Mi abuela —que en realidad fue mi madre— murió el 18 de marzo de 2026. Ese día dejó de abrir los ojos en una cama de hospital en Cienfuegos, la ciudad de la que nunca salió en más de 80 años, aunque era ciudadana española. Siempre decía, riéndose, que su alma era «más española que Lorca, Isabel la Católica y Nadal juntos». Sabía tanto. Tenía esa manera antigua de contar historias que hacía sentir que el mundo todavía podía ser noble.
Pero murió en Cuba, agotada de sobrevivir.
Pasó sus últimos días gritando. Hubo operaciones, infecciones, negligencias, abandono médico. Y desde entonces vivo haciéndome preguntas que no me dejan dormir: ¿murió porque le tocaba o porque no la salvaron? ¿Cuánto de su sufrimiento era inevitable y cuánto pertenece a un país roto? ¿Cómo se aprende a vivir con la culpa de no haber podido abrazarla al final?
Hace siete años que no regreso a Cuba. Siete años separadas por el mar, por el exilio, por las decisiones dolorosas que millones de cubanos hemos tenido que tomar para sobrevivir. Mi abuela no conoció a mis hijos. Nunca pudo cargarlos, besarles la frente. Pero en cada videollamada —donde casi siempre solo veía sus ojos cansados y su frente ancha iluminada por la pantalla— repetía lo mismo: que estaba feliz por mí, porque había logrado salir de aquel «infierno de tristeza y escasez».
La última vez que la vi respiraba con dificultad. La cámara del teléfono temblaba en las manos de alguien más y apenas podía escucharla entre los ruidos del hospital. A ratos cerraba los ojos. A ratos parecía buscar algo fuera de la pantalla. Yo quería decirle tantas cosas que terminé preguntándole si había comido.
El tiempo no me alcanzó.
Y mientras intento entender este duelo, descubro que no estoy sola.
Pienso en mi amiga Lili, que tampoco pudo despedirse de su madre antes de morir. En mi suegra, atrapada entre el miedo a perder su estatus migratorio y la necesidad de volver a Cuba para ver por última vez a la suya. En las madres, hijos, abuelos, hermanos y amigos separados por fronteras o prohibiciones. Pienso en los presos políticos cubanos que ni siquiera pueden asistir al entierro de quienes aman.
Nos han arrebatado demasiadas despedidas.
Las ausencias que nos impusieron
A mediados de diciembre de 2022, Insolina Benítez murió sin poder reencontrarse con sus nietos, los presos políticos cubanos Jorge y Nadir Martín Perdomo.
Insolina se conoció en redes sociales como «la abuelita de la libertad». Hasta su último aliento pidió verlos y que fueran liberados. No ocurrió.
Jorge, cibernético de profesión, y Nadir, profesor de idiomas, fueron arrestados tras las protestas del 11 de julio de 2021 en San José de las Lajas, provincia de Mayabeque, y condenados a seis y ocho años de prisión, respectivamente.

Días después de la muerte de Marta Perdomo, su madre, juró frente a su tumba:
«Decidí venir aquí para decirte que sigo pidiendo la libertad de Jorge y Nadir. Mima, tu hija Marta cada día sigue luchando por ellos. Llevo un pañuelo en mi cabeza como forma de protesta, y ropa negra. Mis hijos son inocentes y no me cansaré de decirlo al mundo entero. Se hizo una crueldad con mis hijos, hasta los torturaron. Mientras me corra sangre seguiré pidiendo su libertad, la de todos los presos políticos y justicia verdadera para Cuba».
La distancia y la cárcel han convertido algo tan humano como decir adiós en otro privilegio negado para los cubanos.
El artista y preso político Luis Manuel Otero Alcántara también ha atravesado sus propias pérdidas durante el encierro: familiares que murieron mientras él permanecía aislado. Desde una prisión de máxima seguridad, Luis Manuel decidió transformar ese dolor en una obra colectiva. En «A los seres que no pude despedir con un beso», invita a las personas a compartir públicamente el nombre de alguien a quien no pudieron despedir y unas palabras sobre lo que esa ausencia significa para ellas. La iniciativa convierte experiencias íntimas de duelo en una memoria compartida, donde cada testimonio deja constancia de una despedida pendiente y de los vínculos que la distancia, la migración o la prisión interrumpieron.

