Memorias que trajo el río. El arte de Orlando Almanza

    Esta conversación con el artista cubano Orlando Almanza (Las Tunas, 1989) comienza hace algunos meses en Ona Galería (Oficios 307, e/ Sol y Santa Clara, La Habana Vieja), donde estamos sentados en el piso, rodeados de ventanas abiertas que dan al campo cubano.

    Por una ventana se ve el río de aguas verdes, donde unas muchachas de senos redondos y enaguas de encaje se lanzan en picada, flotan…, y por otra se ven los cañaverales, difuminados bajo el resplandor.  

    Entre las cañas altísimas duerme una mujer desnuda, todo su cuerpo duerme, salvo la mano izquierda que aprieta una carta de amor; pero lo que dice la carta, lo que la hace soñar, no se puede saber, porque está demasiado lejos de la ventana. Lo que sí se ve es una guinea aletear, soltando plumas que levitan en la tarde. 

    Las ventanas también muestran ensoñaciones y mitos, cagüeiros y diablos, dragones y rosas, el verde hostil de los vástagos en primavera, en ese tiempo que es abril, ya casi mayo, y los pimpinillos se quieren reventar en los cardones… Son las pinturas/memorias/sueños de Orlando Almanza: lo que mostró este año en La Habana, en su exposición personal Un laberinto en el estómago de un cocodrilo

    El martirio de una amiga, 2022, Orlando Almanza. Foto por Soapbox Arts.

    Katherine Perzant (KP): Hay un inicio en todas las historias. El tuyo, como artista, ¿cuál fue?

    Orlando Almanza (OA): En el barrio donde crecí con mis abuelos había una casa sin terminar que tenía en frente un mango; allí nos reuníamos todos los niños para jugar. El piso de aquella casa estaba relleno con cocoa, la tierra que se usa para apisonar. Una tarde empezó a llover y nos dijimos: «Caballero, esto es como plastilina, podemos darle la forma que queramos». Y comencé a hacer cerámicas. 

    KP: ¿Qué otros datos relevadores de un destino artístico hay en tu infancia y tu adolescencia? 

    OA: Cuando era niño no teníamos televisor, algo común en el campo. El único lugar donde podías ir a ver películas era al cine del pueblo. Todos los días ponían hasta tres películas. Mis primos y yo reuníamos dinero para ir juntos a ver lo que estaba en cartelera. La mayoría eran películas americanas de terror de bajo presupuesto como En la oscuridad de la noche, Chucky, Anaconda, Garrapata asesina, Cocodrilo gigante… 

    Estas películas eran muy populares porque se enlazaron con las historias y mitos del lugar, con la naturaleza. Revivíamos las tramas días después, adaptándolas a nuestras propias vidas. 

    El cine fue la primera forma de arte de la que recibí mucha influencia. Me guiaba por las historias y dramas que sucedían en la pantalla, y así fue como empecé a desarrollar mis propias historias e inventos. Esa fue la parte de la imaginación. Las manualidades venían de lo práctico. Con diez años, por curiosidad, me puse a ayudar a unos carpinteros para hacer juguetes, chivichanas y trompos de madera para el barrio. Me interesa mucho darle forma a la madera. También me dediqué a coser zapatos y a ser mecánico de bicicleta. Me encantaba aprender cómo funcionaban las cosas, arreglarlas. 

    Tito Biajaca, mitad pez y mitad hombre, 2021, Orlando Almanza. Foto por Soapbox Arts.
    Tito Biajaca, mitad pez y mitad hombre, 2021, Orlando Almanza. Foto por Soapbox Arts.

    KP: De aquella época viene tu interés por el campo cubano y sus mitologías, tan evidente en tu expo Un laberinto en el estómago de un cocodrilo.

    OA: Nací y crecí en el campo. Me siento identificado con lo silvestre, con la naturaleza y la vida rural.  Precisamente, en Un laberinto en el estómago de un cocodrilo se encuentran muchos recuerdos de mi infancia, de cosas que dejamos atrás. Habla de un sentido de pérdida y ruptura generacional, de un miedo presente a quedar atrapado en ese laberinto.

    KP: En nuestra conversación inicial, hace ya unos meses en el piso de ONA Galería, me contaste esa historia preciosa que hacía tu abuela para que durmieras la siesta. La historia de un grupo de personas perdidas en el interior de un cocodrilo gigante…

    OA: A mi abuela le gustaba tomar la siesta en el verano, al mediodía, y yo, como era de los más chiquitos de los niños, también dormía con ella. A mí me encantaban las historias, y ella las inventaba para hacerme dormir. Una de las que más recuerdo era la de un niño que se iba a jugar al monte, y caminando y caminando se perdió y entró en lo que pensó que era una cueva. Resulta ser que era la boca de un cocodrilo gigante que también estaba tomando una siesta. El cocodrilo despertó y cerró la boca, y el niño quedó atrapado. El niño empezó a explorar el laberinto que era el estómago del cocodrilo, y allí encontró objetos olvidados y personas perdidas. El final de esta historia lo voy contar en unas piezas que tengo pendientes… 

    El río del paraíso, 2021, Orlando Almanza. Foto por Soapbox Arts.
    El río del paraíso, 2021, Orlando Almanza. Foto por Soapbox Arts.

    KP: ¿Qué artistas cubanos reconoces como tus influencias?

    OA: Guillermo Collazo y Armando Menocal.

    KP: ¿Cuáles crees que sean las repercusiones fundamentales de sus imaginarios en tu obra?

    OA: Collazo y Menocal tienen un tipo de pintura histórica y narrativa. La visualidad de las piezas del campo cubano me recuerda mucho esos paisajes de mi niñez. También, como pinto mucho sobre mis memorias, las piezas buscan ese estilo antiguo, de memoria perdida, narrativo y borroso.

