La piedra invisible

Hace unos días fuimos con los muchachos de La Otra Esquina —centro de acogida diurno para personas en situación de calle y consumo problemático de drogas— al teatro La Sala, en Las Piedras, Uruguay. La Sala es un espacio multiuso, discreto, en una calle sombreada y alejada de la plaza principal y centro comercial de la ciudad. En su lobby, en planta baja, entre cuadros y esculturas, disfraces y atrezos, vi una fotografía. Aunque pequeña, en blanco y negro, y sin destaque, la sentí como parte indisoluble del lugar. 

Era la clásica foto de una compañía infantil de ballet donde se ven los tutús y los brazos elevados y abiertos: la promesa del vuelo. Al centro, los profesores. Junto a ellos, las bailarinas. La ropa blanca que se sabe cuidada con esmero y en la que, sin embargo, adivinamos algún pequeño remiendo. 

Un grupo de niñas, una disciplina que comienza temprano, y una obra emblemática: El lago de los cisnes. En el pie de la fotografía, como detalle delicado, estaban los nombres, las firmas temblorosas: Alma, Bianca, Julieta, Emma, Isabel, Sofía, Milagros, Helena… «cisnes humanos» que cargan un simbolismo metafísico reconocido en múltiples tradiciones: blanco absoluto e incontaminado nacido del fango; vida pura en un mundo ambivalente: dignidad del espíritu en tensión con la materia. En la tradición hindú hay una idea potente alrededor del cisne: el «paramahamsa» (el gran cisne) es el sabio realizado, el que ha alcanzado ese nivel de discernimiento y absoluta libertad interior.          

Después de las palabras de bienvenida de nuestra guía, Florencia, subimos al segundo nivel. Allí estaba el salón de ensayo de ballet: paredes blancas, el piano de cola en una esquina para marcar los ritmos de los ejercicios, el piso de madera clara y flexible, los grandes espejos y las barras de madera en todo el perímetro del salón. Un espacio limpio, casi ascético, signado por grandes fotografías de bailarines famosos: cuerpos dibujando líneas y ángulos, masas perfectamente organizadas en el espacio. No el efecto musical superficial, sino la mecánica del peso, del impulso y la suspensión. El salto como física disciplinada, no como emoción. Mientras escuchaba, yo no veía solo un lugar de práctica intensa. Veía diferencia y repetición. Y, entonces, como tantas veces, ¡regresó Cuba!

En el año 2004 trabajé, por mi empresa de construcción perteneciente al Ministerio de Cultura, en la inversión integral que se le hizo a la sede del Ballet Nacional de Cuba. Durante dos años construimos nuevos baños, camerinos y espacios de ensayo. Cambiamos cubiertas en mal estado, sustituimos vigas de acero de mezzanines agregados al edificio; reconstruimos gruesos muros de piedra afectados por la humedad y el salitre; desmontamos y montamos tabloncillos de práctica (es decir, sistemas de travesaños y listones de madera machihembrada, tornillería y tacos de goma para amortiguar el impacto de las caídas).    

Por la duración y profundidad de la intervención arquitectónica, trabajábamos al mismo tiempo que los bailarines ensayaban. Se intentaba no interrumpir sus rutinas de ensayo y ejercicios físicos con nuestros golpes y malas palabras. Nosotros, los constructores de diferentes especialidades, abajo, en la entraña del edificio, donde arden el fuego, el polvo y la piedra de canto. Ellos, los bailarines, arriba, donde la forma convoca el gesto y la llama consume y se transmuta en ritmo. Pero, en algún sentido, todos trabajando en una sola dirección: nadie danza solo en el escenario, aunque esté solo y bajo la luz. 

Recuerdo el sonido seco de la madera, los golpes sordos del martillo, el polvo, la perforación de los anchos muros de canto del viejo edificio, el ajuste minucioso de cada pieza de madera de los tabloncillos para que el salto no fuera solo elasticidad controlada y choque con la rigidez del piso, sino dúctil respuesta. Y recuerdo las bailarinas sentadas en cualquier rincón: rostros tensos de dolor, pies deformes y rotos, vendados, e incluso sangrantes. Pies para sostener la verticalidad, el inestable equilibrio del torso. El punto de apoyo —pie, empeine, pierna esbelta y fuerte— marcado por el desgaste de una práctica sin descanso. La disciplina inscrita en la piel, el músculo, y hasta la dureza del hueso inscrita en el cuerpo, cuya primera función en el ballet es «dejar pasar», no actuar o bailar. 

