El más envarado de los intelectuales cubanos trae una bolsa vacía a los convites. También uno puede, en la misma edad avanzada, con la cual es menos afín el giro de conducta, abofetearse un poco a sí mismo y decirse que ha estado tirando la capacidad de razonar por la borda.
A pesar de que hoy considero a Oregon mi hogar, mi corazón y mi cuerpo se formaron en Cuba. Por lo tanto, yo no pierdo la oportunidad de decir que soy cubana. Siempre he creído que somos hijos del país donde nacimos.
“Este es el mejor béisbol del mundo y hay un cubano por cada lado, estamos orgullosos de verlos ahí”, dice Yandry, uno de los hijos de Rodolfo, mientras acomoda encima de una mesa de madera el televisor LCD de su casa.
En agosto de 2005, el abogado Ron Weil denunció públicamente a la Diócesis de Miami por abusos sexuales y psicológicos cometidos contra su cliente durante los años que este pasara bajo el amparo del Programa para Niños Refugiados Cubanos sin Acompañantes.
De alguna manera, casi todo lo que debemos saber sobre el viejo está escondido en esa frase. Primero, que lleva casi cincuenta años en los Estados Unidos, desde que en 1967 se marchara definitivamente de Cuba para reunirse con su esposa y dos hijos (el mayor de ellos, Roberto Rodríguez Díaz, uno de los “niños Pedro/Peter Pan”), pero también huyendo de la cárcel por conspirar contra la Revolución. Segundo, que desde entonces ha vivido anclado siempre en la añoranza.
Uno de los experimentos más interesantes, no solo de los últimos años, sino, a mi juicio, de la extensa y diversa historia de la oposición cubana, fue la plataforma de acción cívica Archipiélago.