Desde el 11 de julio no consigo dormir más de cuatro horas. No paro de revisar información sobre Cuba: videos de las manifestaciones y la represión, declaraciones oficiales, análisis de colegas y más videos de las manifestaciones y la represión. También escribo, concedo entrevistas y participo en programas.

A cualquier hora me escriben amigos y periodistas de distintas partes del mundo que quieren entender lo que sucede y me bombardean con preguntas. Sus mensajes convergen con mensajes de familiares y amigos de personas detenidas o desaparecidas que me piden que ayude a visibilizar nuevos casos.

¿En qué se diferencian estas protestas de protestas anteriores? Ariel González Falcón tiene 21 años, hace memes. ¿Cuáles son sus causas? Beatriz Valdés García, 19 años. ¿Cómo sucedieron? Gloria María López y Yeney López iban con Beatriz Valdés, llevaban camisetas blancas con letreros de «Patria y Vida». ¿Estallará un conflicto civil en Cuba? A Amaury Arrate Hernández, 42 años, en Santiago de Cuba, lo golpearon. ¿Es posible que las protestas sigan? Amanda Hernández, 17 años, estaba filmando. ¿Qué opinas de la petición de «intervención militar por razones humanitarias» que han firmado más de 397 mil personas?

Todas esas preguntas —y muchas otras— las he respondido ya varias veces y también las he hecho yo a otras personas. Casi siempre parten de una preocupación por el futuro que pierde de vista que todavía no sabemos bien qué ha pasado. Cuesta un esfuerzo enorme verificar las informaciones que circulan en las redes sociales.

El gobierno cubano no permite a los periodistas independientes reportar con libertad, nunca lo ha hecho, y en este contexto aprovechó para encarcelar a siete de ellos. Tampoco permite que otros periodistas extranjeros, que no sean los que ya estaban desde antes acreditados en Cuba, entren para contar historias. Y la posibilidad de que ingresen organizaciones no gubernamentales defensoras de derechos humanos es impensable.

Abraham Jiménez, colaborador de The Washington Post, y Jorge Enrique Rodríguez, reportero de Diario de Cuba, contaron en sus redes que el domingo recorrieron algunos barrios de La Habana y comprobaron la represión policial, pero no pudieron transmitir en vivo ni grabar porque quienes sacaban un celular eran atacados de inmediato.

No resultó extraño que a las pocas horas de iniciadas las protestas este domingo, el país se sumiera en un apagón digital y la gente quedara incomunicada durante al menos tres días (aunque todavía el jueves se reportaban cortes en el servicio). Quienes lograron conectarse para actualizar sobre la situación interna, en muchos casos, tuvieron que utilizar redes virtuales privadas (VPN, por sus siglas en inglés). Pero fueron pocos.

Las autoridades necesitaban frenar el entusiasmo popular y apostaron por tomar las calles y controlar el relato. Saben que no tienen forma de vencer a un pueblo que se rebela si no es abusando de su poder. No obstante, hay montones de imágenes y testimonios que han burlado la censura para cuestionar la versión oficial: que eran pocos los manifestantes, que eran delincuentes, que eran «revolucionarios confundidos», que no hubo represión policial.

Inventario, un proyecto independiente cubano que produce periodismo de datos, ha verificado 100 protestas en los últimos días: 82 el domingo, 12 el lunes y seis el martes. Mientras, un grupo en Facebook que trabaja en conjunto con Cubalex, una organización independiente que ofrece asistencia y asesoría legal a víctimas de violaciones de derechos humanos, se dedica a documentar los casos de detenidos y desaparecidos. Su lista ya supera los 250 nombres.

Internet, en especial el servicio de datos móviles, que se activó en diciembre de 2018, ha servido para poner en jaque al poder en varias ocasiones en los últimos años. Ha posibilitado a la sociedad civil no solo diversificar sus fuentes de información, y hasta de ingresos, sino también conquistar libertad de expresión y experimentar nuevas formas de organización.

