La oposición cubana haría bien en conservar la relativa independencia de Estados Unidos que Obama, benévolamente, les regaló, o si se quiere, les forzó a aceptar, y mantener la distancia con un gobierno que en solo dos semanas ya ha colocado a su país al borde de una perniciosa crisis política y casi constitucional.
Cuba me gusta bastante más de lo que yo le gusto a ella. Pero no es Cuba, esa leve curva de suspiro y barro, lo que yo amo, sino lo que Cuba pudo ser, la República que nunca fue inaugurada...
Ha demorado tanto en llegar este momento que ya no causa ni tanta pena a los que adoraban a Fidel como si todavía fuera 1959, ni el mismo triunfante júbilo a los que lo odiaban como si fuera el Anticristo. La reacción a la muerte de Fidel tiene bastante de inercia, no se ve muy bien qué puede celebrar el exilio cubano, que no pudo impedir que Fidel muriera de muy viejo, en su cama, rodeado de sus hijos, y dejando a su hermano y sus secuaces al mando del país.
Entre las muy pocos beneficios que trajo a Cuba el malhadado “período especial”, haber puesto punto final a las expediciones militares cubanas es seguramente el más grande, aunque Fidel, por supuesto, no lo haya visto como un beneficio, sino como una calamidad que le impidió seguir haciéndose el Napoleón en escenarios tan exóticos como las selvas centroamericanas y las sabanas de África.
La causa de la independencia fue cínicamente corrompida por el rampante oportunismo de quienes la esgrimieron, y aún lo hacen, repetidamente, para justificar su permanencia en el poder y la falta de libertades públicas. La independencia se convirtió en el discurso político cubano en un fin en sí misma, en una cuestión de orgullo nacional, un principio existencial, una obsesión, y no, como obviamente debería ser, un instrumento, la condición inicial que les permitiría a los cubanos, sin interferencia o imposiciones de otro país, conseguir una vida mejor.
Lo que Estados Unidos derrotó en Cuba, con la generosa contribución de Fidel, Raúl y sus adláteres, fue la posibilidad, que la revolución de 1959 creó, y muy pronto fue destruida, de una nación que fuera, todo a la vez, qué enormidad, independiente, democrática, igualitaria y próspera.
Uno de los experimentos más interesantes, no solo de los últimos años, sino, a mi juicio, de la extensa y diversa historia de la oposición cubana, fue la plataforma de acción cívica Archipiélago.