Fútbol, Cuba y el último tango

Hay una idea vieja en el fútbol que dice que los grandes envejecen retrocediendo, replegándose para crear. Pirlo bajó a organizar delante de la defensa, Matthäus terminó de líbero leyendo el partido desde el fondo. La idea seduce porque tiene justicia poética: el que ya no puede correr aprende a hacer correr a los demás. Reparte, alimenta, hace jugar a los jóvenes que todavía tienen el motor intacto.

Messi llevó esa lógica a un extremo que nadie había alcanzado. No se replegó siquiera: minimizó lo único que se le agotaba, la carrera, y conservó todo lo demás, el gol y la asistencia a la vez. En este Mundial, a sus recién cumplidos los 39, se convirtió en el máximo goleador de la historia de los Mundiales, superando los dieciséis de Klose. Fue el jugador más viejo en marcar un hat-trick en un Mundial, contra Argelia: su primer triplete mundialista de toda su carrera. Y ya con 39, entrando desde el banco contra Jordania, marcó de tiro libre para volverse el primer futbolista en anotar en siete partidos consecutivos de Copa del Mundo. Tres marcas, no una, y las tres marcadas por la edad. Pero el dato que más me importa no es ninguno de esos. Es cómo lo logra. Messi dura porque un sistema entero de jóvenes lo sostiene. Mac Allister, De Paul, Julián, Enzo, esa camada le recupera la pelota, le corre los espacios, le hace el trabajo físico que él ya no puede hacer, y lo libera para los tres segundos que deciden.

Lionel Messi / Foto REUTERS
Lionel Messi / Foto REUTERS

Quiero ser preciso aquí, porque es fácil caer en la versión sentimental y facilista. Messi también les exige un sacrificio a esos jóvenes. Vive de su esfuerzo, los pone a correr lo que él no corre, gasta las piernas de ellos para ahorrar las suyas. Hay extracción, no solo armonía. La diferencia, la única que importa, es que ese sacrificio se reditúa. El joven que corre por Messi recibe a cambio el pase que no recibiría de nadie más, la asistencia que lo vuelve goleador, el Mundial que corona su propia carrera. Contra Jordania, pudiendo jugar los noventa minutos, pidió quedarse en el banco para darles minutos a sus compañeros y reservarse él. El pacto es asimétrico pero recíproco: ellos le dan piernas, él les da gloria, y los dos salen ganando del trato. La vejez del genio extrae juventud, sí, pero la paga, y la paga con creces.

Y hay algo más, un hecho tácito que muchos pasan por alto. Un Mundial es un acontecimiento de tal magnitud que la atención del planeta entero se vuelca sobre él como una luz que encandila, y bajo esa luz cegadora se mueven, en la sombra, los que prefieren no tener testigos. Mientras el continente mira la pelota, y sobre todo mientras la propia diáspora cubana mira a Messi, hay gobiernos que aprovechan el ruido de fondo para hacer sus peores movidas sin que nadie levante la vista. El régimen de La Habana no es ajeno a ese cálculo. No tiene un Mundial propio que ofrecer como fiesta, pero sabe leer el calendario ajeno, y no es casual que sus anuncios más delicados lleguen justo cuando el mundo está distraído celebrando otra cosa. Yo escribo de fútbol como quien reza a media voz, por amor y por sosiego, pero todo cubano que piensa termina, tarde o temprano, viendo su país en cualquier cosa que mire, y a mí el contraste se me impuso solo.

Porque enfrente de esa vejez que extrae, pero redime, está la otra, la que conozco de memoria, la que me formó y me hizo irme. Una vejez que también exige el sacrificio de los jóvenes, exactamente igual, pero que no lo reditúa jamás. Hagamos el número, ya que es la espina de todo esto. Messi acaba de cumplir 39, y la pregunta que me obsesiona es si llegará entero a 2030, a los 43, una edad inédita para un futbolista de élite, en la que la discusión seguiría siendo, aun entonces, si todavía puede dar. La Revolución cumple 67. Lo dice ella misma, sin pudor, en el encabezado de sus discursos oficiales: Año 67 de la Revolución, como un monarca que numera su reinado. Y a los 67 ya nadie discute si puede dar, porque hace medio siglo que dejó de hacerlo. No envejeció como Messi. Envejeció como el delantero que no remata, pero ocupa el área para que ningún joven la pise. No se replegó para crear. Se entronizó para parasitar.

