Miami Beach a la altura de la 71 Street, frente al restaurant Manolo, se ha colmado de camisetas de Messi. De no haber sido eliminado nuestro equipo, también nosotros andaríamos de jolgorio. Seiscientos dólares por una entrada. Eso fue lo que pagaron mis hijos para ver jugar a su selección, Uruguay, en el Hard Rock Stadium de Miami. Pero es fútbol, y no embocamos al arco. Apareció Vozinha. Vamos perdiendo. Como vamos perdiendo en casi todo. Es un campeonato como es el mundo, excluyente, dolarizado, profiláctico. Con los parkings más caros del planeta. Con sus pausas de hidratación para poder tragar y seguir el juego. Entonces nos aferramos a lo que queda, a ese poco de ilusión, a ese refugio de pertenencia, a ese éxtasis instantáneo, que a pesar de andar siempre medio cojeando y en offside, nos mantiene vivos. Terminado el partido, nos miramos y decimos: «Perdimos». Somos las hermanas Campa.
Las hermanas Campa no hablan inglés, tampoco alemán y tampoco francés. Tienen un banco de stickers para intercambiar cuando la cosa se pone dura. La escritora Legna Rodríguez Iglesias escribió hace poco un texto para Hipermedia Magazine donde habla del no linaje. De la derrota, el fracaso y la pobreza como un tipo de herencia. Escribió sobre por qué usar ese apellido.
Leandro Eduardo Campa fue (o es) un escritor nacido en La Habana, Cuba, en 1953. Llegó a los Estados Unidos con el éxodo del Mariel. Medio vagabundo, elegante y mitómano (según dicen), vendía prendas falsas en las calles de South Beach o de la Pequeña Habana. Eddy Campa nos dejó, además de las anécdotas de sus allegados, un par de libros que no podemos olvidar: Curso para estafar y otras historias y Little Havana Memorial Park. Para mí, son una fineza. Una fineza que muestra ese Miami sucio, con el que convivimos, pero que todos prefieren mantener a raya.
Del otro lado de la ventanilla, Campa escribió esos libros de una manera impecable. Profunda, poética y humana. Campa nos gusta. Mucho. Las hermanas Campa son de fantasía.

***
A Legna la conocí en Miami, hace diez años. Llegó una mañana con la poeta cubana Soleida Ríos, a quien conozco desde siempre. Entonces ella vivía en un estudio diminuto que no podía pagar, en Little Havana; y lo mío era un estudio, también minúsculo, en Miami Beach. Trabajábamos en cosas vulgares y agotadoras, que no alcanzaban. Ambas habíamos llegado a la ciudad por amor a alguien. Para amar a alguien. Alguien que ya no estaba. Le ofrecí una lata de atún y una naranja. Ese fue el origen.
De no existir terremotos, de no cargar un pecho apretado —como escribió mi madre después de leer un artículo de Carlos Manuel Álvarez sobre Cuba— y de no haber perdido Uruguay esta tarde, podríamos estar bailando. Haaland, Haaland! Podríamos estar haciendo el remo noruego por la autopista o cantando la canción de Los Auténticos Decadentes, que nos gusta: «Te vi bailar, brillando con tu ausencia sin sentir piedad, chocando con las mesas te burlaste de todos, te reíste de mí, tus amigos escaparon de vos…». En cambio, estoy hablando de fatalismos, falsedades, ficciones y falsetes con la hermana Campa. De las deudas del verano. De trampas a sortear.
Estoy recalculando. Intentando no morder el chicle que se ofrece en cada esquina para inflar globos enormes. Globos que te explotan en la cara. No. Eso no, por favor, gracias. Sensación térmica: cien grados Fahrenheit. Tío Eddy, sálvanos la noche. Llenémosla de stickers brillantes, de manillas de oro falsas, de esos versos que le escribías a Mirtha B. Moraflores.
Yo, Eddy Campa,
que amé a Mirtha B. Moraflores
hasta el delirio.
Yo, que la esperaba
en el quicio de los atardeceres
desde las cinco de la mañana…

