Días antes de la manifestación del 15 de noviembre que el gobierno cubano declaró ilegal, la pareja del Periodista se vistió, se arregló, y fue a renovar su pasaporte vencido. Ya en la oficina que emite el documento no pudo comenzar siquiera el proceso. Le notificaron que estaba regulada.

Eso en Cuba significa no poder salir del país por encontrarse sujeto a una investigación criminal en curso. La figura también se utiliza con exmilitares o funcionarios de alto nivel que cesan en sus funciones y que son portadores de alguna información comprometedora.

Regular es una medida que se multiplica cuando quien la sufre no tiene conocimiento alguno de que contra él se arma un proceso. Por lo que juega también como una discreta forma de coerción. Es como si el interrogatorio hacia una persona comenzara fuera del salón policial y con meses de antelación, en las sombras. El lector de esta nota debe guardar esta imagen: el poder es capaz de actuar milimétricamente en las sombras. 

La pareja del Periodista invirtió dos mil 500 pesos en sellos, un tercio de su salario mensual, para sacar su pasaporte sin saber que estaba bajo la lupa de alguna autoridad. Este acoso contra un individuo ajeno a ello aparece como metáfora e hipérbole del poder en múltiples filmes y obras literarias como recurso repugnante. Es una figura que Occidente desprecia desde su base emancipatoria. Es un acoso que además no se percibe si no se denuncia, por lo que una sociedad puede seguir feliz si los que sufren dicha persecución se callan o abandonan el espacio en que son presionados. Esta figura que genera asfixia en el espectador o el lector de ficción es agua corriente en Cuba.

Las leyes aquí, tanto como su Constitución, son discrecionales, o sea, proclives a la apreciación y las sospechas de un grupo de personas elegidas. Se trata de un círculo de cuadros de dirección que detentan el poder que le asiste, por ejemplo, a un grupo de sabios. Deben ser sabios para, en sí mismos, representar un poder único, que comprende todas las necesidades, sean cuales sean.

Dicha discrecionalidad es coherente con la negativa expresa del gobierno de crear y alentar poderes independientes. No hay partición de poderes en Cuba. Un dispositivo que no es una panacea, pero que puede en alguna medida burocratizar la fiscalización del poder y derrumbar al sabio como figura.

En su libro Sobre la Tiranía (básicamente un manual, una alerta, anti Donad Trump), el historiador Timothy Snyder explica en qué se basa la legitimidad de la discrecionalidad tomando como ejemplo la dictadura nazi: «El más inteligente de los nazis, el teórico jurídico Carl Schmitt, explicaba en términos claros la esencia de la forma de gobernar del fascismo. El modo de destruir todas las normas, explicaba, era centrarse en la idea de la excepción. Un líder nazi desarma a sus oponentes por el procedimiento de convencer a la gente de que el momento actual es excepcional, y después transformando el estado de excepción en una emergencia permanente. Entonces los ciudadanos sacrifican su libertad real en aras de una falsa seguridad».

Dentro del misterio que implica vivir en Cuba hoy podemos encontrar la noción de falsa seguridad, la regulación que sufre la pareja del Periodista podría basarse en una medida de castigo por negarse a colaborar con la Seguridad del Estado. Esto significa que ella se niega a brindar información sobre el hombre con quien vive, una obligatoriedad que podría recaer sobre una madre respecto de su hijo o en un hijo respecto de su padre. Posibilidades que la cultura occidental también condena como terribles. Entonces queda así: como Aracelys se niega a delatar a su pareja, la Seguridad del Estado ha decidido ablandarla, prohibiéndole salir del país.

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Luego de conocer la noticia de la regulación de su pareja, el Periodista fregaba los platos. Algo lo hizo mirar por la ventana y de pronto, allá afuera, todo le pareció corto, mediocre, estéril. Nunca había sentido eso antes en Cuba, que le pareció siempre un país profundo e infinito, especialmente si no se asume que quienes defienden el totalitarismo son imbéciles o esclavos por naturaleza.

