Yo nací en los remotos setenta, durante aquel «quinquenio gris» que duró décadas. Fui pionero en los ochenta, cuando parecía que el régimen había por fin alcanzado su fantasía totalitaria, y llegué a la universidad en los tenebrosos noventa, cuando aprendimos que la miseria no empodera y que «tocar fondo» no implica un hipotético rebote, sino que puede ser un proceso infinito y sin aparente retorno.

A lo largo de esas décadas hubo cubanos heroicos que se negaron a creer que «esta mierda no la tumba nadie». Todos sabemos cómo terminaron visionarios así, gente que creyó que su sacrificio de algún modo valía la pena, como los iniciados que mantienen viva una llama esperando el día de la ira. Pero eran una minoría, porque si algo le enseñó bien el régimen a sus súbditos fue que el cinismo es el mejor escudo. Entre los que se creían el cuento, y los que hacían como que lo creían, lo tenían casi todo bajo control. Resulta que nuestro cinismo era también el mejor escudo del régimen.

Eso ha cambiado aceleradamente en los últimos dos años. Ya había síntomas por todos lados, pero eran eso, síntomas. El periodismo independiente, el acceso a la información y el activismo han abierto tantas brechas que ya los matones y cibermatones no alcanzan para cerrarlas, y San Isidro y la Unpacu tuvieron un alcance que no hubieran ni soñado sus martirizados predecesores. Después del 11 de julio el régimen ha querido cortar de raíz la resistencia, y, como siempre, lo han hecho a lo bestia, encarcelando, difamando, reprimiendo, metiendo miedo de todas las maneras posibles.

Parece de pronto que han desmantelado San Isidro, con sus líderes presos o en el exilio, pero resulta que hasta en prisión e incomunicados siguen dando guerra, sea en los Grammys o frente a la embajada en México o en Miami, en Washington o en las marchas de Madrid. Cada mensaje filtrado de Alcántara o de Osorbo crea un chisporroteo en las redes, y ahora la gente en Cuba, poco a poco, se entera. No escampa para los mayimbes, y cuando piensan que pueden tomarse un respiro, les salen Archipiélago y Yunior García, como si la oposición fuera una hidra a la que le aparecen nuevas cabezas por cada una de las que cortan.

Además, el exilio ya no es lo que era, esa fuerza operando casi en el vacío, desconectada del impulso de los cubanos de la isla. Ahora los exiliados están «súper conectados» y son mujeres exiliadas como Masiel Rubio o Salomé García Bacallao quienes recogen medicinas y hacen listas de presos y denuncian ante los organismos internacionales y organizan boicots y Omara Ruiz Urquiola arrastra gente a Washington y gana premios y todas esas cosas se saben y tienen un impacto en Cuba por mucho que corten internet o tumben las comunicaciones.

Ya son demasiados, y demasiado visibles el descaro y el abuso, y cada vez más paupérrimos los cómplices. Tengo amigos de mi edad en Cuba que viven angustiados porque sus hijos adolescentes no ven la hora de tirarse para la calle. El otro día alguien me contaba que el 11 de julio tuvo que pararse delante de la puerta por horas mientras su hijo de catorce años amenazaba saltar por el balcón para irse a protestar. Ahora sí tendrían razón los mayimbes para decir que «esta juventud está perdida». Perdida para la causa perversa de la Revolu, no faltaba más.

Yunior García y Otero Alcántara son muy diferentes, pero tienen algunas cosas en común que los hacen peligrosos para el régimen. Una, la más sorprendente, es su falta de miedo, o por lo menos su disposición para asumir las consecuencias de lo que hacen, que solo puede venir de una convicción profunda, casi fanática (en el buen sentido de la palabra si es que lo tiene), de la necesidad histórica de sus actos. La resistencia cubana ha tenido muchos sujetos valientes, pero nunca pudieron ejercerlo en tiempo real, donde todos los pudieran ver.

Otra, también sorprendente, es la falta de mesianismo. A pesar de ser líderes carismáticos que han inspirado a miles, se siente que llegaron a la política por obligación y que serían más felices si pudieran dedicarse en paz a lo suyo. Su insistencia en que son simplemente ciudadanos y que su única fuerza viene de la conexión con otros ciudadanos parece, por una vez, dolorosamente real.

Sobran en la historia los ejemplos de líderes que pasaron del compromiso con la gente al populismo, y en este mundo traidor son pocos los incorruptibles. Pero parte del aura de los dos viene de esa sensación auténtica de que están de verdad dispuestos a sacrificarse por los demás, poseedores de esa fuerza tan mal comprendida y últimamente tan abusada que se llama empatía. En un ambiente hipertóxico como el que propicia la dictadura, donde el miedo y la desconfianza son endémicos y crónicos, líderes con ese aire de desprendimiento son oro molido. A nada le temen más los mayimbes que a quienes no son como ellos. Están acostumbrados a comprar y a intimidar y de verdad creen que todo el mundo tiene precio.