No es la primera vez que Luis Manuel Otero Alcántara transforma la pérdida en una reflexión sobre los afectos que sostienen la vida. Cuando murió su madre, a inicios de 2021, habló de la urgencia de abrazar a quienes amamos antes de que sea demasiado tarde, incluso cuando las diferencias políticas, las discusiones o las heridas familiares parecen imponerse. Decía que daría cualquier cosa por volver a tenerla delante: aunque fuera para discutir, para regresar a ese sitio irreemplazable donde uno puede sentirse hijo, incluso cuando el mundo afuera se derrumba.
Un duelo llamado Cuba
Algunos cubanos viven el duelo desde una celda. Otros desde el exilio. Para ambos, la distancia termina pareciéndose a una despedida interminable.
La bajista cubana Sandra Rosa Agüero reside hace seis años y medio en Dubái. En declaraciones a El Estornudo ella resumió su exilio «sobre todo como una experiencia de pérdidas en la distancia». «Las más duras han sido las de mi familia, especialmente las de mis abuelas, no pude estar junto a ellas en sus momentos finales. Yo podía haber ido al país, pero en ese momento tomé la decisión de no hacerlo. Fue una decisión personal, no porque nadie me lo pidiera o no pudiera ir, sino porque las circunstancias eran muy complejas y sentí que mi lugar estaba aquí, trabajando y ayudando en lo que pudiera desde la distancia. ¿Hice bien o mal? No tengo la respuesta, trato de llevarlo con la mayor paz posible. Pero duele, duele mucho», expresó.
La joven artista y profesora de música describe que, después del fallecimiento de sus abuelas, «lo más fuerte ha sido la soledad». «No es solo su ausencia física. Yo tenía una vida muy social, de una comunidad muy cercana, y eso también desapareció. En el exilio conoces gente nueva, pero queda la nostalgia de las historias compartidas con los amigos que creciste. A eso se suma el desarraigo. La sensación de que el lugar del que vienes ya no existe como lo recuerdas. Hay duelos también por eso: por el país que fue y que ya no es», dijo.

Para Sandra, el exilio no solo ha sido cambiar de país, idioma o rutina, sino aprender a convivir con una forma constante de fractura. «Hay una especie de vida paralela que uno lleva por dentro», parece sugerir su historia: la de quien sigue intentando construir futuro mientras arrastra ausencias y una pregunta que nunca termina de acomodarse: ¿dónde está mi casa? ¿A qué lugar llamó hogar? Si ya no están mis abuelas, mis amigos, el país se va borrando a prisa. ¿Llamo “casa” a mi natal Santiago de Cuba? ¿A Emiratos Árabes Unidos? ¿Acaso puedo asegurar que soy ciudadana del mundo?»
Otras historias cercanas también regresaron. El padre de una amiga murió mientras ella cruzaba México rumbo a Estados Unidos. Supo de su muerte tres días después, cuando por fin logró comunicarse con su familia.
Otra dejó hace apenas unos días a su hijo pequeño en Cuba y viajó a Guyana sin saber cuándo será el reencuentro. No todas las pérdidas ocurren después de la muerte. Algunas empiezan cuando alguien se despide para sobrevivir. «Aquí empiezo otra vida para ofrecer algo mejor a mis hijos», me escribió esta persona al llegar a Georgetown. «La viviré con fe».
Durante décadas, el poder en Cuba —la familia Castro, Miguel Díaz-Canel, los militares, los censores, los hombres que cambian de nombre para vigilar, amenazar y reprimir— ha expulsado a quienes se atreven a denunciar la violencia, la corrupción y el desprecio hacia un pueblo agotado de sobrevivir. Han condenado a millones a marcharse por mar, selvas, caminos helados y rutas imposibles; a inventarse una vida lejos porque quedarse significaba apagarse lentamente.
Hace unos días, durante una entrevista, intentaba explicar algo que todavía me cuesta poner en palabras: en Cuba siguen estando las personas que amo; las que viven y también las que murieron. A mí me separan de ellas el cielo y el mar. A Luis Manuel Otero Alcántara y a tantos presos políticos los separan las rejas. Ambas son formas de destierro.
Quizás escribir, recordar y crear sea nuestra manera de no dejar que el país termine de romperse para siempre. En esa obstinación tal vez esté la única patria que no se puede arrebatar.
