Cuando me despertó la radio esta mañana supe enseguida que hoy podría ser el primer día malo del confinamiento. Tal vez fuera el ángulo de la ventana, la sombra que proyectaba el marco sobre los bajos del pantalón que colgaba detrás de la puerta. O el enojoso calambre en el brazo sobre el que había estado recostado el último tramo del sueño, en el que huía de una manada de lobos acompañado de una niña con la que coincidí en la escuela primaria y de la que no supe nada más hasta esta noche cuando los lobos aullaron y ella me tomó de la mano con sus deditos de jugar.

No obstante, duchado y ronroneando la Nespresso, pensé que, si tengo suerte y no enfermo, hoy se cumple apenas un tercio del encierro, de manera que toda flaqueza a estas tempranas alturas le añade un peso a esta losa que podría ser insoportable. «A mal tiempo, buena cara», me dije.

Curiosamente, el teléfono dejó de reconocerme la cara hoy, como si yo me hubiera convertido en otro, gracias al secuestro. Siri todavía me escucha, solícita y eficaz. Pero los ojos del aparato me tratan como a un extraño y me obligan a teclear un pin que olvido cada vez, me escribo en la mano y me lo borra el jabón, cuando antes nos mirábamos como primos hermanos y él me recompensaba. Será la jodida distancia social, digo yo.

L. me escribió a media mañana para proponerme una traducción. Conozco al autor, ya he trabajado con él antes. Y murió de una manera muy injusta hace un año. Luego, mi aceptación era obligada. Lo malo, le escribí, es que solo podré ocuparme de ese proyecto a partir de enero de 2021. L. respondió que seguramente lo podrá encajar en esas fechas, que me confirma pronto. Son curiosos los hombres y las mujeres, ¿no es cierto? La memoria y la proyección de nuestra vida pasada y futura ordenándonos el tiempo, fijándonos al presente a la vez que salvándonos de él. La niña de mi infancia irrumpiendo en mi sueño sin aviso, lo que haré dentro de un año paseándose por el paisaje de la peste con la feliz indolencia de los hechos intemporales, inmortales, confirmándome que estaré aquí aún.

Dediqué horas de la tarde a llenar cestas de la compra en el supermercado de El Corte inglés y Amazon Now. Después del farragoso trámite con la red sobrecargada y colapsándose a cada momento, ninguno de los dos tiene «Ventanas de entrega» disponible para los próximos días. ¡Ventanas, como la que me sirvió de mal augurio al despertar!

Y no, no es que no tengamos comida. Todavía nos queda pollo, chuletas y filetes de pescado para alimentarnos durante un par de semanas. Pero ya se echa de menos la verdura y la fruta frescas: unos tomates, algún aguacate, unos espárragos firmes para comer salteados con sal gruesa, el sensual aroma de las mandarinas, el beso húmedo de una pera. ¡Pan fresco! ¡Ensaimadas! ¡Un croissant acabado de hacer!

Y también está el asunto del alcohol. ¿No hemos hablado antes del alcohol? A ver, hablémoslo. Estar encerrados como fieras por el COVID-19, no es lo mismo que hacerlo cuando afuera hay guerra a tiros, pululan bandas de asesinos o se ha desparramado un ejército de zombis. En tales circunstancias, el alcohol queda fuera de la ecuación de la supervivencia, porque sabes que en cualquier momento tendrás que echar a correr, saltar por los tejados o afinar la puntería, tareas todas que exigen la máxima sobriedad. El coronavirus, en cambio, mata mucho, pero mata distinto. Es tan avieso como un mercenario, pero no vendrá a buscarte a la casa, no tendrás que saltar de la cama y huir por la ventana. (¡Cuántas ventanas hoy, por Dios!). Y esa circunstancia permite que quienes nos escondemos de él podamos seguir dedicándonos a beber. Y el alcohol, como el amor en aquella canción de aquel Osvaldo Rodríguez, se puede acabar, y se acaba. El alcohol que te sume en una dulce embriaguez pareja a la amarga embriaguez del miedo, que se acompañan y se funden en la noche del día que acabaste sano en medio de la pandemia, mientras el virus vive en el tiempo presente que no consigues soslayar.

Recuerda a Baudelaire:

«Hay que estar siempre borracho. Todo consiste en eso: es la única cuestión. Para no sentir la carga horrible del Tiempo, que os rompe los hombros y os inclina hacia el suelo, tenéis que embriagaros sin tregua.

»Pero ¿de qué? De vino, de poesía o de virtud, de lo que queráis. Pero embriagaos.»

Hoy comienza la lectura en grupo de las tragedias de Esquilo en Twitter. Se ha decidido comenzar por Los persas y precisamente esta tarde se ha distribuido la magnífica edición de Gredos de las siete tragedias del primero de los trágicos en traducción de B. Perea. De acuerdo con el calendario propuesto por Pablo Maurette, su impulsor con el hashtag #Tragedias2020, entre hoy y el 5 de abril leeremos Los persas y después le entramos a Los siete contra Tebas. ¡Ah, no podía ser en momento más apropiado para asomarse a Esquilo!

La lectura, esa otra, sublime, embriaguez.

5 Comentarios

  1. […] El virus no distingue entre nosotros para alojarse en una célula y replicarse. Es el gran igualador, decía este fin de semana Madonna disputándole a Slavoj Zizek el patrimonio de la charlatanería pop de estos días de la peste. Al mismo tiempo, la voracidad de su expansión es brutal. Por eso comienzan a colarse los nombres de famosos y notables de diverso signo en los obituarios: el Marqués de Griñón o Maurice Berger, Lucía Bosé o Lorenzo Sanz, el presidente que le dio al Real Madrid sus Copas de Europa séptima y octava. […]

  2. […] El virus no distingue entre nosotros para alojarse en una célula y replicarse. Es el gran igualador, decía este fin de semana Madonna disputándole a Slavoj Zizek el patrimonio de la charlatanería pop de estos días de la peste. Al mismo tiempo, la voracidad de su expansión es brutal. Por eso comienzan a colarse los nombres de famosos y notables de diverso signo en los obituarios: el Marqués de Griñón o Maurice Berger, Lucía Bosé o Lorenzo Sanz, el presidente que le dio al Real Madrid sus Copas de Europa séptima y octava. […]

Deja una respuesta

Tu dirección de correo no será publicada. Todos los campos son obligatorios.