¿Alguien recuerda cuando hace unos cinco años se perdieron al unísono los condones y las cervezas en La Habana, y hacíamos chistes en Facebook sobre esa «feliz» coincidencia que al menos nos salvaría de embarazos indeseados y enfermedades venéreas?
Culminaba la confrontación en Cuito Cuanavale y las tropas cubanas se movían más al suroeste, a casi 100 km de la frontera con Namibia, para hacerle frente a una posible penetración del enemigo.
Las cámaras fotográficas que usaba allá eran muy silenciosas, facilitaban la discreción, mientras ellas cantaban, lloraban o me decían quién sabe qué en sus dialectos.
Juan Carlos Borjas capturó impactantes estampas mientras desandaba, a finales de los años 80, ciudades, aldeas y sabanas del sur de África como parte del contingente cubano en la «guerra de Angola».
Quizá esa sea la peor secuela de esta semana. No el rash, ni la fiebre, ni el dolor que todavía siento y sentiré al cerrar las manos. Lo verdaderamente peligroso es acostumbrarse a que enfermar sea una consecuencia lógica del lugar donde vivimos.