«Esteban vio muchas cosas esa vez, vio a los bárbaros revoloteando con total impunidad y torpeza —como quien hace alarde de su poder por tener las alas, unas alas grandes y negras que se arrastran por el asfalto, unas alas atrofiadas, pero alas al fin— en las inmediaciones de la puerta de nuestra casa. Esteban vio la injusticia. Y vio que su lucha era irreversible.»

Katherine Bisquet

Los ojos de Esteban

Me encontré inesperadamente con los ojos de Esteban Rodríguez en una directa. Buscaba información sobre sus múltiples reportajes hablando del barrio y de los problemas de la gente, y encontré los videos de los días en que nos acuartelamos en San Isidro. Nunca más había vuelto a ver las cosas de ese episodio, son muchos recuerdos, buenos y malos, mezclados. Fue el mayor tiempo que pasé con Esteban, y su nobleza y humildad eran desbordantes.

El 21 de noviembre hubo una confrontación desagradable en la calle. La policía política golpeó a la hija de Maykel Osorbo. No querían dejarla pasar a Damas 955. También venía la niña mayor de Esteban, que cumplía años. Omara habla de manera emocionante en esa directa. Era el tercer día de la huelga, todos estaban ya debilitándose y la agresividad de la policía política solo aumentaba. Sin embargo, no me había percatado de que Esteban siguió grabando cuando entramos a la casa. Intentaba explicar lo que recién había sucedido, aún muy nervioso por la vulnerabilidad de las niñas y porque le costaba entender y comunicar el grado de absurdo.

«Agua, es solo agua lo que traían», repetía Esteban una y otra vez, visiblemente emocionado. Con su lenguaje sencillo, siempre encuentra cómo explicar las cosas de manera rápida y directa. En este caso, sus ojos lo explicaban todo.

La parte final de esa directa es el epílogo que necesita Cuba para que pueda ser entendida, la última página de este proceso macabro de destrucción. Sin embargo, no lo es, todavía. Esteban Rodríguez está preso injustamente, acusado de desorden público y desacato porque, de forma pacífica, pretendía ver a un amigo en huelga de hambre y sed.

Esteban y Zuleidis

Zuleidis y Esteban / Foto: Facebook

Esteban nació en el barrio de Belén, en el mismo solar donde hoy lo adoran y donde tantas veces lo han defendido. No hay lujos en su vida, su casa no pasa de cinco metros cuadrados y allí, además de sus hijas, la pareja tiene tres perros que son el desvelo de su esposa Zuleidis.

«Yo llegué y él ya vivía ahí, con su madre y su hermano. Llegué con mis dos niñas, la segunda bastante chiquita, así que desde que empezamos él se ha ocupado de ellas como un padre. Ellas lo adoran. Esteban era estibador en el puerto, pero por sus problemas de presión y de la columna decidió salir de ese trabajo y pasó un tiempo corto en una carpintería. Luego fue que montó el negocio de las redes, del que se habla en el reportaje que circula por internet».

Estuve mucho tiempo buscando el famoso reportaje y no lo encontré, pero sí revisé una directa donde Esteban cuenta su negocio de la wifi en el Parque Cristo. Le iba muy bien, hasta que vino una cadena norteamericana, All Cuban Star, y le preguntó, como joven emprendedor cubano, su opinión sobre la situación de la Isla. Esteban habló de lo mismo que le escuchaba decir a las personas en el parque, quienes incluso rompían a llorar con su familia y amigos y pedían ayuda. Esto ocurrió en 2016, cuando los cubanos no teníamos aún datos móviles en los celulares y nos aglomerábamos en parques y plazas para comunicarnos con el mundo. Recuerdo que podíamos practicar muchos análisis sociológicos y antropológicos con la experiencia en esos parques wifi. Ahí quedaba expuesta el alma nacional y nos enterábamos de los pesares o alegrías de otros.

A Esteban le decomisaron los equipos y estuvo preso diez meses por algo que en pocos países del mundo es delito. Historia que se repite una y otra vez en los barrios de Cuba. Jóvenes que identifican una iniciativa para ganarse en la vida y caen en ilegalidades absurdas o, peor, en limbos legales. Actividades que no están autorizadas pero que son toleradas, por lo que se vuelven el terreno perfecto para la corrupción y la extorsión. Recordemos el caso de Denis Solís, al que le fuera decomisado su bicitaxi, a pesar de tener su documentación en regla. 

Esteban, Maykel y Luisma

Esteban conoce a Maykel Osorbo del barrio, crecieron juntos en La Habana Vieja. Después del concierto contra el Decreto 349 que le costó a Maykel un año y medio de prisión, Esteban fue uno de los primeros en cubrir la noticia.  

