Ni país ni azúcar. Ya no importa el orden en que se mencionen, si faltan los dos y si, sobre todo, habrá que rescatar a ambos a la par. Las causalidades son siempre una implicación en doble sentido. En Cuba no serán la excepción: tendremos azúcar en la medida en que tengamos país, y viceversa.
Es cierto que ya no existen modelos de país basados en una sola actividad económica, por lo que pensar un proyecto de reconstrucción centrado en un único producto es volver a ideas del desarrollo ya superadas por la ciencia y la práctica histórica. Sobre todo, porque la fortaleza de cualquier nación depende hoy de la solidez de muchos sectores.

Sin embargo, en una nación pequeña que prácticamente ya no tiene sectores —y los que quedan generan encadenamientos pobres y altamente dependientes de importaciones—, por algo habrá que empezar. Y para armar el tejido económico cubano no hay solo que descubrir la rueda: también se puede continuar lo que la escasez no ha borrado de la memoria histórica. El azúcar.
Un solo central, como los que operan en toda Latinoamérica, puede procesar 700 mil toneladas de azúcar al año. Tomando como referencia a Brasil —un país productor con menor tecnificación que Estados Unidos y más similar al contexto inicial cubano— una producción de esa escala generaría unos 5 mil empleos directos y unos 25 mil indirectos, actividad económica suficiente para revitalizar espacios sociales del tamaño de Cárdenas, con sus 150 mil habitantes.
Un proyecto así produciría no solo azúcar, sino también etanol y energía eléctrica: unas 700 mil toneladas de azúcar, 65 millones de litros de etanol y 485 GWh al año; lo que se traduce en ingresos cercanos a los 700 millones de dólares, con costos de producción de alrededor de 500 millones (todo ello tomando como referencia los precios del mercado internacional de 2025).
La inversión inicial para levantar un sistema así ronda los 900 millones de dólares. El financiamiento es una de las principales restricciones al desarrollo de la industria azucarera cubana, sumado a otros factores que merecen su propio espacio, como el fracaso del modelo estatal en la gestión del sector.
Sobre esto, vale destacar que actualmente hay 53 centrales en Cuba que se pueden clasificar en tres grupos, según su estado y funcionalidad. Del total, unos 22 conservan cierta funcionalidad aun en condiciones de deterioro, por lo que las inversiones tendrían que ser significativamente inferiores a los montos antes mencionados.
Por otro lado, en la república creció un know-how y un know-who que la revolución no logró destruir en su totalidad, y que el destierro pudo salvar. Antiguos propietarios de centrales azucareros son hoy actores exitosos del mismo sector desde la Florida y otras partes del mundo. Lo cual, además, les confiere una credibilidad crediticia que los convierte en candidatos naturales para obtener los financiamientos que requiere el azúcar cubano. Son ellos, y no otros, quienes podrían asumir un segmento del rescate de la industria azucarera cubana en una Cuba próxima.
Estos mismos propietarios —actualmente inmersos en procesos de reclamación de sus activos expropiados por el castrismo— no tendrían que buscar dónde comenzar: podrían retomar la producción en los espacios que, antes de la expropiación, ya operaban.

Solo con la reactivación de estos centrales en «mejor estado», se podrían generar más de 600 mil empleos entre directos e indirectos. Esa cifra sería suficiente para contener el impacto del desplazamiento de cerca del 90 por ciento de trabajadores estatales que quedarían sin empleo luego de reestructurar el sector estatal basado en salarios dignos (aspecto fundamental en la reconstrucción de Cuba y que merece su propio análisis).
Por último, parece claro quiénes son los actores con la experiencia y el acceso a financiamiento. Lo anterior no es una utopía económica ni política: ya una vez esos centrales azucareros funcionaron. Por otro lado, el castrismo puede caer si la administración Trump da los pasos correctos.
Tampoco será fácil lograrlo luego del desmantelamiento del sistema cubano actual. En cambio, quizás sea el camino más óptimo y realista. Podemos tener país, y azúcar.
Nota: Las proyecciones sobre la industria azucarera cubana presentadas en este artículo forman parte de una investigación en desarrollo liderada por Francisco Díaz Pou, y el autor forma parte del equipo investigador.
