A la deriva entre dos anomias, la Isla, que desde 1959 es para el naufragio, se somete a las inclemencias de las olas con un cifrado SOS que nadie quiere recibir, mucho menos leer. 

Los barcos de Europa y los yates de paso la ven dentro de una botella, abandonada al vaivén del oleaje, desvariando por el mar Caribe, pero siguen de largo. Jugar con la Isla es derrochar energía. Esas 90 millas que van del archipiélago a la península están más malditas que el triángulo de las Bermudas. Son un verdadero tabú que se estableció hace mucho, cuando la Guerra Fría no disimulaba su mala leche y no estaba supervisada, como hoy, bajo la apariencia de un consenso internacional.

De un lado, una izquierda agotada, que no consigue reinventarse, no puede ya darse el lujo de jugar un juego que está perdido de antemano. Nunca hubo un David, lo que hubo fue guapería barata a la sombra de la Unión Soviética. Con los misiles del Kremlin como exoesqueleto cualquiera se tira con el imperio más poderoso del mundo. Una cosa es dar el brazo a torcer, otra tirar al fuego toda una mitología. Además, Cheo Malanga, el personaje cómico de la Revolución cubana, murió hace ya un tiempo y no hay nada que sujetar en Cuba, ni al guapo, ni al sujeto. Hay lugares que se quedan sin Historia, por mentirosos, excluyentes y censuradores. Cuba es uno de ellos.  

Del otro, una derecha herida, demasiado lejos ya de sus antiguas motivaciones: recuperar la expropiación de sus bienes, poner en su sitio sus injustificadas vergüenzas, señalar sus traiciones. Una derecha que tuvo que pagar un alto precio. Grandes sumas de energía y dinero para liberar a sus héroes de Playa Girón, y también los titulares de un fake marketing despiadadamente castrista e internacional: «Los cambiamos por compota».Una derecha abandonada. Durante mucho tiempo demonizada por la mayoría de los relatos en este mundo. Que se sentó a escribir y cambió las balas por los libros. Que se dio cuenta de que una acción sin escritura es como un grito invisible, un delito sin evidencia, un acto sin testimonio, y ha dedicado lo que le queda de vida a hacer visible, con lujo de detalles, todo lo que le pasó, para que, cuando la moral de la realidad se enderece, el mundo se entere.

Sin embargo, estas anécdotas locales, por más dolorosas que sean, no tocan el verdadero centro del problema. 

Primer espejismo. Es muy cómodo pedirle a Estados Unidos, en nombre de su poder, que intervenga para obtener una supuesta libertad rápida, una democracia fácil, mágica, que gire la situación, como si hacer un país fuera cuestión de virar un guante al revés. Si las cosas fueran tan fáciles, no hubieran salido tan mal cuando le entregaron a Tomás Estrada Palma la libertad de Cuba, que duró lo que un merengue en la puerta de un colegio. Tampoco sería un problema la democracia de hoy en cualquier parte, tan imperfecta, azotada por una polarización feroz, cada vez más intolerante y autoritaria. 

Estados Unidos, que sabe muy bien que con respecto a Cuba no vale la pena correr riesgo alguno, simplemente usa a la Isla como museo en vida. Deja que la Isla se irrealice y así la expone como arqueología del saber político: lo que se representa es el «Comunismo» como fracaso seguro de principio a fin. Desde el manifiesto de Marx y Engels hasta la atrofia más despiadada y brutal, la imagen oscura de un ideario que de tanto insistir se ha convertido en su contrario. 

El segundo espejismo consiste en haber aceptado como verdaderas ciertas ficciones fabricadas por la obsesiva y compulsiva izquierda internacional para que todo intento de lucha por la libertad de Cuba sea inefectivo. La prueba está en que cualquier idiota, que carece de conocimiento de causa sobre lo que pasa realmente en el país, se siente con el derecho de opinar por encima de cualquier cubano. Debemos empezar por desmontar todo el blindaje de valores que la junta militar ha construido alrededor de sí misma como si fueran vigencias nuestras. 

Pensemos, por ejemplo, en la oposición. ¿Por qué ha sido tan ineficiente? Porque ha sido permitida por el régimen. Autorizada solo a religiosos, artistas y políticos dialogueros. ¿Acaso este consentimiento no ha sido una selección a dedo? No tanto, pero casi. La dictadura ha actuado como en esas peleas arregladas para que gane el campeón: no tienes que comprar al oponente, sino elegir a alguien que no esté preparado para el combate. No tengo nada en contra del papel que juegan las personalidades religiosas, artísticas y políticas en la lucha por la libertad de Cuba, ni cuestiono de ninguna manera su valor (que reconozco), pero, si el régimen permite una oposición que no está preparada para el combate, entonces hay que crear alternativas. Los religiosos, los artistas y los políticos dialogueros suman, pero no alcanzan, no son suficientes. 

Cuba no consigue la atención internacional no porque la lucha física ya no se use en virtud de una ostentosa actualidad de las redes sociales, sino porque no ha hecho lo suficiente. El rasgo exuberante de nuestra idiosincrasia a veces nos juega en contra. Creemos que hemos hecho todo cuando ni siquiera hemos comenzado, o que ya lo sabemos todo cuando solo hemos encontrado una pista. El 11-J fue flor de un día. No hubo orden, ni continuidad, ni siquiera unidad. Hubo un sentimiento legítimo y nacional, un impulso valiente, auténtico, plausible. Un estallido sin precedentes que puso de rodillas a la junta militar cubana y de pie a todo el exilio, pero no tuvo el alcance esperado. Distó mucho de una huelga general. Cercada por una cantidad de miedo considerable y por una falta de respeto y de estructura política, la revuelta espontánea no pudo contra las técnicas de manipulación y represión del régimen. Fue controlada. 

Ocuparse de Cuba significa ocuparse de todo. Tenemos un malestar generalizado, pero estamos muy lejos de tener una posición con posibilidades. La libertad nunca pasa de moda. Hay que cuidarla a cada minuto de ese niño cruel que para ponerla a prueba la lanza bien alto a ver si cae de pie o se revienta contra el suelo. Y cuando no se tiene, como en el caso de Cuba, hay que preguntarse seriamente: ¿la libertad me desea? A juzgar por el 11-J, seguro que sí. Tercer espejismo. ¿Y, nosotros, la deseamos a ella?

Autor: Víctor Varela

4 Comentarios

  1. Víctor Varela nos pone frente al espejo y viene a decirnos que el grado de madurez psicológica de la sociedad civil cubana ha dado un salto, el 11J es un momento clave en la evolución de la malograda conciencia cívica de los cubanos, pero es insuficiente. No es solo una opinión lúcida, sino contrastada con los hechos: «Cuba no consigue la atención internacional porque no ha hecho lo suficiente»

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