Cuando escribí mi primer texto sobre Maykel, Esteban me hizo cuentos muy graciosos y tristes a la vez. Contó que a Maykel le gustaba andar descalzo por el Parque Cristo, que era como su segunda casa y que a veces incluso dormía en uno de sus bancos y amanecía allí. No le comenté nada a Maykel ni usé esa información en el texto, pero nunca he podido quitarme la imagen de la cabeza y confieso que el parque, con su iglesia de dos torres y sus casas de estilo colonial, cambió de sentido para mí, convirtiéndose en el parque de Maykel y de Esteban y ganando un significado especial en nuestro camino hacia la libertad.

Allí me cité con Lucinda González cuando decidimos ayudar con la campaña de liberación de Silverio Portal Contreras. Allí nos reunimos por primera vez algunos participantes del acuartelamiento de San Isidro después de que allanaran la sede del movimiento, y compartimos una caja de cerveza que Esteban y Maykel consiguieron comprar sin hacer la interminable cola de la esquina. Los «colaban» por ser «de la gente de San Isidro», órdenes expresas de la Seguridad del Estado. Con esa anécdota comprendí el miedo o el respeto que la policía política siente por nosotros, los ciudadanos; por quienes se cansan y deciden no aguantar más.

También aprendí que esa relación que se genera, y que muta, entre estado totalitario y disidente, es mucho más compleja que una simple oposición. Ser disidente puede ser un una letra escarlata o un salvoconducto, o una mezcla de ambos, la cuestión es que te saca de las reglas del juego, digamos, «normales», y te entrega de lleno, y de manera abrupta, las verdaderas reglas del juego, ocultas bajo el disfraz de lo aparente.

¿Quieren saber cuándo supe que era una disidente? El pasado 9 de octubre, cuando no me dejaron entrar a la casa de Luis Manuel Otero y me arrastraron hasta la sede de la EGREM. En la puerta había un muchacho que anotaba los nombres de los visitantes. Mi cara estaba llorosa, pues el arresto había sido especialmente violento. Al preguntar mi nombre, le dije Ana, y al preguntarle al teniente coronel que me acompañaba, este no usó su nombre falso, que era Mario, y se limitó a musitar: «oficial de la Seguridad del Estado». El muchacho de la mesa se puso pálido porque entendió todo de golpe, y ya nunca más me miró. Copió mi nombre apresurado y el no-nombre de Mario. Entendí que también él nos tenía miedo, porque mirarme a mí de nuevo era aceptar la injusticia y su indolencia.

La Habana ha cambiado para muchos de nosotros en los últimos meses. El Parque Cristo ya no tiene solo un valor arquitectónico, ni su referente principal es el «mejor restaurante de la ciudad», como le decíamos al lugar medio clandestino que vende comida al interior de una de las casonas, devenido solar, en el que una anciana con abanico azul siempre nos miraba sin vernos. En ese mismo sitio Esteban y Luis Manuel Otero se conocieron. «¿Tú eres Esteban Rodríguez?», preguntó Luis Manuel. «Sí», le dijo Esteban. «¿Esteban Rodríguez el reportero de ADN?». «Sí», repitió Esteban, ya medio intrigado. «Pues tremendo gusto, hermano, yo quería conocerte y saludarte, me encanta lo que haces, yo soy Luis Manuel Otero Alcántara».

No sé si estoy engolando un poco la situación, me encanta recrear e inflar estas primeras veces, pero lo cierto es que no hizo falta mucho para sellar esa amistad. Esteban ayudó a Luis a organizar, en el marco de la Bienal de La Habana, aquella carrera con la bandera americana en homenaje a Daniel Llorente, lo que terminó con un nuevo arresto de Luis.

Como flashazos, y antes de llegar al acuartelamiento, recuerdo también el día en que pintamos en la calle el cartel «Tenemos una vida que perder y un país que ganar», un gesto inscrito en una obra de Luis que nos incitaba a imaginar carteles para el cambio en Cuba. Luis Manuel, Claudia Genlui, Denis Solís, Maykel y yo estábamos pintando, cuando empezó a llenarse la cuadra de agentes de la Seguridad del Estado y de una brigada de respuesta rápida que intentó hacernos un acto de repudio express. De repente, vimos llegar en un bicitaxi a Esteban y Héctor Luis Valdés con sus carteles. Gritaban libertad. Nos sentamos juntos delante de la casa de Luis. Los carteles nos cubrían y el barrio entero miraba. Ni la policía pudo sacarnos de ahí ese día.