Oh, Eddy. Dinos dónde estás. Comparte ese billete ganador de lotería con nosotras. Traficar palabras es lo que sabemos hacer. El sticker de las hermanas relampaguea. Es también una estafa, otro robo virtual. Otro acto de independencia o impunidad, o de descaro, según cómo lo mire. Un vicio como cualquier otro.
Siempre que llueve, es Campa. Eso creíamos. Pero tuvimos que cambiarlo por: Si no llueve, es Campa. Nunca llovía. Olvídate de los quilates. Dale ficción. El poeta Eduardo Campa, un buen día, desapareció del mapa. Desapareció de la calle Flagler, de las inmediaciones del Restaurante El Pub, del pasillo de libros hispanos de la Biblioteca Pública y del quicio de los atardeceres, donde escribió sus versos. Sus amigos lo buscaron por todos esos lugares. Lo buscaron por la morgue, por la prisión y los hospitales. Nadie lo volvió a ver. Ni está vivo, ni está muerto. Se esfumó. Entre los últimos que lo vieron había algunos que yo conocía. Aquí todo el mundo se conoce de algo.
Una noche le pregunté al arquitecto y algo me contó sobre Eddy Campa. Pero suelo retener imágenes distorsionadas. Demasiado distorsionadas y siempre a mi favor, así que me da miedo equivocarme. Siempre estoy apta para fallar.
También pude preguntarle al trovador Roberto Poveda el día que fuimos a Winwood. Casi lo hago, pero me dio pena. Compramos gomitas en Winwood y tomamos un helado. No le pregunté de nada.
El tercero a quien pude preguntarle fue al filósofo Emilio Ichikawa (nosotros nunca lo llamamos filósofo, eso no se estilaba). Lo conoció. Dice que se había asustado la última noche en que sus amigos lo vieron llegar, y que él les preguntaba a ellos si realmente les parecían buenos los poemas de Eddy Campa, o si estaban jodiendo. Él era así. Pude haberle preguntado, pero no pude, porque Ichi se murió. Quedó muerto en esta misma ciudad. Donde todos, por una razón o por otra, hemos venido a pagar algo. Hemos venido a morir. Yo no quiero morirme aquí.
Emilio Ichikawa Morin, nuestro profesor de filosofía, murió aquí. En Homestead, me dijeron. No quiso volver a verme. Creo que a ninguno de nosotros. Un día, antes de la pandemia, lo llamó Karoll William, que era su amigo de Bauta, y le dijo: aquí está Marcela. «Marcela López Gravina», respondió. Me quedan sus cartas. Algunas fotos. Cartas cortas, llenas de ingenuidades y tristezas. De nostalgia. Cartas donde dijo siempre cosas hermosas y delicadas. Aquí en mi mesa tengo una foto. Otra foto en la que la única que sigue viva soy yo. En este punto debería dejar de escribir y hacer un gran silencio.
A veces hablo de Ichi con Carlos y Elaine. La última vez nos encontramos en el Bayside del Downtown, allí mismo donde Eddy Campa se sentó debajo de un pino. Había engordado mucho y no se veía entusiasmado, ni feliz. Yo sé, porque lo conocía. Porque una vez, en La Habana, fuimos novios. Todos noviábamos entonces. Ya no. Esa tarde Ichi me invitó a comer mariscos.

—Ahora yo te puedo pagar a ti, antes tú eras la extranjera.
Así mismo me lo dijo. Siempre con su eterno maletín al hombro. Caramba, me fui del tema.
Esa tarde Ichi y yo subimos al Metromover en dirección a la parada del Miami Herald. Antes estaba ese edificio ahí, con su cartel enorme. No hablamos de Eddy Campa, hablamos de otros. En silencio, puso la mano suavemente sobre la mía, con discreción y timidez, como siempre. Yo miré por la ventana, sin mover la mano. Debo haber dicho alguna estupidez de las mías, como siempre. Como cuando íbamos al Focsa, a casa de su amigo, y hablaban de Heidegger, y yo, muriéndome de los nervios por no estar a la altura de la conversación, escapaba al balcón para mirar el mar.
Éramos dos que no se volverían a ver, colgando del tubo de aluminio de un vagoncito de tren. Con el mismo silencio del cuerpo de siempre. Tengo una foto. Tenía una camisa rosada. Adiós, mi japonés.
Creo que no tengo más nada que decir. Porque a diferencia de mi hermana Campa, no soy nada organizada de pensamiento. No necesito un principio y un final, creo que nadie lo necesita. Solo quería decir que ella escribió su historia en Hipermedia Magazine y yo quería contestarle con la mía. Pero amaneció.
Esperaré la lluvia con paciencia. Tengo presente que si no llueve es Campa.
Las hermanas seguimos solas, dando tumbos, tras los rastros de Eddy. A nuestra manera. Imaginamos que, si tío Eddy nos viera, se reiría de nosotras. Porque nuestro tío, dicen sus allegados, era muy ácido. Pero a nosotras no nos gusta que hablen así de él. Imaginamos que el día menos pensado nos enviará un mensaje cifrado, cansado ya de tanto esconderse: «Oigan, les he jugado cabeza a todos». Pero hasta ahora, nada. Nuestras búsquedas han sido infructuosas. No se nos dio.
