días después, cuando aún no han acabado de enterrar a los muertos, o en un cementerio de paquidermos. Lo que inunda la calle es el vaho de tres siglos de futilidad, del que hasta los animales huyen.
Lo que parece claro en Venezuela es que la gente no es tonta, que no se puede hacer política sin pensar en lo que la gente quiere. Quiero pensar que hay que tener paciencia. Si esta fuera una serie de televisión, es como si hora estuviera comenzando una nueva temporada.