Días de coronavirus (XIX)

La peste solo quiere que hablemos de ella. Se ha adueñado de nuestra vida y de su forma más líquida, que es la conversación. De toda la conversación: la charla privada y el discurso público. Es, en ese sentido, como aquel escritor al que Marcel Reich-Ranicki, quien llegó a ser el crítico literario más temido y reverenciado de Alemania, visitaba de joven. Reich-Ranicki cuenta en sus memorias que una tarde, harto ya de la egolatría desbordante de su interlocutor, se atrevió a rogarle que dejara de hablar de sí mismo por una vez y abordaran algún otro tema. El escritor se disculpó con gesto magnánimo y dijo que le gustaría escuchar a su joven interlocutor hablar de sus propios sentimientos para cambiar de tema. «Así que dígame», le pidió, «¿qué sintió al leer mi último libro?»

El virus, como ese escritor cuyo nombre no recuerdo, solo quiere que hablemos de él. De su expansión y su letalidad, del retrato de su vida: esa curva que soñamos meseta. Y si queremos decir algo de nosotros mismos, el virus solo quiere que hablemos del tedio que nos produce el encierro y el pavor que nos infunden los números de la muerte que crecen sin parar.

Miedo aparte, hoy tenía que bajar. Había estado posponiendo una visita al banco, que no admitía más dilación. Me resultaba inexcusable salir a la calle y exponerme más allá del acotado perímetro que recorro con Bruno cuando lo bajo a aliviarse.

En la sucursal de mi banco a 150 metros de casa había seis personas guardando cola y una séptima operando en el cajero automático. Guardaban una distancia de entre metro y metro y medio entre ellas. Me coloqué a dos metros de la última. Cuando solo tenía dos por delante, un anciano no conseguía terminar lo que hacía. Llevaba guantes de látex, mascarilla y ochenta años en el lomo doblado. Tuve la intención de acercarme a ayudarlo, pero sabía que no podía hacerlo. Por mí, por no enfermar, pero sobre todo por él. La naturaleza del virus provoca la vil circunstancia de poder matar ancianos sin quererlo, contagiándolos. Lo dejé, lo dejamos hacer, y al rato lo vi apartarse, agitando las facturas, apesadumbrado y quejoso: se había expuesto por gusto. Y la rabia por haber corrido peligro tal vez no fuera mayor que la desazón por haber incumplido el pago de una factura, haberle faltado al orden del mundo, a la decencia tal como la entienden los viejos, esos viejos que vieron una guerra de niños.

No tuve suerte. El terminal de esa oficina no admitía la operación que fui a hacer. De modo que decidí seguir hasta la siguiente, a seiscientos metros de casa. Es la mayor excursión que he hecho en 19 días. Me cruzaba con gente de la que me alejaba, mientras ellos lo hacían de mí. Sujetos de la pandemia, sujetos a ella, hemos desarrollado enseguida el protocolo de tomar distancia y agradecer con un gesto de la mano, como el que uno le hace al conductor que detiene el coche en la cebra para que crucemos la calle. Con una diferencia: el conductor está obligado a hacerlo y lo premiamos porque nos da la gana. Ahora el gesto es más de agradecimiento y consuelo, de reconocimiento y resignación. Porque todos sabemos que pasará mucho tiempo hasta que volvamos a amontonarnos, a rozarnos, a querernos. Hace unas semanas, cuando no sabíamos que esto vendría, los ofendiditos preparaban ley para prohibir los piropos a las mujeres.  Y multarnos por ellos. La pandemia ha venido a legislar ella solita sobre la distancia y el cortejo. Ahora ya no podemos ni queremos acercarnos a las mujeres y las miraremos como a criaturas ponzoñosas con miedo de que nos contagien. Un gran servicio prestado por la pandemia a las guerras culturales. ¡Ella que parecía arma biológica ha resultado ser katiushka en la trinchera gender!

Para mi alivio, conseguí completar el trámite en la segunda sucursal de banco. Pero obtuve un premio aún más grande llegando a ella: Verema i Collita, la bodega en la que compraba vinos en tiempos de paz permanece abierta en tiempos de guerra. ¡Sabe el Estado cuáles son los “servicios esenciales”! De modo que compre media docena de botellas, elegidas con primor por los bodegueros. Pau, el dueño, me dijo que su madre octogenaria, que es un clásico de esa bodega con su temple y su gentileza, está como loca en casa soportando el confinamiento a duras penas. “Es de la generación de la posguerra y a ellos les cuesta mucho más, porque con estos encierros sienten que vuelven a perder la libertad y sufren”, me dijo. La pandemia que los políticos y técnicos enfrentan con jerga militar, es una guerra para los ancianos. La que los está matando y asustando. La que les quita la pequeña parcela de futuro que les quedaba metiéndoles en el pecho la neumonía y el pasado autoritario. Esta pandemia es metáfora y alegoría de todo. ¡Las ganas que tengo de que deje de ser también hipérbole!

Números de hoy: el precio del barril de Brent cayó a 22,58 dólares esta mañana, la cota más baja en los últimos dieciocho años. Es un día magnífico para comprar barriles de petróleo, pero tengo el cuarto del fondo lleno de patatas y botes de gel desinfectante.

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