Así que supuso que el veneno de la regulación le entraba en las venas e invadía su sistema nervioso. La regulación arbitraria de Aracelys, que es una mujer ajena a los líos en los que él se mete, parecía lograr lo que pretendía: hacerle sentir asfixia y ganas de salir de Cuba.

El Periodista nunca ha tenido una intención real y visceral de irse de Cuba. A menudo consideraba que tuvo muchas oportunidades y las desaprovechó. Había sido reincidente en el hecho de querer quedarse incluso en Santiago de Cuba, su ciudad natal, donde filmó las películas que más apreciaba de su obra, en donde ejecutó los presupuestos que había ganado. Al pensar en esto se dio cuenta de que su historia personal era un muestrario del precio de la decisión de quedarse.

Quedarse en Santiago colindaba para él con la mediocridad y la cobardía. No sabía distinguir si seguía en su país por cobarde, o si disfrazaba su cobardía con un discurso de bien social. No descartaba esto en su fuero interno. Pero había verificado que su estancia en su provincia sí contribuía a cierto desarrollo local, tanto en el plano económico como en el plano imaginario, porque inspiraba a las personas a darle un vuelco a sus vidas y aspirar a más.

El Periodista no reconocía en él un amor a Santiago, no amaba las montañas ni el son. Quedarse era una obstrucción que se había impuesto para defender la utilidad integral del cine. No esperaba nada a cambio porque conocía cuán miserables o hermosas a la vez eran las personas que lo rodeaban, incluso amigos suyos de los cuales dudaba.

Así que la importancia que le asignaba a quedarse en Santiago había determinado en gran medida lo que él podía hacer con su vida: casi nada. Su obra era bastante pequeña y pobre. Últimamente, con el éxodo que siguió a la ola represiva del gobierno después de las manifestaciones del 11 de julio, no le quedaban muchas fuerzas para seguir. Se habían ido del país sus colaboradores más cercanos. Pensaba que había estado dilapidando su carrera, su vida en una trampa de ego, o de cobardía. Salir de Cuba tampoco le ofrecía mucho; prácticamente nadie se realizaba como cineasta. Si salía no quería sumarse a la industria cultural anticastrista que le parecía lamentable. 

Terminó de fregar y comenzó a aplicar su propia historia al campo político. Básicamente buscaba justificar su vieja opción de quedarse y borrar la noción de asfixia. Buscaba ser feliz. Usaría su inteligencia. Se preguntaba si en verdad su falta de fuerzas para seguir empujando su carrera estaba determinada porque había puesto una excesiva fe en quedarse. La respuesta más honesta era «no». Si algo estaba fallando, era su voluntad. En general consideraba que le hacía muy poco favor a Santiago y al país si terminaba abandonándolos. Ningún criterio le parecía suficiente para irse. El corolario de este pensamiento fue la subrepticia partida de Yunior García Aguilera, el líder que había convocado a la manifestación frustrada del 15 de noviembre.

Yunior se había ido a España un día después de la manifestación que el poder había desmantelando, impidiendo que los promotores salieran de sus casas. El día 15 el Periodista caminó por las calles de su ciudad, buscó manifestantes, y solo vio partidarios del gobierno en actos culturales. La calle estaba vacía de cuerpos disidentes. Prácticamente se habían adelantado a Yunior en el gesto de no presentarse allí donde su presencia era importante. La partida de Yunior con una visa de turista parecía planificada.

Días antes el Periodista había leído u oído una entrevista donde encontró una respuesta típica de quien considera marcharse, algo así como: «Voy a estar allí donde mejor pueda colaborar para la libertad de mi país». No logra localizarla para esta nota, pero si encontró esta en la agencia EFE: «Por supuesto, no quiero ir a la cárcel, no sé si pueda ser útil dentro de ella». En las últimas declaraciones de algunos de los artistas/activistas políticos había encontrado la misma opinión. Oyó esa respuesta, que se es más útil fuera que maniatado dentro, en la performer Tania Bruguera.