Allí entendí en la práctica lo que teóricamente sabía: que el ballet es una alquimia visible donde el fuego arde abajo —consume y destruye— para que la belleza «sea» arriba; que el sacrificio del apoyo hace posible la gracia y el vuelo. Y que, en resumidas cuentas, el ballet es una disciplina cuya meta es que el gesto no parezca voluntario, sino atravesado por algo mayor; es decir, no ejecutar, sino ser ejecutado por la danza.  

Un día, al desmontar el tabloncillo del salón principal en la planta baja —Salón Blanco—, encontramos en una esquina, bajo las tablas, una zapatilla polvorienta. Rápidamente, se formó un pequeño círculo de bailarines y personal del Ballet para comentar el hecho. Algunos, los de más edad, creían recordar a quién pertenecía la desgastada y casi irreconocible zapatilla. Se dijeron varios nombres. Todos de antiguas figuras consagradas de la compañía. No era descuido, escuché decir, era ritual, era tradición, y lo hacían todas las compañías de ballet en el mundo. Al montar un tabloncillo nuevo, se deposita una zapatilla como resguardo simbólico. Un talismán, una «protección» contra la caída, contra la fractura, contra el accidente que puede acabar con una carrera prometedora. Y, si la zapatilla es de una prima ballerina assoluta, pues mejor.  

Bajo la madera carcomida, aquella zapatilla hizo las veces de una piedra angular, fundamento oculto y secreto estructural, como los que se colocaban en antiguos edificios y templos. No la piedra que se exhibe en fachadas y ornamentos, sino la que sostiene y ordena todo el peso, organiza las fuerzas, y tiene capacidad de transmitir el fuego interno de la Creación. Piedra sobre la que, por una parte, se apoyará todo el Cosmos representado en una obra arquitectónica, y que, por la otra, será un basamento simbólico bajo el escenario para absorber el impacto. Zapatilla sobre la que otros bailarines saltarán sin saberlo. Digámoslo: técnica tradicional y símbolo ritual, fundidos. 

Han pasado más de 20 años y nunca he olvidado esa imagen de la zapatilla, porque la memoria no está en una fecha cualquiera del correr del tiempo, sino en la sensación de levantar una tabla semipodrida y encontrar debajo una ofrenda, casi un sacrificio aquietador… y no solo polvo.

Sí, han pasado más de veinte años; sin embargo, cuando hoy expliqué rápidamente a los muchachos de La Otra Esquina cómo se monta un tabloncillo, y un poco de la complejidad técnica del proceso, sentí que hablaba de algo más antiguo que una obra constructiva. Hablaba de base. De cómo toda belleza descansa sobre una combustión previa, porque nada asciende con fuerza si primero no ha ardido abajo. En este sentido, hay hombres y mujeres que han sido basamento, o travesaño, que han absorbido el impacto para que otros salten y hasta vuelen. No es lo que se ve en las fotos, pero sin eso no hay escena.              

Ahora, en este otro salón blanco, mucho más humilde, por supuesto, pero igual en esencia, he comprendido que la estructura se repetía… pero a la inversa. En la planta baja del pequeño edificio, la foto de la compañía infantil mostraba la posibilidad del vuelo. En el segundo nivel, el espacio de ensayo guardaba el fuego de la disciplina y el entrenamiento. Y bajo cualquier piso, visible o no, siempre existirá —o debería existir— un sostén. Lo sabían los antiguos constructores de iglesias, templos y catedrales. Lo sabe todo buen maître de ballet. Deben saberlo los que trabajan con cualquier tipo de vulnerabilidad social.

Foto de compañía de ballet en la obra ‘El lago de los cines’; La Sala, en Las Piedras, Uruguay
Foto de compañía de ballet en la obra ‘El lago de los cines’; La Sala, en Las Piedras, Uruguay / Foto: Nansen H. Tápanes

Pero, hoy, un tercer escenario, ya no el del ballet o los recuerdos, es el que me interesa y me ocupa. Ese escenario es mi centro de trabajo desde que llegué hace dos años al Uruguay.

