«Nos necesitamos libres»

    Ayer jueves 21 de octubre vi por primera vez desde que fuera arrestado a Luis Manuel Otero Alcántara*. Fue un día difícil.

    El martes un oficial de la Seguridad del Estado («el que me atiende», o al menos uno de los que más aparece) me dijo que no me iban a dejar verlo el día de su visita porque yo no era «parte de su familia». Me alteré mucho en ese momento. Le dije que lo vería sí o sí, porque eso no lo podían decidir ellos. Así que a las 7:00 a.m. partí hacia Guanajay dispuesta a todo, ya que el agente me había dejado claro que, si formaba algo, me metería presa. Confieso que no lo pensé. A veces llegamos a un punto donde es tan fuerte nuestra verdad, y nos aferramos tanto a ella, que lo demás se hace nada. Simplemente desaparece.

    Salí por la puerta de mi casa con una sola cosa clara: necesitaba ver a Luis Manuel.

    Recogí a una hermana, a su tío Enix Berrio, y comenzamos el viaje. Llegando al punto de control nos pararon. Ya no piden permisos, pero era necesario según ellos hacer un «chequeo de rutina». En ese momento me llamó «el agente»: «Claudia Genlui, no te van a dejar verlo. Regresa y otro día veremos qué se puede hacer». La ecuanimidad, que trato de mantener, desapareció. Mis palabras fueron claras: «Veré a Luis hoy. Soy su esposa y es mi derecho». Colgué.

    Llegamos a la prisión. Los recuerdos de cuando Luis estuvo preso en Valle Grande son los puntos de referencia que canalizo siempre que voy a las estaciones de policía o a las prisiones. Me invadió una tristeza enorme al ver allí a los familiares de otros detenidos. Pensé en esos presos que por más de un año no habían visto a sus seres queridos. La Prisión de Máxima Seguridad de Guanajay no es un centro penitenciario común. Hay personas condenadas hasta 30 años. No todos allí son asesinos. Hay muchos por cuestiones políticas. ¿Cuán difícil debe ser para esas familias ir hasta allá? ¿Por cuánto tiempo han lidiado con el dolor de la ausencia? La cantidad de personas que visitaban a los detenidos era mucho menor que en «el Valle».

    Nos llamarían de acuerdo con una lista de presos que tenían visitas autorizadas. Recuerdo haber estado ideando el «espectáculo» que haría. Esa directa que, una vez más, se convertiría en la denuncia clara de una violación. Sentía también la racionalidad a la que debía aferrarme, porque hacer algo así me alejaría del objetivo en que trabajamos incansablemente: liberar a Luis.

    Finalmente llamaron: «Luis Manuel Otero Alcántara». Agarramos las cosas y entramos. Era un salón de un verde grisáceo horrible. Huele a cloro, y las personas te miran con una indiscreción que te desnuda. Lo primero que me preguntaron fue si yo era su esposa. Lo confirmé. Después me tomaron la temperatura, pidieron mi carnet de vacunación y me dijeron que con el pulóver que llevaba no podía pasar. Es la segunda vez que me sucede esto en Guanajay. No sé que pasa con la ropa que decido usar; ellos consideran que «puede ser provocativa». Tener las tetas grandes a veces se convierte en un problema, pero creo que en Cuba es más el hecho de ser mujer lo que te hace vulnerable ante la mirada del poder («macho») dominante. En fin. Me importaba poco el pulóver. Miré a Enix, y él, como tantas veces, nos volvió a salvar: me prestó su pulóver. Enix es como una especie de ángel guardián para mí y para Luis. Fui al baño, me cambié, y finalmente estaba lista.

    Caminamos despacio (porque tengo un esguince en el tobillo) por un pasillo muy largo. A medida que avanzaba sentía los sonidos de las rejas que se abrían y cerraban para dejarnos pasar. Llegamos a una oficina. Ahí estaban un oficial gordo vestido de civil y tres mujeres uniformadas. Sabía que me esperaban. Todos me miraban como queriendo arrancar mi piel y meterse dentro. Recuerdo pensar que no saldría de ahí, que podían acusarme de cualquier cosa que inventaran; sin embargo, Enix y todos/todas estaban pendientes, y por tanto no estaba desamparada.

    Me condujeron hacia otra oficina. Había un gran buró, de esos que hay en todas las oficinas estatales de este país, y un sofá negro todo esponjoso y muy feo. Cerraron la puerta cuando entré. Estaba conmigo una oficial. No era mucho mayor que yo. Me vino a la mente Luis. A él le gustan todas las mujeres. No sé por qué pensé eso en aquel momento. Estaba nerviosa. Las manos me sudaban. ¿Vería o no a Luis?