Sin embargo, el Periodista consideraba que desde fuera de Cuba no se iba generar cambio alguno dentro de la isla, sobre todo si se trataba de activismo político. Irse le hacía un flojo favor a su país porque consideraba que el conocimiento de la sociedad, la cercanía con los que uno aprecia, aunque piensen diferente, se nubla mucho más desde afuera, y sobre todo porque la legitimación del periodismo independiente dentro del país se generaba a partir de una tensión interna.

Ni Václav Havel ni Mujica ni Mandela ni Rodolfo Walsh ni Martí salieron definitivamente de su país para liberarlo de forma remota. Y eso lo aplicaba a su decisión de quedarse en Santiago. En la mayoría de sus amigos primaba la idea de que la vida era una sola, y que su realización estaba fuera de allí, fuera de Santiago, fuera de Cuba, fuera del territorio hostil. Esa falta de vocación se verificaba ahora en el campo de la política. Quien se propusiera cambiar el estado de cosas en el plano artístico, cinematográfico o político tendría que quedarse o regresar dispuesto a lo peor, tanto a no tener obra como a la cárcel, a que se le escape un tiro a alguien o a que te linche una turba vulgar e iletrada. Era como si creyesen que esa turba iletrada y vulgar, por ejemplo, no les perteneciera a ellos también.

En Cuba hacían falta personas que le pusieran el cuerpo al cambio. Y que con su cuerpo le insuflaran tensión al ambiente. Todo el que se fue, aduciendo que lo maniataron hasta la anulación, incurría en una falacia, porque con su partida aligeraba las tensiones que lo maniataban. Solo en el cuerpo del disidente artístico o político, dos condiciones que en Cuba casi son una sola, se realizaba y se mostraba el totalitarismo. Cuando un cuerpo, un individuo, una institución disidente que provoca la presencia totalitaria se va, hace posible que el totalitarismo se oculte en las sombras y finja no existir.

¿Pero por qué era tan popular y hasta romántico el acto de abandonar las tensiones? Tantos los oficialistas como los opositores tenían inteligencia suficiente como para justificar su posición. La posición política se justificaba con la imaginación que le asiste a todo ser humano. La imaginación opositora más robusta había creado un dispositivo religioso y mágico para poder salir de Cuba sin culpa, o aligerando la culpa. Este dispositivo se realizaba cuando un intelectual lúcido decía que su lucha iba a ser más útil fuera.

La promesa traía a su vez una cosa negativa. La emigración, la diáspora, el exilio, a menudo se desmovilizaba porque, en un momento de lucidez, concluía que era inmoral desde fuera empujar un cambio dentro de Cuba, sin sufrir las tensiones que el cuerpo disidente padecía. Sobre todo, porque quien se va sabe bien que es bastante probable que no regrese más o que su regreso no sea permitido. Esa certeza no solo pertenecía a quien emigra, sino también al perpetrador y representante del poder. La Seguridad del Estado entendía que el disidente estaba considerando no inmolarse.

Al llegar a este punto el Periodista sopesó si él sería capaz también de inmolarse. Y se dijo no, luego se dijo sí. Luego observó cómo el represor se reía en un rincón. Con esta medida de regulación el órgano de Seguridad del Estado que perseguía a su familia le servía en bandeja un pretexto más para seguir en Cuba, pero al mismo tiempo, como a otros, les daba la opción de sentarse a negociar su silencio, o su salida del país para desactivar la tensión que su presencia en el país generaba.

***

Una hora después de discutir este asunto, Aracelys reía nuevamente y parecía contenta. «¿Por qué ríes? Pareces aliviada», preguntó el Periodista. Ella frunció el ceño, dijo que sí, que sentía que se había liberado de algo, pero que aún no sabía qué era. Fuera lo que fuera, ese algo que se había caído y deshecho la hacía más libre. Por su parte, en el Periodista había espacio para un cierto agradecimiento al poder. En alguna parte brotaba un «gracias» al poder, por regalarle ese conocimiento y esa medallita de veterano que en realidad no merecía. 

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