Si el ejemplo de San Antonio de los Baños, epicentro de la rebelión antigubernamental, se replicó en decenas de localidades del territorio nacional fue, en gran medida, porque esos primeros manifestantes transmitieron en vivo su experiencia a través de las redes sociales y sus posts se viralizaron en cuestión de minutos. En toda Cuba, la gente empezó a ver que se podía desafiar al gobierno.

Por supuesto, las tecnologías ayudaron a expandir el fuego, pero se encendió por la profunda crisis que vive Cuba. Una crisis que es resultado, principalmente, de la falta de libertades, el embargo estadounidense, la incompetencia de los gobernantes y la pandemia. Una crisis que, en la cotidianidad, se traduce en escasez de alimentos, medicinas e incluso condones, en colas infernales, en apagones de hasta seis horas, en la pérdida de seres queridos por negligencia o falta de atención médicas. Una crisis que, antes que económica, es política. 

Se engaña quien crea que la situación en Cuba se solucionará con pan y circo. Creer eso es ignorar el grito de «Libertad» que se escuchó en tantas partes. Las personas que protestaron no quieren solo comida, medicinas y electricidad. Quieren poder, quieren un gobierno que las escuche, quieren decidir sus destinos. Además, y esto considero que es la lección más importante del 11 de julio, no son pocas. Quizás no son una mayoría, pero indiscutiblemente son muchas más que las que imaginábamos.  

En las últimas protestas significativas que ocurrieron en Cuba, como la del 11 de mayo de 2019, por los derechos de la comunidad LGBTIQ, y la del 27 de noviembre de 2020, por las libertades de expresión y creación, se encontraban más o menos las mismas caras. Coincidían los mismos artistas, activistas, académicos, periodistas y curiosos. Incluso, los mismos agentes de la Seguridad del Estado que luego seguían «atendiendo» a esa comunidad. Pero este 11 de julio la narrativa cambió.

Quienes piensan distinto ya no son islas, ya no son los mismos de siempre. Quienes protagonizaron las protestas fueron personas completamente desconocidas. Personas comunes que ahora han vuelto común oponerse al sistema. No seguían a líderes; no respondían a convocatorias previas. El 11 de julio, de hecho, varias de las figuras más mediáticas de la disidencia intelectual no pudieron ni siquiera dejar sus casas porque estaban sitiadas por la policía e incomunicadas desde antes.

Ya se acabó el mito de que ese pueblo cubano inconforme con su gobierno era un pueblo de cobardes, sumisos, indiferentes o posibles emigrantes. Un mito en el que, en parte por optimismo, en parte por sentido común, nunca quise creer. Porque el mito de todo un pueblo de «revolucionarios», o de fieles al régimen, se acabó hace años.

Yo solía decir, cuando discutía sobre las posibilidades de que ocurriera un estallido social en Cuba, que si bien lo veía difícil también reconocía que las sociedades son impredecibles.

Después de este domingo, algo me ha quedado muy claro: no era el miedo lo que mantenía al pueblo inmovilizado. No era la maquinaria de la Seguridad del Estado, ni la ausencia de líderes opositores con programas políticos convincentes, ni la falta de motivos. Lo que mantenía al pueblo cubano inmovilizado era la falsa creencia de que quienes queríamos libertad éramos pocos y, por tanto, no valía la pena rebelarse contra el poder. Era la soledad.

No es lo mismo gritar «No tenemos miedo» con tres o cuatro aventureros más a tu lado que en medio de una multitud en la que no escuchas ni tu propia voz. Cuando la gente se une el miedo desaparece. «Únanse, únanse, únanse», gritaban los manifestantes. Y yo no sé si este es el principio del fin de un régimen de 62 años, pero sé que es el principio del fin de la soledad. Quienes disienten y sueñan con un cambio no deberían olvidar eso: no estamos solos.