Massive Attack

Millones de personas son expulsadas, en todas latitudes, a una travesía desesperada e incierta. Miles de empresas “deslocalizadas” de un país a otro con el fin de rebajar costes e impuestos. Son millones los que, en cualquier agencia de viajes, se compran una semana al sol o la sombra de esas utopías masivas que el turismo promete. Millones los que huyen del monólogo del profesor en su tarima para pasarse a la conversación múltiple que proponen las redes. Y millones también las fotografías de todo esto que estamos hablando y llevan al paroxismo la Era de la Imagen.

Por trillones se cuentan los dólares virtuales sin correlato con reserva de oro o producción de bienes físicos palpables. Su ganancia remitida, desde el primer minuto, a esa desproporción de la riqueza construida por la usura y nunca antes alcanzada bajo las distintas variantes del liberalismo.

Mientras escribo esto, me entero de que catorce millones de niñas fueron obligadas a cambiar su estado civil (esto es, casarse por la fuerza) en el año 2018.

¿Cuánta gente ha elegido mutar a otro sexo, abandonar las determinaciones natales de su cuerpo y migrar a otra condición? No conozco estas cifras. Pero sí a Paul B. Preciado, que ha experimentado esa transformación como una forma de éxodo, aunque para ello no invoque la figura de una vida en otra parte (lejana proposición de Milan Kundera) sino la de “un apartamento en Urano”. Para Preciado, esa condición trans nos define a todos, más allá de haber cambiado o no de sexo o género; más allá de haber saltado de una a otra circunstancia que nos estuviera predestinada.

Más que multis, somos trans. Transculturales antes que multiculturales, con gol de Fernando Ortiz en los minutos de descuento contra las huestes de Estudios Culturales que siguen encapsulando el mundo. 

Desplazados. Deslocalizados. Turistas. Precarios. Fugitivos. Desclasados…

En sus respectivas escalas, hoy se huye de Siria o Líbano, de Cuba y Centroamérica, de África y Asia, de lo que va quedando del capitalismo y de lo que va quedando del comunismo. Del terrorismo y el hambre. De tiranías y democracias. De las cárceles macropolíticas de los totalitarismos y de las jaulas micropolíticas de los minoritarismos. De nuestros cuerpos, nuestra monotonía, nuestra miseria, nuestras malogradas causas (o las ajenas).

Estos y otros traslados son protagonizados por contrahéroes. Y no porque en ellos sea escasa la épica, sino por la masificación inatrapable de sus gestas. Esa multiplicación describe, por otra parte, el momento disfuncional que vive la tensión entre política y muchedumbre, pues el calibre cuantitativo de tales eventos ha dinamitado los viejos modelos del disidente, el exiliado, el héroe, el viajero o el intelectual. Actos como cruzar el Rubicón o quemar las naves -que encumbraron en La Historia a Julio César y Hernán Cortés- han perdido su aura en esta era de la reproducción masiva, como el arte, según Benjamin, perdería la suya en la era de la reproducción técnica.

Bajo esta Apoteosis, las migraciones fotografiadas por Sabastiao Salgado parecen, más bien, vetustas postales del tiempo “aurático”. Ese en el que todavía un artista retrataba por quienes no podían ver así como un intelectual escribía por quienes no podían hablar.

Hoy es heroico enfrentarse a un Estado y a la descomposición de ese Estado. (A una dictadura y a un cártel, a la fiana y la mara).  

De la serie Googlegramas, de Joan Fontcuberta.

Continuemos el viaje…

En las compañías aéreas, los kilómetros recorridos te dan derecho ¡a más kilómetros! Cuando lo lógico sería que, de vez en cuando, te regalaran una pausa para refrescarte en lugar de incitarte a seguir volando. Como dinero llama a dinero, este mismo sistema se encarga de que los ricos lleven su capital hasta dígitos inabarcables. Y como la miseria a la miseria llama, no se olvida el mismo sistema –here, there and everywhere– de reproducir a los pobres, porque sin su incertidumbre el mecanismo no funciona. (Mientras tanto, como no podía ser de otra manera, sobre el fin de la clase media continúan generándose incontables libros y películas).

Y así nos va, contando horas, millas, gigas, likes, followers. Los diamantes en un cráneo esculpido por Damien Hirst o los billetes alcanzados por el último picasso en una subasta.

José Lezama Lima definió una vez a la poesía como “la cantidad hechizada”, pero en esta fiebre numérica no hay hechizo alguno, sino la vacuidad superpoblada de una magnitud en la que lo cuantitativo ha pulverizado el más mínimo misterio. Lejos queda el lema minimalista que proponía aquello de que “menos es más”. En nuestro mundo, “más” siempre será “menos”, apenas una raya dibujada en la pared retando nuestra insaciabilidad.

Da igual, entonces, que Marx/Sloterdijk/Lenin/Negri/Ortega y Gasset/Baudrillard/Canetti/Piketty ofrezcan distintos nombres a ese incapturable sujeto colectivo: Clase/Proletariado/Masa/Multitud/Sociedad/Pueblo/Precariado…

Nada de eso nombra con certeza a donde hemos ido a parar seguir. 

En esta nueva condición de la supervivencia, no hay nada que buscar en la profundidad de las buenas o malas causas que nos han traído hasta aquí. Todo está a la vista: en la superficie misma de sus resultados. En este banquete de consecuencias al que, según Robert Louis Stevenson, todo el mundo algún día se acaba sentando. (Que vayan marchando los platos).

En medio de esta desmesura, las ciudades que habitamos -como previó Henri Lefebvre- ya están dejando de ser el lugar del consumo para convertirse en el “consumo del lugar”.

Y esta nueva destrucción de Babel habrá que contarla fuera de los anales ególatras de la historia. Dotarla con los términos precisos de un idioma en el que vocablos como Cultura, Democracia, Revolución, Nación, Sociedad, Individuo o Género dejen de chirriarnos con la estridencia remota de una lengua ininteligible y muerta.

(*) Este artículo es una versión de “La Apoteosis no ofrece low cost”, publicado en la revista Utopía, México, julio-septiembre, 2019.   

(*) Las imágenes pertenecen a la serie Googlegramas, de Joan Fontcuberta.

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Leandro Eduardo Campa fue (o es) un escritor nacido en La Habana, Cuba, en 1953. Llegó a los Estados Unidos con el éxodo del Mariel. Medio vagabundo, elegante y mitómano (según dicen), vendía prendas falsas en las calles de South Beach o de la Pequeña Habana.

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Iván de la Nuez
Iván de la Nuez
Ensayista e iconófago. Le gustan las teorías jíbaras y las novelas donde aparecen artistas. Duda entre pasarse al vodka o a la Baskerville Old Face.

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