Me había convertido, por un momento, en un turista de mi pasado; el peregrino que estaba recorriendo, más que un lugar, las ruinas de un tiempo y el trazado urbanístico de una memoria.
Alom, el fotógrafo, se asoma de esta manera a un espacio social bastante poco documentado en que confluyen actualmente cubanos de diferentes generaciones, razas y estratos sociales.
En 1975, Alamar tenía ya seis escuelas, ocho círculos infantiles, tres centros comerciales, una mueblería, una fábrica de confecciones textiles, un policlínico, un cine, un anfiteatro, 10 terrenos de voleibol, una terminal de ómnibus y una planta de tratamiento de agua.