En 1975, Alamar tenía ya seis escuelas, ocho círculos infantiles, tres centros comerciales, una mueblería, una fábrica de confecciones textiles, un policlínico, un cine, un anfiteatro, 10 terrenos de voleibol, una terminal de ómnibus y una planta de tratamiento de agua.
Rigoberto Oquendo es el autor de este ensayo fotográfico, íntimo, desolador como solo puede llegar a serlo la acumulación del fracaso y sus objetos: ese otro barroco enfermizo y escuálido que modelan los años duros, la miseria y el cansancio existencial.