La Habana es una ciudad de sucesos insólitos. He visto que en el Zoológico de la Avenida 26, en Nuevo Vedado, unos gatos con la muerte en la cara se meten en las jaulas de hienas y tigres, llevándose en sus bocas la cena cruda de estos. Los cuidadores del zoológico, al verlos, se encogen de hombros. Les es natural.
En una de sus gavetas tía Tamara guardaba varias letras de papel que mantenía cerca, a mano, entre otros papelitos de la vida cotidiana, postales de viajes, recuerdos, documentos de migración de la familia, fotos de amigos y carpetas de trabajo.
Expertos en encuestas de opinión y campañas políticas coinciden en que las predicciones a nueve meses de una elección son inútiles. Pero es difícil no convencerse de algo cuando prácticamente todos a tu alrededor piensan y dicen lo mismo.
De nuestra generación, esa que carga con el pecado y la culpa de haber creído, ingenuamente, en un proyecto frustrado, algunos hemos despertado, pero tal vez, efectivamente, demasiado tarde. Ya no tenemos las fuerzas para enfrentarnos ni siquiera a nuestras propias conciencias.
Las cámaras, las entrevistas y los reflectores asustan a Ding. Encuentra extraños, o inexplicables, los elogios, las celebraciones y la atención. Cualquier exceso, y hay pocas cosas que no le parezcan tal, lo hace retroceder, pero su delicadeza, al cabo, lo vuelve accesible.
Uno de los experimentos más interesantes, no solo de los últimos años, sino, a mi juicio, de la extensa y diversa historia de la oposición cubana, fue la plataforma de acción cívica Archipiélago.