    Ella me pidió que pusiera las cosas sobre la mesa y que me desnudara. No me explicó el porqué de esa orden y yo tampoco pregunté. En el fondo me había preparado para eso. La desnudez no es un problema para mí, y sentí aquello como un reto: ellos pretendían ponerme nerviosa, desnudarse era, en sus mentes, una humillación. Cuando la Seguridad del Estado invadió mi privacidad y la de Luis el año pasado, publicando nuestras fotos, recuerdo haber sentido lo mismo. Mi cuerpo a veces es una defensa. Me han mirado tanto por indiscreción (por el parche en el ojo) que mostrarme desnuda lo asumo siempre como algo común, una especie de provocación al que quiere mirar. Ahora pienso que debí haberme negado: pedir una explicación. Pero solo quería ver a Luis. Estaba dispuesta a casi todo. Me quité la ropa. El blúmer y el ajustador también. Hasta me quedé descalza. Por alguna razón el nerviosismo desapareció. La mujer apenas me miraba. Yo puse las manos en la cintura. Le mostraba mi cuerpo con admiración y sentía pena por ella, porque se veía obligada a hacer algo que evidentemente no quería hacer. Me pidió que hiciera cuclillas y que pujara. Lo hice. Me levanté y continué desnuda. Pude haberme puesto las prendas que ya había revisado. Pero yo estaba cómoda, y ella no. Inconscientemente, disfrutaba ponerla incómoda. Creo que era mi venganza por todas las veces que mi represor me llamó para decirme que aquello que tanto yo quería (ver a Luis) no iba a ser posible. Me dijo: «Vístete». Y así lo hice.

    Ella terminó de revisar todo. La comida, los panes, todo fue pinchado, removido.

    Después llegaron el gordo del inicio (jefe de la Seguridad del Estado en la prisión) y otro hombre más pequeño (creo que un coronel). Llevaba el primero un pulóver de rayas desgastado y el otro, una de esas camisas de cuadros, con la típica maletica en la mano. Siempre he pensado que la decadencia en Cuba se percibe hasta en la mirada, y que se intensifica cuando la persona es parte del sistema. Pensar, aunque seas muy pobre, te da una luz diferente.

    Se sentaron frente a mí. Comenzaron un discurso alertándome sobre lo que debía decir al salir. Era importante que yo tuviera claro que me hacían «un favor» dejándome estar allí y que nos estaban tratando «muy bien». Yo debía saber (y transmitir) que ellos no dejarían que «le pasara nada». Por cada palabra que me decían yo tenía 80 para replicar. Pero solo pensaba: «Ya casi viene, lo voy a ver».

    Terminaron. Todo estaba claro. Ya podían traer a Luis y a su hermana que aún esperaba. A Enix no lo dejaron pasar. Por eso sí protesté. Sé cuánto ama Luis a Enix. Y también necesitaba al tío para que calmara mis dudas y, con su sabiduría, leyera entre líneas, lo que por tanta emoción yo no sería capaz de hacer. Enix es una de las personas que más teme la Seguridad del Estado que esté cerca de Luis. Enix arroja luz sobre su sobrino. Y ellos temen la luz.

    Me dejaron sola. Ya traían a Luis.

    Apenas podía dejar de temblar. Sentí su voz. La voz de Luis es una de las cosas que más fuerza ejercen sobre mí. Amo, entre otras cosas, escucharlo. Miré a la izquierda. Ahí estaba: «Amor mío», me dijo. En su piel estaba escrito: «Claudia te amo»; según él, era un tatuaje para mí. Nos abrazamos muy fuerte. Lo veía precioso, sexy, olía súper rico, y su piel tan suave… lo deseé. Todo volvió a mí como la primera vez que hicimos el amor. Nos pertenecemos de una manera egoísta y liberal. No me importan sus aventuras, ni a él mis locuras. Nos amamos. En aquel abrazo nos volvimos a encontrar. Él repetía que me amaba, y que me había extrañado como nunca. Es la primera vez que estamos tanto tiempo separados.

    Hablamos mucho. Después llegó su hermana. Se abrazaron. Hay tanto que decir cuando es tan poco el tiempo. Había cosas puntuales que hablar. Fuimos precisos: los próximos pasos, las decisiones que debemos tomar, lo fuerte que debo ser. Recuerdo que me dijo: «Los tanques son tanques. Tú eres mi tanque». Yo lo besaba… Por un instante, respirábamos… y de nuevo a la carga.

    No podría almorzar con nosotras. Debía hacerlo solo. Según Luis, aquello era un VIP pues permitieron que nos abrazáramos. A los presos en ese lugar no les permiten intimidad, contacto físico con sus familiares.

    Llegó el momento. Se había acabado la visita. Un abrazo, el último… por un tiempo. Tantas decisiones importantes que tomar me aprietan el pecho, porque no se cuándo nos volvamos a ver. Quedó algo claro: nos amamos. Y yo, todos/todas vamos a luchar por su libertad. Él lo sabe.

    Me dijo algo importante. Él quiere que todo el mundo sepa que está bien, pero que también está listo…

    Lo abracé. Aún siento sus brazos.