En La Otra Esquina no hay tutús, ballet clásico o música de concierto. A veces, una guitarra para ser rasgada, voces algo desafinadas, unos tambores de candombe, rap de contenido social, y, a veces, el ritmo repetitivo y obseso del peor reggaetón… Hay personas —muchachos, sobre todo— marcados por la intemperie desde la adolescencia o la primera juventud, marcados por la violencia intrafamiliar y social, por la exclusión sistemática y la mirada desconfiada del prójimo, por la «situación de calle» y el consumo problemático de drogas y alcohol. En otras palabras: una experiencia donde el basamento falló y el suelo se hundió demasiadas veces. Muchos han aprendido —más bien, interiorizado a fuego y sangre— que tarde o temprano todo se rompe; que nada amortigua la caída si las manos no se tienden hacia nosotros. Así, cuando una y otra vez el piso miente y se hunde, la confianza tarda años en regresar. Aquí el escepticismo no es solo postura intelectual: es memoria corporal. 

A veces provocan. A veces, peligrosamente, tantean el límite… También el límite que es —o debe ser— toda vida, si se quiere humana. No solo buscan desafiar —y desafiarse—; buscan comprobar si el suelo es firme. Si el límite se mueve, lo empujan, y no precisamente en forma delicada. Si el piso cruje, se preparan para la caída que vendrá. A veces dan respuestas que impresionan por su profundidad y densidad existencial, porque los muchachos no son solo biografía rota, tal como pudiera pensar un observador externo, sino pensamiento vivo.

Pongo un ejemplo. Cada lunes en la mañana, a la misma hora del desayuno, suelo —o solemos— hacer conversatorios a partir de frases que funcionen como disparadores que reúnan problemáticas comunes, cotidianas, pero sin dejar de alumbrar hacia un espacio de reflexión mayor. Son como pequeños ejercicios verbales —también se descompone y se examina la gramática de la frase— que intentan calar en el sentido hasta encontrar un sentido «otro», surgido en el ejercicio del pensar en común. Así nacen interesantes disyunciones que parte de una frase siempre movible.   

Tras la visita a La Sala, creí que la frase debía armarse alrededor del ballet y de lo que habíamos visto y conversado en nuestra visita: suelo y sostén, elevación, vuelo y quiebre, caída… Así que les propuse la siguiente reflexión: la zapatilla bajo el tabloncillo no da aplausos, pero evita caídas. ¿Cuáles son y dónde están tus zapatillas invisibles? Después de hablar del horizonte que debe guiarnos, es decir, el fundamento propio que guía y protege cada vida, y de la necesidad de levantarse después de cada caída, uno de los muchachos lanzó una idea que para mí fue, más que ocurrencia brillante, intuición existencial. Dijo que el quiebre era el fundamento, y no necesariamente interrumpía el camino; antes bien, era su posibilidad. Y, por supuesto, no lo dijo como consigna o como frase inteligente. Lo dijo con la naturalidad de quien ha probado el suelo más de una vez y, sobre todo, de quien se ha levantado. 

Me quedé pensando en esa frase que me recordaba un verso que escribí de joven: «nunca, ni un instante he dejado de caer», porque decir que uno debe levantarse después de cada caída es casi moralina, como diría Nietzsche; pero decir que el quiebre es el fundamento, para mí es ontológico y metafísico. Hasta ese momento de la conversación habíamos manejado la metáfora del piso firme, aunque flexible, de la madera bien trabajada que sostiene y amortigua el salto, de ese algo que nos sostiene —familia, amor, hijos, arte, etc.— aun si se trata de un horizonte lejano. Pero tal vez, quién sabe, el fundamento no sea solo ese horizonte estable. Tal vez sea también la flexión previa, la rodilla que cede, el ligamento o el músculo rotos, el pie que sangra: cuerpo que se inclina hacia la tierra antes de impulsarse. Quizás, sin esa caída no hay elevación. Porque a veces el descenso no niega el vuelo: lo prepara. 

Me acordé de una metáfora que descubrí de joven, pero que solo pude desentrañar pasados mis 50 años: un gorrioncito cree no poder volar porque tiene dos bloques de plomo atados a las patitas; cree que ese peso es lo que le impide alzar el vuelo, lo que lo condena a la torpeza y lo sujeta a la tierra; camina corto, titubea, mide mal las distancias, sufre de imposibilidad, cae, y también observa, celoso, que los demás supuestamente vuelan. Pero pasa el tiempo, el gorrioncito crece y descubre el misterio: los dos bloques de plomo eran precisamente las alas, estructura y no azar. Masa gravitante que nos hace buscar lo profundo de la tierra; resistencia acumulada: forma en ciernes que aún no se despliega.  

