Años después tal vez regresas al pueblo natal y comienzas a fotografiar a toda esta gente silenciosa y humilde que a nuestros ojos —los ojos de unos testigos adventicios con otros paisajes cuestas— parece atrapada, irremediablemente, en el centro de un destino común sin puertas ni ventanas.

Un destino sin fisuras, transparente y omnímodo, del que tú, sin embargo, has escapado. Y es por eso que puedes volver un día y ejercitar tu nueva mirada de artista y tu incesante nostalgia y, por qué no, alguna forma residual de aquella vieja alegría infantil.

Leysis Quesada. Pueblo natal.
Leysis Quesada. Pueblo natal.

Este es el «Pueblo natal» (2001-2005) de la fotógrafa Leysis Quesada (1973). Amarillas, provincia de Matanzas, en Cuba. Ella nació en la ciudad sureña de Cienfuegos, pero creció bajo el mismo resplandor de estas fotografías, cuando estos ancianos eran hombres y mujeres maduros atravesando remolinos de polvo y estos niños eran apenas signos de humo alzándose en el cielo del futuro.

Leysis Quesada. Pueblo natal.
Leysis Quesada. Pueblo natal.

Quesada retornó con su cámara, y por eso ahora sabemos —pero, ¿lo sabemos?— cómo entró la gente de Amarillas en el siglo XXI.

Leysis Quesada. Pueblo natal.
Leysis Quesada. Pueblo natal.
Leysis Quesada. Pueblo natal.
Leysis Quesada. Pueblo natal.

Sospechamos que este ensayo fotográfico tensa una poderosa cuerda entre la noción de principio y la noción de final. Entre el candor infantil, digamos, y el borde mismo de la muerte y del olvido. En medio solo parece haber un gato negro y sin edad.

Leysis Quesada. Pueblo natal.
Leysis Quesada. Pueblo natal.

Amarillas es ese hilo invisible donde cuelgan las biografías de estas personas, como las sábanas que el viento mece suavemente en el patio trasero, o como estos mismos retratos en un cuarto de revelado donde quizá se ha abierto una inesperada claraboya.

Leysis Quesada. Pueblo natal.
Leysis Quesada. Pueblo natal.

Es también esa devastación material —la postración un mundo que alguna vez se creyó posible— verificada y denunciada por la luminosidad rampante del cielo interior de Cuba.

Leysis Quesada. Pueblo natal.
Leysis Quesada. Pueblo natal.

La belleza que ahora salta a la vista no es —ni está en— el principio de lo terrible, como sugirió Rilke. En el instante en que volvamos a mirar, ambas categorías ya habrán sido reblandecidas, licuadas, confundidas por ese mismo sol que viola las persianas y muerde las paredes oscuras y repica en el ápice metálico de los cacharros.

Leysis Quesada. Pueblo natal.
Leysis Quesada. Pueblo natal.
Leysis Quesada. Pueblo natal.
Leysis Quesada. Pueblo natal.

Sin embargo, Leysis Quesada lanza su apuesta: «Se puede apreciar la belleza en los rostros inocentes de los niños y las miradas serenas de los adultos».

Ella dice que mira a su pasado. La vida simple del campo. «Es un tributo a mi familia», dice.

Leysis Quesada. Pueblo natal.
Leysis Quesada. Pueblo natal.

En realidad, el pueblo natal, Amarillas, no está allá afuera. «Reflejo», dice la autora, «el mundo interior de estas personas; los surcos de sus arrugas como paisajes».

Leysis Quesada. Pueblo natal.
Leysis Quesada. Pueblo natal.

(Fotografías autorizadas por Leysis Quesada).