Días de coronavirus (XXXVI)

    Por la mañana, duchado y animoso como un recluta el día de pase, estuve corrigiendo las cartelas de la exposición dedicada a Tarkovsky que mostrará el Museo Ruso de Málaga cuando vuelva a abrir las puertas y viendo los detalles de una presentación para la venidera fiesta del libro del próximo 23 de abril. Por un rato era como si la vida transcurriera por los mismos cauces que antes de que este Gobierno me encerrara en casa como a un delincuente o una víctima en potencia. O más bien ambos a la vez.

    La ilusión de que en unas pocas semanas comenzaremos el viaje por etapas a la vida de los hombres libres y audaces es el renqueante motor que me empuja. Que volveremos al trabajo creador sin el corsé del encierro, al paseo vivificador, al abrazo y la librería, a comer jamón cortado por una muchacha de risa fresca y bronquios sanos como los de los niños cantores de Viena. Y también, cómo no, al mundo en el que pago la hipoteca, donde el precio de la luz me parece insoportablemente alto, los gobiernos imponen algunos impuestos abusivos y los honorarios que me pagan casi todos los clientes me parecen bajos. A ese mundo donde los muchachos patinan en las rampas y las muchachas son las mejores en matemáticas y matriculan en las escuelas de Medicina en grupitos de a tres. El mundo en el que un hombre de economía modesta como la mía tiene que calcular cuántas veces se puede permitir cenar en restaurantes caros cada trimestre o cuántos días ir de vacaciones a Miami. ¡Pero ese es el mundo habitado por los adultos! ¡Mi mundo! El de la libertad de la que gozo y la responsabilidad individual que asumo. El de la política de los datos que defiendo y la miseria populista que deploro. El mundo en el que calculo lo que puedo hacer y lo que no. En el que voto y agito por una política más justa y una economía menos proclive a generar precariedad. ¡El mundo de los adultos, lisa y llanamente! Un mundo donde conviven el teatro que veo en San Petersburgo o Barcelona y el Niño Trump, el gran colisionador de hadrones y aquella monga sueca que respondía cejijunta por Greta, la editorial que censura a Woody Allen y la que lo publica, M. y las fronteras que no dejan que los hombres se pongan a salvo de una guerra. El mundo donde los jabalíes están en el monte y las ancianas consiguen que las mercerías resistan la invasión de esos Starbucks que son a la globalización lo que los herpes al sexo casual. Ese es el mundo que volverá, con su zona de sol y su zona de sombra, como en los toros: ¡qué vuelva ya!

    El mundo de los adultos, que es el único donde se puede dar de comer a los niños.

    Observo estos días entre el estupor y la vergüenza ajena, la alegría por la invasión de cuatro animales perdidos: un oso en Monterrey, jabalíes en Barcelona, patos en Madrid, los pececitos de colores en Venecia que ya nadaron aquí. “¡El mundo estaría mejor sin nosotros!”, chillan ñoños y ñoñas: “¡Mueran los humanos!”; “¡No merecemos este planeta!”. A ver, oigan, si William Shakespeare se metía en la cama con Anne Hathaway, las ratas huían de la habitación. Terminada la cópula, William y Anne se dormían y las ratas volvían a campar a sus anchas. Pero eso no significa que el mundo sería mejor sin Shakespeare y con las ratas de fiesta. ¿Tan difícil es de entender lo que vale un hombre, lo que vale la civilización, lo que hay en la cabeza de un jabalí y ya no digamos en la translúcida cabecita de un pececillo de colores?

    Siempre recuerdo ante estos lloros animalistas y estas invectivas contra la especie humana aquel momento sublime en el que Werner Herzog mete su voz en off en Grizzly Man, el genial documental que hizo sobre el destino de Timothy Treadwell, un pobre idiota que adoraba a los osos pardos e hizo carrera con ellos. Me disculparás el spoiler, pero a Timothy acabó zampándoselo un oso, a él y a su chica, que sabía lo que venía, porque no era tan idiota como él, pero no huyó a tiempo. Y Herzog, con esa voz suya que parece venir de la profundidad de los tiempos, repasa una escena en la que el zampado y el oso que se lo jamó dos días después se miran y el primero habla a la cámara alabando la dulzura y la inteligencia del oso, su condición supraanimal y cognoscente, la comunión que existe entre ambos. Pero Herzog dice discrepar de Treadwell: “Lo único que yo veo en esos ojos es la estúpida mirada de una bestia que mira un trozo de carne y estudia cómo llevárselo a la boca”. Lo que hizo en cuanto pudo. Y punto.

    Bruno, el perro con el que vivo, no me comería jamás. Más bien, no me atacaría para comerme, que no es difícil imaginar lo que haría con mi cadáver si tuviera hambre. Llevamos diez años viviendo juntos, muy juntos. Tuve dos perros antes. K. y Loba. A K. lo rescaté de una calle de Moscú medio muerto y abandonado. Me lo llevé a Marianao desde la URSS. Su final no fue bonito en aquellos años en que la epidemia castrista tuvo su brote más agudo. El Período especial en tiempos de paz, se llamaba, que parece un título de novela escrita al sur de la mayoría de las novelas.

    Bruno es como un niño. En su simpleza y su sencillez, en sus travesuras y su hambre perenne, en la manera en que te gana con sus mimos o te desespera con sus caprichos. Vivir con él estos que pronto serán cuarenta días de encierro ha sido una extraña suerte. También para él, porque jamás nos tuvo tanto tiempo cerca y lo disfruta tremendamente. Es un perro viejo. Le faltan dientes y tiene las patas malas. Pierde pelo en los flancos. Si tuviera que cazar para vivir ya estaría muerto, pero yo le busco comida, porque es parte de mi mundo. Somos muy muy poca cosa ambos comparados con Shakespeare y la rata, sobre todo yo, pero aquí vamos tirando, apoyándonos. Yo miro a los hombres y me miro a mí y a él le cae un trozo de queso de tanto en tanto.

    Subimos los dos ahora, después del paseo nocturno, cada día más largo. Yo voy hablándole por las aceras. O avanzamos juntos por el medio de la calle Escorial mientras yo canto: « Que c’est triste Venice / Au temps des amours mortes… / Les musées, les églises / Ouvrent en vain leurs portes / Inutile beauté / Devant nos yeux décus… » El cultivo de la chanson es una deferencia que tengo con él, bulldog francés. Frenchie, que dicen los cursis. Aunque nacido a las afueras de Praga, de donde le vino el nombre al soviético K., criatura.

    Hoy, cuando paseábamos y yo cantaba, vi a una muchacha grabándonos desde un balcón.

    Nuestra Herzog, la que nos ve comiéndonos.

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    2 COMENTARIOS

    1. A veces uno deforma naturalmente las historias, según encaje propio. Yo recuerdo al pobre idiota como a un hombre incapacitado para vivir en sociedad y, quizás, admitámoslo, no muy consciente del peligro del destino de su amor. Al final del documental, en un viaje de regreso a la ciudad, tiene un último incidente con una azafata de tierra del aeropuerto y, hombre débil, desiste de la empresa de vivir. Tengo el dvd en casa, aunque no sé si quiero verle como a un pobre idiota con todas las de la ley.

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