    KP: ¿Qué artistas extranjeros admiras o reconoces también como influencias?

    OA: Gauguin y Rousseau.

    El romance prohibido de la condesa Gómez allá por el antiguo pueblo de Remedios, 2022, Orlando Almanza. Foto por Soapbox Arts.
    El romance prohibido de la condesa Gómez allá por el antiguo pueblo de Remedios, 2022, Orlando Almanza. Foto por Soapbox Arts.

    KP: ¿Cómo fue el proceso creativo de las pinturas que conforman la exposición? ¿Cuándo comenzaste a concebirlas?

    OA: Hice una recopilación de las historias que quería contar, buscando una línea narrativa que fuese coherente entre ellas. Todo empezó con las piezas de abuelo («El Cagüeiro», «Tito Biajaca»), que son el hilo conductor entre todas las historias.

    KP: Tus inicios fueron con la escultura. ¿Cómo ha sido tu trayectoria hasta llegar a la pintura?

    OA: Cuando fui a presentarme a la prueba de especialidad de Nivel Medio y vi a los estudiantes pintando naturalezas muertas, me di cuenta de que el color que utilizaban no coincidía con el que yo veía en la referencia. No entendía. Pensé que no tenía ninguna oportunidad. Me decidí por la escultura; comprendía más fácil el volumen que el color. Dato irónico: resulta ser que soy daltónico. 

    Estudiando en el ISA [Instituto Superior de Arte de La Habana], atravesé períodos en los que me sentía perdido; hasta que empecé a dar clases en el taller optativo de dibujo que daba el escultor René Negrín y volví a encontrar el norte. Fui ahí para llenar unas horas de talleres que me faltaban y terminé extendiéndolo por cuatro años de estudio. 

    Después de graduarme estuve trabajando para Carlos Quintana, y verlo trabajar me motivó a retomar la pintura. La primera pieza la hice en 2016. Ha sido un proceso de evolución y autocrítica para llegar a la estética visual que quería lograr.

    El Diablo y la mata de güao, una disputa por jerarquía en el monte, 2022, Orlando Almanza. Foto por Soapbox Arts.
    El Diablo y la mata de güao, una disputa por jerarquía en el monte, 2022, Orlando Almanza. Foto por Soapbox Arts.

    KP: ¿Cuáles son tus mayores preocupaciones con respecto a las artes visuales que se hacen en Cuba hoy?

    OA: Mi preocupación es que no haya una coherencia entre lo vivido y la obra creada.

    KP: Realmente es muy original que un joven pintor cubano se decida por el campo como universo de estudio y creación, por plasmar ese mundo rural con sus peculiaridades y formas. Parece muy sincero de tu parte hacerlo; pudiéramos decir que te singulariza, en un contexto donde diversos artistas visuales se deciden por lo pop, lo foráneo o lo conceptual… 

    OA: Cuando estaba estudiando en el ISA, me concentré mucho en lo conceptual, mayormente por la influencia de los profesores. Cuando me gradué me sentí perdido; estaba lejos de todo lo que conocía. Para conectar conmigo mismo, y con mi identidad, empecé a conectar más con mi pasado, con estas memorias agridulces. Cuando se abrió esta puerta en mi mente, las memorias venían como un río crecido. Dibujaba en las paredes de la casa todos los recuerdos para no perderlos. Ahora reconozco que para mí la sinceridad y la identidad son imprescindibles. 

    KP: Recreas un imaginario muy personal: los paisajes de tu niñez; las historias del batey y de tus abuelos; la gente y los entornos que son/fueron fascinantes para ti. Orlando, digamos que tienes siete, ocho años y miras por la ventana de tu antigua casa. ¿Qué hay ahí afuera?

    OA: Son las matas de plátano, la tierra cálida y roja. Soy yo, corriendo por el campo junto a los perros que ladran, con la luz del sol en mi cara. Es el color brillante de las plumas de los gallos. 

    KP: ¿Cómo fue el proceso creativo de tu última muestra, Born by the River?

    OA: Mi última exposición, Born by the River, se presentó en Burlington, Vermont (Estados Unidos), en la galería Soapbox Arts el día 16 de julio de este año. Cuenta con 16 pinturas: la mitad fueron creadas en la Habana, y el resto fuera de Cuba. Trabajé con la curadora y dueña de la galería, Patricia Trafton, y con mi pareja y manager, Kalea Wiseman. Llevábamos dos años preparando todo, pero el título surgió solo dos meses antes del evento. Conecté mucho con una canción de Sam Cooke, «A Change is Gonna Come»; especialmente, cómo empieza: «I was born by the river/ in a little tent/ Oh, and just like the river/ I’ve been running ever since».

    Era algo en esta lírica que me impactó mucho; en un momento para mí de tanto cambio, de transición, encontré la calma y la fuerza en estas memorias de mi niñez junto al río. De hecho, ya con este concepto y este enfoque hice otras diez piezas en un mes, que fueron historias cortas presentadas en esta exposición. Era para mí una reunión del antes y el después de mi primer viaje fuera de Cuba. Y marca un cambio en mi perspectiva. 

    *Esta entrevista fue coordinada gracias a la galerista cubana Patricia García.

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    Katherine Perzant
    Katherine Perzant
    Ha sido funambulista y chainsmoker. Como el Paterson de Jarmusch, escribe poemas que nunca publica. Posee una debilidad alarmante por los puentes y las boyas. La toman, tan a menudo por extranjera, que se siente así en todas partes. Quisiera creerle a Issa, que le sobrevive, le sobrevive a todo, la frialdad.
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