Y acá está la simetría exacta que vuelve obscena la comparación. Los dos extraen de los jóvenes. Messi gasta las piernas de su camada, la Revolución gasta la vida entera de la suya. Pero donde Messi devuelve gloria, la Revolución no devuelve nada. Consume y no paga. Y hay que decir algo que el lugar común olvida: cuando hablamos de la juventud que el régimen sacrificó, no hablamos de una sola, la más reciente, la que salió a la calle ayer. Hablamos de generaciones enteras encadenadas, tanda tras tanda de muchachos a los que se les pidió el cuerpo y el futuro. Los que tuvieron veinte años en 1980 y se fueron por el Mariel. Los que los tuvieron en 1994 y se lanzaron al mar en el Maleconazo. Los que los tuvieron en los dos mil y se consumieron esperando un cambio que nunca llegó. Sesenta y siete años de relevos quemados. Sin olvidar a aquellos jóvenes de antaño, los verdaderos gestores de lo poco positivo que tuvo ese proceso, y hoy ancianos, que el régimen no los corona ni los jubila con dignidad, como Messi a una camada cumplida. Los abandona y los descarta. El viejo que hace cola por una pensión que no alcanza para comer es el mismo joven al que se le exprimió la vida entera y ahora se desecha como cáscara. Ni siquiera en la vejez paga la deuda.

Vale la pena recordar que ese accionar no es error del pasado, sino algo presente, bien presente. El 11 de julio de 2021 fueron los jóvenes los que salieron a la calle, en más de cincuenta pueblos y ciudades a la vez; una generación que no vivió Girón ni la épica fundacional con que el poder justifica su eternidad, y que por eso mismo no le debía obediencia a ninguna. Salieron desarmados, con teléfonos, gritando que tenían hambre y miedo y ganas de otra cosa. La respuesta fue la única que sabe dar un cuerpo que confunde durar con mandar: cientos de presos, juicios sumarios, condenas de quince y veinte años a muchachos por filmar una marcha o tirar una piedra. El régimen le pidió a su juventud el mismo sacrificio que Messi le pide a la suya, que pusiera el cuerpo para sostenerlo, y cuando el cuerpo se plantó y pidió algo a cambio, lo encarceló. Y al que no metió preso lo empujó al mar, al Darién, a la ruta de Nicaragua.

Migrantes abordado un bus para dirigirse a los centros de procesamiento de ICE. / Foto: Kako Escalona
Migrantes abordado un bus para dirigirse a los centros de procesamiento de ICE. / Foto: Kako Escalona

La diferencia de fondo tiene nombre y se llama renuncia selectiva. Messi sabe que parte de él depende de las piernas y las soltó a tiempo, la presión, el sprint, el repliegue, para concentrar lo que queda donde su genio todavía funciona. Soltó lo suyo para conservar lo suyo. La generación histórica no soltó nunca nada propio, y por eso no conserva, se descompone de pie. Lo único que sabe soltar es lo ajeno.

Y aquí es donde el presente se vuelve insoportablemente nítido, porque la escena se repite ante mis ojos como una metamorfosis anunciada. Hay un gesto que el régimen ha repetido tantas veces que ya no debería sorprender a nadie, y sin embargo cada vez vuelve a venderse como audacia histórica. Cuando la asfixia llega al punto en que el sistema corre peligro de no sostenerse, la cúpula afloja, suelta un poco de cuerda, permite lo que ayer prohibía. Acorralado por el peor momento en décadas, sin el petróleo venezolano que le cortaron, con apagones de más de doce horas y la red eléctrica colapsando sobre diez millones de personas, el gobierno por fin anuncia que se reinventa. Ciento setenta y seis medidas, el mayor paquete desde el Período Especial. Banca privada, casas de cambio, dolarización parcial, invitación a los exiliados a invertir.

Suena a apertura, suena casi a creatividad. Pero no lo es. El régimen suelta al pueblo para que el régimen gane. Porque eso son las 176 medidas leídas sin anestesia: no una renuncia del poder a sus privilegios, sino una renuncia del Estado a sus deberes. El que va a perder el subsidio, la salud, la comida garantizada, la red de protección, es el ciudadano. El que no pierde nada es GAESA, el conglomerado militar que las reformas no tocan ni con el pétalo de una rosa, el verdadero dueño de la economía, intacto mientras el Estado se desentiende de sus funciones y las vuelca sobre los hombros de la gente. No es apertura, es repliegue del deber sin repliegue del poder. Es el delantero que deja de correr, pero no deja de cobrar, y que además le pasa al que llena las gradas la factura del esfuerzo que él ya no hace.