    He llorado sin parar desde entonces. Lloro para limpiar mi alma, y lloro de felicidad al sentir cómo el amor mueve mi mundo, nuestro mundo. Hoy fue que tuve valor para ver las obras que me entregó, que él ha estado haciendo en este tiempo. Dentro estaban esta carta y esa puerta. Luis sabe que yo necesito esa puerta. Sabe que cuando la abra él estará del otro lado esperándome. La última vez que Katherine Bisquet y yo nos vimos, ella dijo que me parecía mucho a él. Creo que, de alguna manera, estemos donde estemos, siempre vamos a estar juntos.

    Hoy tengo una sola cosa clara: te amo Luis Manuel Otero Alcántara, y te necesito libre. Nos necesitamos libres.

    ***

    Carta de Luis Manuel Otero Alcántara a Claudia Genlui Hidalgo

    Claudia Genlui:

    Hola amor, no imaginas cuánto te he extrañado y pensado todos estos días de encierro, y no solo por la difícil situación a la que se ve sometido mi cuerpo y mi mente en esta prisión. La prisión es un infierno, es lo peor por tenerme separado de las personas que amo y entre esas personas que amo tú ocupas un lugar tatuado en mi vida, tatuaje imborrable. Cuando un poder te impide lo más mínimo, que te exige la nostalgia para que tu cuerpo se sienta bien y cuando el poder superior te impide compartir una risa, una bronca o una flor a la hora que quieres por el tiempo indefinido que te exige el amor, cobran sentido dos cosas: 1ro. Los detalles mágicos que vivimos y que por tenerlos a diario a veces subestimamos, como secarme con tu toalla o verte dormir, darte un beso, o la comida que debí cocinarte hace mucho. Lo 2do es que entiendes el espacio prisión, que es ese poder que tiene alguien de limitarte de esos momentos sencillos, como terminar de llorar a mi madre y padre a tu lado y hacerme el duro y ante tu preocupación decirte que esas lágrimas son de amor, de amor a mi familia, a ti como parte de ella, amor al arte, a Cuba, a mis amigos, amor al cubano y al humano. Espero que ese muro que me impide hoy darte este beso que tanto mi boca ansía, espero que ese muro se borre pronto, para siempre; de lo contrario, si las fuerzas no me alcanzaran para darte ese beso a la caída del muro (que te juro que caerá), si no estoy ese día aquí, te regalo otra puerta. No pierdas la fe.

    Alcántara

    *Luis Manuel Otero Alcántara fue detenido el 11 de julio de 2021 en La Habana, mientras en decenas de ciudades y pueblos de toda Cuba se producía un inédito estallido social. Según activistas de derechos humanos, miles de manifestantes corrieron ese día, y los siguientes, una suerte similar, y hasta la fecha varios centenares permanecen en prisión. Arrestado y encarcelado en múltiples ocasiones por la Seguridad del Estado cubano, el artista visual y líder del Movimiento San Isidro enfrenta esta vez el periodo de encierro más largo desde que su activismo político lo hizo convertirse en una de las voces más importantes de la nueva oposición en la isla.

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    10 COMENTARIOS

    1. Me falta el aire después de leer tu carta y mirar tu puerta. Mi corazón me duele y se que la tuya tiene que sentir algo mucho más que dolor. Luis pronto sea libre y Cuba también. Muy pronto.

    2. He llorado al leerte y leer lo que escribió Luis para ti, me he quedado suspendida y con un nudo en la garganta.
      Como decirte algo que no sientas y no hallas sufrido?, cómo no doler tu desnudez y como evitar sentir esta mezcla de rabia y orgullo??
      Te amo y te respeto Claudia.

    3. Amor, comprensión, admiración, respeto es lo que siento por esta pareja, por ese Manuel para mi totalmente desconocido, que escuché su nombre por primera vez cuando lo difamaban, que me llevo a ese San Isidoro ignorado por mi, y que como muchos otros jóvenes de hoy nos despiertan del letargo. !que alegría¡ no somo raros o extraños, estábamos solo callados. Alguien habló y el eco se repite, se repite, seguiremos la voz, la lucha…

    4. Que hermoso el amor y que cruel quien lo ataca, me encanta como escribes, esa forma de llevarme contigo en la historia que recreas, de hacerme parte, de ponerme en el lugar, ese tu poder descriptivo que me hace percibir los olores, escuchar los sonidos y hasta sentir el roce de otra piel, sentí tu entrega en ese beso, el dolor de tu despedida y hasta la fiereza de tu desnudez. Tienes razón… necesitan estar libres.
      Les deseo toda la suerte del mundo en la vida y en el amor.
      Patria y Vida.

    5. Fuerza a los dos. Queremos a Luis de una manera diferente a la tuya. Yo lo quiero como un ser humano que siempre puedo dejar a mi espalda sin ningún temor. Creo que Luis tienen la sensibilidad de amar el completo de un ser.

    6. El que LMA este preso es incomodo para la patria. El es un heroe valiente y con gran corazon. No le conozco pero siento su poder. El amor que siente por su amada es esa parte tierna de cada hombre capaz de demandar la libertad de los cubanos. Cuanto me alegra poder leer este testimonio. Patria y Vida

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