Por eso todos los líderes que he mencionado antes los desconciertan tanto, y la dictadura se acabará el día en que no puedan comprar o intimidar a la mayoría, así de simple. Lo estamos viendo en estos días, cuando han salido cubanos por todos lados sacrificando su trabajo, la tranquilidad de sus familias, sus pequeños negocios, y potencialmente hasta su libertad para apoyar la marcha del 15N. Ya esto no va de «grupúsculos» ni de unos pocos «echaos palante», sino que ha ido convirtiéndose, a pesar de la represión, pero también a causa de ella, en lo que quieren sus organizadores: una plaza virtual donde los cubanos puedan decir, como en aquel performance de Tania Bruguera, lo que quieren para su futuro y el del país.

Alcántara y García son individualidades formidables, por supuesto, como lo son Bruguera o Anamely Ramos o los hermanos Urquiola, y, sin embargo, a todos los distingue en su activismo precisamente la falta de individualismo. Todos han querido transformarse en catalizadores de las voces múltiples que tienen que coexistir en una Cuba democrática, ni siquiera voceros. Han creado plataformas para darle voz a otros. No es casualidad que sus movimientos se llamen San Isidro (barrio de gente humilde, marginalizada, invisible) o Archipiélago, conjunto de islas más que la Isla única de la propaganda castrista.

Lo otro que tienen en común es su casi inexplicable optimismo, que en la distancia a veces parece cercano a la locura o la inocencia, pero que a largo plazo es la actitud más eficaz cuando te enfrentas a un monstruo totalitario. Comparten la sorprendente noción de que la injusticia no es un estado natural. Como nos recuerda Chesterton, los optimistas son reformadores mucho más prácticos que los pesimistas. «Un hombre como Rousseau tiene una teoría demasiado rosa de la naturaleza humana; pero produce una revolución». Y continúa el polemista inglés: «El optimista mira el mal no sólo con indignación, sino con sorpresa. Cuando el pesimista mira alguna infamia, para él no es más, después de todo, que una repetición de la infamia de la existencia».

¿Cuántos de nosotros, pesimistas a la fuerza, no hemos mirado a Cuba como un mal sin arreglo posible, ante el que solo caben la indignación y la impotencia? Yo me pregunto qué habrá aprendido Yunior García de su frustrado y bientencionado encuentro con el viejo camaján Silvio Rodríguez, encuentro que en su momento me pareció absurdamente iluso. Pero, es obvio ahora, la perorata silviesca no desactivó al torpedo Yunior. Si acaso, le dio más empuje al exponer su nombre a las masas.

Todo movimiento, por más aspiraciones democráticas que tenga, necesita líderes. Los líderes son un mal necesario de la política y de la vida. Un movimiento desarmado y hasta ahora desarticulado como la resistencia cubana los necesita más que el aire, pero si algo deberíamos tener claro es que los mesías son siempre un remedio igual o peor que la enfermedad. Y nuestro mesías manigüero, quien hoy reposa en Santa Ifigenia en un seboruco tan grotesco como él mismo, se aburrió de jurar y perjurar que Él era «un esclavo del pueblo», que «en Cuba nunca ha habido culto a la personalidad», o «yo no le digo al pueblo ‘Cree’, yo le digo ‘Lee’», mientras sus fotos a todo gris decoraban las portadas de todos los Granmas y las puertas cubanas se adornaban con aquellas placas metálicas de «Fidel, esta es tu casa».

Lo que necesitamos ahora mismo son anti-líderes, anti-mesías para salir de este hoyo al que nos llevó el carisma de un sociópata y la complicidad o la apatía de millones. Gente como Alcántara o Urquiola o Yunior no nos piden que creamos en ellos, que eso cualquier charlatán lo consigue sin despeinarse. Y por otro lado, la frase típica del guapo de barrio: «Yo no creo en nadie», define a la perfección lo que la dictadura quiere de nosotros. Para eso han armado su tinglado de chivatos y CDRs y Brigadas de Respuesta Rápida. Pero los nuevos anti-líderes nos piden algo mucho más difícil y riesgoso, algo en lo que no tenemos ninguna práctica desde hace setenta años. San Isidro y Archipiélago y la Unpacu e INSTAR nos piden que creamos en nosotros mismos, y en ese significante vacío que nos toca llenar. Las dos sílabas de Cu-ba, Cu-ba, la casa que nos robaron y que siempre hay que volver a inventar.