Y no hay en todo esto una sola idea nueva. Lo hicieron en los noventa cuando cayó el muro, lo hicieron en 2008 con Raúl y los celulares y la tierra en usufructo. Es la misma coreografía: aparentar movimiento para ganar tiempo, simular reforma para no reformarse, abrir una rendija cuando la asfixia aprieta y cerrarla apenas afloja. La dictadura es pésima gestionando la economía y la prosperidad, pero extraordinaria gestionando su permanencia, y esa es la única obra maestra que ha producido en 67 años. Tanto, que ya casi supera en duración a la Unión Soviética que la engendró, los sesenta y nueve años que fueron de 1922 a 1991.

Vale detenerse en cómo cayó la URSS, porque ahí está la clave: no la tumbó una invasión ni el hambre terminal, la tumbó el intento de reformarse en serio. Gorbachov soltó cuerda de verdad con la perestroika y el sistema no resistió la apertura. Cuba aprendió esa lección al revés. Vio que reformar de verdad mata al régimen, y por eso sus 176 medidas son la anti-perestroika, aperturas calculadas para no abrir nada esencial. Sobrevivió más que la URSS justamente porque se negó a hacer lo que la URSS hizo. Es el hijo que supera al padre en longevidad por haber aprendido a no reformarse nunca. No se reinventa para hacer algo distinto. Se reinventa para encontrar una manera nueva de seguir siendo lo mismo. Reinventarse, para ella, nunca significó crear. Significó comprar tiempo, otra década de parasitismo a cuenta del hambre ajena, por cualquier modo que la coyuntura permita. El país no va a caer, lo van a refinanciar, y la moneda con que se paga ese refinanciamiento es siempre la misma: la juventud que se va, la que se pudre presa, la que se resigna a sobrevivir.

Hay, con todo, una piedad que el fútbol tiene y que la política cubana abolió. Al futbolista el reloj lo jubila quiera o no. Por más que Messi se empeñe, el cuerpo a los 43, a los 45, le pondrá el límite que el genio no negocia para siempre, y alguien más joven ocupará su lugar por la fuerza misma de la biología. Esa jubilación forzada es una forma de higiene. La cancha se renueva porque no deja elegir. Fidel se murió en el cargo simbólico. Raúl, nonagenario, sigue siendo el líder a quien se dedican los discursos. Y las generaciones que debieron entrar al minuto noventa llevan décadas calentando fuera de la línea, o presas, o en Hialeah.

Por eso la comparación, que empieza como un juego entre mis dos amores, el balón y la isla, termina siendo un veredicto. Pero el parasitismo tiene una falla de origen, y conviene nombrarla porque es la única grieta verdadera en este relato de impunidad eterna. Hay un reloj que la cúpula no pudo romper, aunque rompiera el de su recambio: el del aguante material de la gente. La resiliencia tiene un piso, y el pueblo cubano lleva años raspándolo, en ese estado tan próximo a la pura supervivencia que ya casi no queda más hondo adónde caer. Cuando se toca ese fondo, no hay cuerpo del cual extraer, y entonces el saqueo se queda sin botín y la maquinaria sin combustible. El tiempo, que el régimen creía haber detenido a su favor, corre ahora contra él tanto como contra todos.

Y ahí está la única verdad que no me animo a cerrar, porque no me corresponde y porque sería deshonesto fingir que la sé. Que el reloj del hambre alcance al régimen no garantiza nada por sí solo. Un parásito que mata al huésped no deja un jardín, deja un cadáver, y el agotamiento del poder puede producir lo mismo que su permanencia, más ruina, solo que sin dueño. El abismo es real, y es el destino seguro si el pueblo se limita a esperar, exhausto, a que el reloj termine de correr. Pero hay otra posibilidad, estrecha, mínima, hecha de la poca agencia que sesenta y siete años de saqueo no han logrado confiscar del todo. Lo que se salve, si algo se salva, no lo va a decidir el régimen ni su reloj averiado, lo va a decidir lo que el pueblo haga con el margen que le queda, que es poco, pero no es cero. Yo, que amo el fútbol por lo que tiene de justo y a Cuba por lo que pudo haber sido, escribo esto sabiendo cuál de mis dos amores le devuelve algo a quien lo sostiene, y cuál lleva sesenta y siete años cobrando sin pagar. El último tango de Messi terminará cuando la música pare y él tenga la elegancia de irse. El de la generación histórica terminará también, porque ningún parásito sobrevive a su huésped, y la única pregunta que de verdad queda abierta, la única que todavía está en nuestras manos y no en las suyas, es si cuando pare la música habrá un país que rescatar o solamente un pitazo final.

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