Angola: Retratos de la guerra II. Los niños…

    Juan Carlos Borjas capturó impactantes estampas mientras desandaba, a finales de los años 80, ciudades, aldeas y sabanas del sur de África como parte del contingente cubano en la «guerra de Angola». El futuro de aquel país era en aquellos días una palpitante obsesión para el fotógrafo isleño. Las siguientes imágenes son la prueba.

    ¿Cómo recuerda la realidad de esos niños en las regiones de África que fotografió?

    Juan Carlos Borjas. Angola: Retratos de la guerra.

    De modo general eran muy precarias. Algunos vivían en mejores condiciones, en las ciudades más grandes, Luanda, Lubango, Lobito, pero esos niños era difícil verlos en las calles u otros lugares públicos, como las playas o los pocos mercados que existían. En la guerra lo que causa admiración o terror no son los medios de combate precisamente, sino lo que rodea al conflicto bélico: la soledad, la destrucción, el silencio de los seres humanos ante la incertidumbre de la existencia misma. Los niños son los que más sufren, y se enferman o mueren por el hambre y la proliferación de enfermedades. En las comunidades nativas los niños vivían de manera diferente: nacer en un medio casi natural, convivir con un medio ambiente bruto, sin influencia de la civilización. Eran más ingenuos…, y solían vivir menos debido a la falta de alimentos básicos y la cercanía de animales salvajes o dañinos. Yo tenía la costumbre de vender ciertas cosas que me asignaban para mi ocio, como los cigarrillos y el ron, para recaudar algún dinero y comprar alimentos que podía ofrecer a los infantes cuando pasaba por algunas comunidades. Aquellos niños casi no reían ni hablaban nada, solo miraban con ojos expresivos o bien se ponían a correr. En las ciudades algunos decían frases así: «Primo, una foto…», por eso mi serie sobre ellos se titula de ese modo. Muchos sentían felicidad cuando los soldados cubanos les construían juguetes o parques rústicos; había que estar allí para verlos y sentir la inmensa tristeza cuando te rodeaban y sabías que no podías hacer mucho para cambiar su realidad.

    Juan Carlos Borjas. Angola: Retratos de la guerra.

    Aquella experiencia fue única; jamás vi tanta miseria ni tanto valor como el que tenían para enfrentar todo tipo de situaciones y sobrevivir en un medio totalmente hostil. En el pueblo de Namibe vi a una madre que llevaba a un infante en brazos: en vez de llorar, cantaba, y pudo ser la mejor foto que hubiese hecho, pero la impresión que me causó ese hecho me neutralizó los sentidos de fotógrafo y me limité a seguirla con mis ojos hasta que desapareció entre los quimbos blancos del Desierto de Moçamedes. La madre cantaba en su idioma nativo y yo no sabía lo que decía, pero mi intuición me ayudó a comprender de qué se trataba. Después he valorado que allí hice las mejores fotos de mi vida. Creo que allí vi por vez primera sonreír a uno de aquellos pequeños; titulé esa foto «El guardián del desierto», o algo así. En ese lugar permanecí poco tiempo; había un buque cubano hundido en el puerto y yo estaba allí para reportar el posible rescate. Siempre mantuve cierta distancia con los niños; solían huir creyendo que las cámaras eran armas. Sin embargo, el respeto que les ofrecía me ayudó muchísimo, al punto de que conseguía fotografiarme junto a ellos. Fue una experiencia inolvidable.

    Juan Carlos Borjas. Angola: Retratos de la guerra.

    En esta selección hay imágenes de humildad, pobreza, tradiciones, pero también felicidad. ¿A qué vida aspiraban esos niños?

    ¿Quién sabe si alguno de ellos estuvo por las calles de Cuba como estudiante de Medicina o como turista? ¿Si alguno se convirtió en ingeniero o profesor y forma parte de esa mano de obra que su país necesitaba para la reconstrucción después del conflicto? Hoy en La Habana conviven con nosotros cientos de jóvenes que han venido desde allá para estudiar; comparten los ómnibus, las cafeterías, las aulas con nuestros hijos y nietos; saben hablar español y aprenden costumbres de los cubanos. Son de cualquier parte de África; los miro y pienso en aquellos que dejé allá en 1989. Sé que muchos puede que ya no existan; espero que sean los menos.

    • Juan Carlos Borjas. Angola: Retratos de la guerra II. (Niño desamparado. Namibe, 1988).

    Este trabajo revela una afinidad especial con la infancia. ¿Algún motivo en particular?

    Sí, tengo un grato recuerdo de mi infancia, la cual transcurrió en un apartado pueblo del oriente cubano. Antilla es el pueblo que me vio nacer y allí fui feliz con mis padres, hermanos, amigos y, sobre todas las cosas, la escuela. Allí aprendí a usar la primera cámara: un chino me enseñó a usarla y con ella hice mis primeras fotos. La familia, primero; más adelante, los paisajes, los cuadros que pintaba… Siempre que veo niños que sufren, me pregunto por qué no han tenido la oportunidad de vivir en familia y de tener una casa, de jugar tranquilamente en un parque, de acceder a hospitales cuando enferman y a la escuela para aprender a leer y escribir.

    Yo apreciaba en aquellos niños africanos su ingenuidad total, la timidez; el sacrificio y la lucha por sobrevivir los hacía mayores antes de tiempo, pero también la carencia material los hacía libres en su entorno; no sentían complejos raciales o étnicos, desconocían esas cosas. Ninguno fue irrespetuoso con nosotros, tampoco demasiado corteses. A través de sus miradas extrovertidas nos comunicaban lo que realmente tenían dentro. (Continuará…)

    • Juan Carlos Borjas. Angola: Retratos de la guerra II. (Barrio marginal de Luanda, 1988).

    (Fotos y testimonio cortesía de Juan Carlos Borjas Batista).

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