De reportero independiente a gestor de viviendas

«Ay, Ana, si tú supieras como venía gente a ver a Esteban, unos cuantos en la semana. Venían a contarle sus problemas, a ver cómo los podía ayudar», dice Zuleidis. «De todas las edades y con problemas que realmente partían el alma. Muchas veces Esteban no podía dormir después. También empezaron a llegar las madres que vivían en lugares a punto de derrumbarse y que querían ocupar locales. Empezamos por las que irrumpieron en el local enfrente de nuestra casa, pero después vinieron como tres o cuatro más. Fue tanto que la Seguridad empezó a decir que Esteban las impulsaba a hacer eso, cosa que no era cierta. Ellas solo venían en busca de consejo, de alguien que las escuchara en su desesperación, después de haber agotado todas las vías oficiales. Por lo general eran madres solteras, algunas también embarazadas».

Esteban comenzó con los reportes de los problemas en su barrio, Belén, y terminó visitando todos los municipios de La Habana. A veces trataba la situación de una familia en específico y otras simplemente mostraba el barrio en tiempo real. Era muy hermoso leer los comentarios de esas directas. Muchas personas, que viven fuera del país hace muchos años, reconocían lugares queridos. Algunos lamentaban su destrucción, y otros contaban sus historias.

Hay algo mágico en La Habana, insisto. Una especie de pregnancia, de fijador que te ata a tramos de calles, a objetos insignificantes, a un olor, a un sonido. Hace poco leí una entrevista donde hablaban justo del olor de La Habana, un olor a medio camino entre el salitre del mar y el churre dulzón de sus calles. Un olor salvaje.

Las madres que Esteban acompañó y ayudó a proteger, al menos hasta donde pudo, son la expresión más vívida de su inocencia, la representación en carne y hueso de una práctica asistencial desde la comunicación que no solo denuncia, sino propone, guía, llega al final de los conflictos. Para algunos, que priorizan clasificar las cosas, esto sería un tipo de activismo.

Un poco antes de la detención de Esteban, tuvo lugar uno de los acontecimientos más significativos de su cuadra, nombrada por el mismo «el solar Patria o Muerte y el solar Patria y Vida». Resulta que el solar donde viven Esteban, Zuleidis y 24 familias más tenía un problema de tupición desde hacía tres años, por lo que regularmente se inundaba de aguas albañales. Un grupo de vecinos visitó a Esteban para que explicara la situación en una directa, así como las gestiones infructuosas que se habían hecho hasta el momento. Enseguida apareció la empresa Aguas Negras y arregló la avería. El solar contiguo, que padecía la misma situación, no quiso manifestarse y siguió inundado de aguas albañales. Fue una manera sencilla y practica de mostrar a las personas la necesidad de luchar por sus derechos, de organizarse para exigir soluciones.

No me canso de decir que, en otro contexto y tiempo, Esteban podría haber sido un alcalde o algo similar. Tiene lo principal: capacidad de gestión, vocación de servicio y carisma para generar empatía. Por el contrario, todas estas cualidades lo han llevado a la cárcel. Su arraigo popular le ha convertido en una amenaza para el poder en Cuba.

La Manifestación de Obispo

La Seguridad del Estado quiere convertir a Esteban en el jefe u organizador de la protesta cívica del pasado 30 de abril, algo que es falso. El resto de los acusados ya lo ha desmentido. Un día antes, la tarde del 29, otro grupo reunido cerca del arco de Belén fue igualmente detenido, y la policía política también intentó arrancar declaraciones contra Esteban, sin resultado alguno. Él, con su ropa de iyabó, apenas había llevado un gladiolo para cada uno de los participantes.

Sin embargo, creo que nunca lo he admirado más que cuando hablamos poco antes de la manifestación que lo ha llevado a prisión. No vestía la ropa de iyabó. Me dijo: «Le pedí permiso a mis santos. Saben que hay cosas de fuerza mayor. La vida de mi hermano lo es». San Agustín decía: «ama y haz lo que quieras». No hay dos ofrecimientos más parecidos.

2 Comentarios

  1. La verdad son ustedes, yo tenía un hijo 29 años, Roberto Antonio Lorenzo-Luaces Casal, trabajador incansable, sabía hacer de todo cometieron con él una enorme injusticia, de esas inexplicables pero que pululan en Cuba, me dijo «vez madre todo esmentira es mierda» nunca más supe del…..Patria y Vida

  2. La autora dice: «su casa no pasa de cinco metros cuadrados». Cada vez que veo a un periodista hablando de metros cuadrados me erizo y me pregunto ?será exactamente eso en realidad? Por ejemplo, si considerarámos un cuadrado perfecto, cinco metros cuadrados significan un poco más de 2 metros x 2 metros, es decir: practicamente el tamaño de una cama KingSize… ?No séra algo como 5 metros x 5 metros, lo que la periodista llama de «5 metros cuadrados»?

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