Entre la frase que les propuse ese lunes a los muchachos, la disyunción del sentido a la que llegamos, y la metáfora del gorrioncito que me ha acompañado tantos años, se tiende una idea única: lo que nos quiebra, lo que nos hace caer, es, precisamente, lo que nos da contorno. Y el peso, la gravedad, cuando se acepta con dignidad no es limitante; es impulso. No se trata de glorificar la caída, ninguna caída. Se trata de comprender que, sin ella, sin ese descenso, el movimiento sería ilusorio, carente de la necesaria verticalidad. Tal vez por eso tanto en el Salón Blanco en la sede del Ballet en Cuba, en el salón y el tabloncillo de entrenamiento y danza en La Sala, así como en La Otra Esquina, rija la misma ley. No hay vuelo sin un suelo, a la vez, firme y flexible. Pero tampoco el suelo es verdadero si nunca ha sido golpeado por una caída. El fundamento no es solo lo que sostiene desde abajo. Es también la herida, la fractura integrada: la experiencia que nos obliga a ponernos de pie. 

Ahí es cuando uno entiende que una zapatilla colocada bajo un tabloncillo de ballet —en Cuba o en cualquier lugar del mundo— no es mera superstición, o solo aferrarse a la magia de las analogías. Es una afirmación mínima, humana. Una afirmación que intuimos inscrita en el aire: este piso no va a fallar. Este suelo no traicionará.

En el ballet, una zapatilla escondida protege el salto y la caída. En La Otra Esquina, el fundamento es menos romántico, pero no menos efectivo: es el límite claro, la palabra transversal, firme y dialogada, la presencia que no se retira. Es constancia cotidiana y sostén de lo que vive al borde de la caída. Lograr un suelo lo suficientemente firme para que el límite sostenga, para que algunos de ellos —algún día— puedan elevarse y no romperse. Es repetir, una y otra y otra vez que no todo está condenado a quebrarse; que, si la vida es repetición, es justo en ese movimiento monótono donde un día también penetra la diferencia. Así, hay gestos pequeños: esconder una zapatilla bajo la madera; escuchar atentamente a alguien que necesita ser escuchado. Son gestos pequeños donde se deposita una confianza antigua: que lo invisible protege, que lo que ha sufrido sostiene, que el fuego arde abajo para que el vuelo sea arriba. 

Si en Cuba, varios —muchos— trabajamos en las estructuras del inmueble, en pisos y tabloncillos, también hoy varios intentamos cuidar ese fundamento, aunque en otro contexto. Ni salvadores ni héroes, porque, no hay nadie —ni nada— que necesite ser salvado. 

En esto, por supuesto, hay una pequeña felicidad que lo justifica todo. Una línea que, aunque suele quebrarse con el tiempo, al final emerge y muestra continuidad. Como si al recordarlo hubiéramos vuelto a colocar la zapatilla en su sitio, y no precisamente un tabloncillo en La Habana: en el lugar simbólico que siempre tuvo. Por eso, en La Sala de Las Piedras vi el vuelo, o, mejor, su posibilidad en esos niños y sus firmas frágiles al pie de la foto. En ese tabloncillo, en la segunda planta de la edificación, recordé mis años como constructor, cuando trabajé —o, mejor, trabajamos— en la base, en el piso: el fundamento. En La Otra Esquina intentamos reconstruir ese fundamento para que no falle, para que el suelo no se hunda. Porque cada hundimiento, cada recaída de ellos en el consumo compulsivo de drogas es un revés, no por esperado, menos doloroso. 

Abajo: fuego, fundamento, suelo. Arriba: belleza, ritmo, fulgor. La piedra angular oculta es también la «clave de la bóveda» que sostiene lo que aún no se ha elevado. El vuelo que no nace solo del arrebato, del éxtasis, sino de la técnica introyectada hasta volverse invisible. Cómo no recordar, entonces, aquella hermosa sentencia del bailarín ucraniano Serge Lifar cuando, siguiendo la enseñanza de Bronislava Nijinska, hermana del mítico Vaslav Nijinsky, escribió: «Hay cosas que no se ven cuando el cisne se eleva. Pero sin ellas no habría vuelo».

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Nansen H. Tápanes
Nansen H. Tápanes
Nansen H. Tápanes (1969). Licenciado y master en Historia por la Universidad de La Habana. Ha publicado artículos en las revistas Cubanow (ICAIC) y Conexos, el portal CubarteHypermedia Magazine y Rialta Magazine.

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