“Este es el mejor béisbol del mundo y hay un cubano por cada lado, estamos orgullosos de verlos ahí”, dice Yandry, uno de los hijos de Rodolfo, mientras acomoda encima de una mesa de madera el televisor LCD de su casa.
En agosto de 2005, el abogado Ron Weil denunció públicamente a la Diócesis de Miami por abusos sexuales y psicológicos cometidos contra su cliente durante los años que este pasara bajo el amparo del Programa para Niños Refugiados Cubanos sin Acompañantes.
De alguna manera, casi todo lo que debemos saber sobre el viejo está escondido en esa frase. Primero, que lleva casi cincuenta años en los Estados Unidos, desde que en 1967 se marchara definitivamente de Cuba para reunirse con su esposa y dos hijos (el mayor de ellos, Roberto Rodríguez Díaz, uno de los “niños Pedro/Peter Pan”), pero también huyendo de la cárcel por conspirar contra la Revolución. Segundo, que desde entonces ha vivido anclado siempre en la añoranza.
En un mundo perfecto o, por lo menos, más justo, El motel del voyeur sería un libro firmado por Gerald Foos, con prólogo de Gay Talese. Pero ya sabemos que el viejo periodista es como un cantante pop: con tres acordes se hace un canto a sí mismo.
Quizá esa sea la peor secuela de esta semana. No el rash, ni la fiebre, ni el dolor que todavía siento y sentiré al cerrar las manos. Lo verdaderamente peligroso es acostumbrarse a que enfermar sea una consecuencia lógica del lugar donde vivimos.