Días de coronavirus (XXXVIII)

Bajamos con Bruno a primera hora. Anunciaban lluvia y no queríamos desaprovechar el rato de paseo sobre el suelo seco. La inminencia de la lluvia había traído a las gaviotas hasta Gràcia, como cada vez, para tormento de las palomas. Vimos a una de estas últimas despanzurrada junto al monumento a Pi i Margall aquí abajo. Bruno, ya cegato, la olió no obstante. En estos casos yo creo que siente tanto miedo como curiosidad y a estas alturas de su vida siempre vence el primero.

M. cumple años el martes y hoy dediqué un buen rato de la mañana a coordinaciones. Fue divertido, porque tengo que esconderme de ella para hacerlo, aunque ella sabe perfectamente lo que hago. Y cuando salgo de la habitación de atrás le hago una broma cada vez para mantener la ficción de que no sabe nada. Habíamos planeado algo especial para este cumpleaños. Nunca imaginamos que lo viviríamos por streaming. Nos hemos organizado cumpleaños memorables M. y yo. Con sorpresas, bares cerrados para la fiesta, cenas y barras libres. Este, confinados todos, será distinto, pero lo disfrutaremos con resignación y buen humor. De hecho, ya hemos asistido, que es un decir, a otros dos de amigos muy queridos estas semanas y tenemos, ¡qué terrible poder decirlo!, experiencia.

Aunque ya todo da igual, hoy es sábado y mantenemos la costumbre de disfrutar de la buena mesa los fines de semana. Comimos pollo encebollado al curry, arroz basmati con uvas pasas y tomate con mozzarella. De postres, helado de vainilla merengada y buñuelos. Un curry excelente que compré en Travessera de Gràcia a una dependienta enguantada y con mascarilla, que me ofreció adelantarle los encargos por correo electrónico para que no tuviera que entrar siquiera a la tienda la próxima vez que necesite especias. Los negocios del barrio temen la crisis que viene, la de las costumbres y la de los dineros. No había que ser muy sagaz para saber que la mujer no sonreía, precisamente, detrás de la mascarilla.

Después de comer vi el documental A media voz, que firman Heidi Hassan y Patricia Pérez Fernández. Se había alzado con el premio al mejor largometraje en el festival de cine documental del IDFA en diciembre pasado y tenía una gran curiosidad por verlo. Me alegró constatar que no carece de interés para un hombre confinado. ¡Para el público cautivo! Y que incluso, visto en las penosas circunstancias del encierro, el documental parece el relato de un progresivo desconfinamiento: la manera en que dos jóvenes crecidas en el tardocastrismo buscan escapar del pasado (y a la vez de la geografía de la isla de Cuba) y lo administran después como mejor saben desde la madurez biológica y esa otra madurez civil que es el exilio.

En un célebre ensayo Walter Benjamin explicó cómo el arte, en la época de su reproductibilidad mecánica, perdía su «aura», su «originalidad», su condición de única vez. Los relatos de la decepción de los jóvenes cubanos con la revolución de sus padres o abuelos y su trasiego con ese animalito de mala compañía que es la nostalgia se repiten de manera extenuante, lustro a lustro, todos con semejantes mimbres e idéntica casita del perro. Y se repiten con las mismas palabras, porque hay pocas más cuando se trata con tema tan sobado. Tengo para mí que cada vez que un emigrante cubano pronuncia en Estocolmo o Tampa, Málaga o Roma, la expresión «antídoto contra la nostalgia» un majá le tiende una trampa a una jutía en algún recodo del río que corre bajo el palmar. ¡Y lo envuelve en su abrazo! Un abrazo del que zafarse es tanto una suerte, como una necesidad.

En A media voz, como si lo antipara el título sin quererlo, hay una buena historia, la de Heidi, y otra que lo es menos. Y entre la hermosa poesía general y ese zócalo de mujer y maternidad y vida que es a mi juicio lo que el documental mejor exhibe y cuenta, hay una prosa hija de la creencia en la increíble, la inverosímil idea de que tampoco era para tanto. Esa lengua que parece cantada por el dúo Buena fe, esa melodía suya que es guarapo con la idea de la excepcionalidad de Cuba y la ñoñería como topping falaz. Es la prosa que produce el absolutamente increíble efecto de que en un documental de una hora y media de duración sobre la decepción y la emigración, la censura y la orfandad en la Cuba de los Castro no se mencione una sola vez la palabra «dictadura». Un efecto narrativo de ocultación u omisión que, oliendo a guardado ya Freud como a guardado olemos los confinados y a falta de un pertinente vocablo inglés o grecolatino, podríamos llamar «costarricense».

Y, sin embargo, Heidi en Ginebra.  Y, sin embargo, la construcción de la historia en paralelo. Y, sin embargo, el relato de años tirando de footage sucesivo. Véanlo, véanlo. ¡El IDFA no regala premios, como yo no regalo ditirambos!

La democratización de las herramientas para contar historias ha generado, como si quisiera traer de vuelta al siglo XXI al ensayista de los Pasajes, la convicción que resulta demoledora para el tiempo y la paciencia, aunque estupenda para el negocio de la autoayuda, de que todo el mundo tiene una vida que merece ser contada. Mucho documental sale de ahí. Y mucho buen documental. Y sobre todo la extenuante invasión de influencers, youtubers y otras pandemias.

Yo mismo me pego constantemente contra ese sparring. ¡Y sobre todo ahora que tengo la vida de un preso! ¡Ahora que, por no tener, ni calle tengo!

Ha dejado de llover, hace un tiempo estupendo a despecho del pronóstico de mi Siri y voy ahora al balcón a tomarme una última copa. O dos. Mi balcón con sus barrotes que es donde mejor se ve que esto es cárcel.

Si me entono, tal vez grite a mis vecinos en medio de la noche: “¡Viva Costa Rica libre!”

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Leandro Eduardo Campa fue (o es) un escritor nacido en La Habana, Cuba, en 1953. Llegó a los Estados Unidos con el éxodo del Mariel. Medio vagabundo, elegante y mitómano (según dicen), vendía prendas falsas en las calles de South Beach o de la Pequeña Habana.

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2 COMENTARIOS

  1. Excelente! Ahora tendré que ver el documental. Ah! Olvidaba la foto: muy especial, M. Cada vez mejor. No quiero que se terminen las crónicas.

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