Las lejanías, los audios y polvo en el viento

    Se han dicho y se dicen tantas cosas sobre la emigración y las lejanías en esta isla, que si uno se detiene en cada una de ellas no tendría más remedio que llorar. Aquí pululan las lejanías, eso lo saben todos porque todos las sufren. Nos envuelven, nos lamen y nos penetran, nos asfixian, nos empujan a la morriña y, parafraseando al poeta Manuel Díaz Martínez, habitante del exilio desde hace tantísimos años, nos vamos todos muriendo de distancia.

    I

    Hay un avión de American Airlines sobre la pista del Aeropuerto Internacional José Martí. Es noche de viernes, es La Habana y, en la sala Covarrubias del Teatro Nacional, Omara Portuondo canta, por enésima vez en su vida, esa canción convertida en himno: «Yo vengo a ofrecer mi corazón», de Fito Páez. Hay, dos meses después, un avión de Iberia que inicia los movimientos de despegue, sobre la misma pista del mismo aeropuerto. Es lunes por la mañana, voy camino a la oficina y, a través de los audífonos, escucho otra vez a Pablo Milanés, cantando una de esas preciosas canciones que sé de memoria.

    Así van pasando los meses, con aviones que despegan y se llevan a mis amigos, aviones que se llevan a mi generación, aviones en que, tarde o temprano, tendré yo también un asiento. Todos aquí cumplimos con ese ciclo básico que está marcado por los tres verbos modelos del español, que enseñan en todas las clases de Gramática de todas las escuelas cubanas: amar, temer y partir. Yo amo, tú amas, nosotros amamos esta isla a pesar de las dagas que continuamente nos lanza. Yo temo, tú temes, nosotros tememos que nos encarcelen por decir lo que pensamos. Yo parto, tú partes, todos partiremos si esta isla nos sigue empujando a ello con fuerza más.

    Hay frases que son la historia de una época, de un país, de una generación. Hay otras, sin embargo, que poseen la mística para definir varias épocas, varias generaciones, y los tantos fragmentos en que se divide un país. «Ser cubano es sufrir las lejanías», escribió Abilio Estévez en esa novela inmensa que es Tuyo es el reino, pero no es el único lema nacional que puede extraerse de las poco más de 300 páginas del libro. «Ser cubano es un sentimiento muy difícil», escribió también Abilio, y en esas dos frases cabe toda una isla, caben mis amigos y toda mi generación, mis padres y toda su generación; caben los que se han ido y los que han decidido quedarse, los que han intentado partir y no han podido, los que llevan meses planificando la salida, los que habitan otro pedazo de tierra y ni siquiera la lejanía puede agarrotarles lo portentoso de ser cubano. 

    «La extraña voluntad de este país por hundirse en vez de volar», escribió Roberto Bolaño refiriéndose a su Chile sufrido, y aunque, tal como está, la frase es aplicable al contexto cubano, preferiría modificar los verbos: la extraña voluntad de este país por desangrarse en vez de crecer, por crear fronteras en lugar de puentes, por incentivar las lejanías en vez de los acercamientos. 

    II

    Hay varias canciones de Pablo Milanés que me desarman. Sé que a otros también les pasa: las canciones de Pablo tienen el poder de desarmar a mucha gente. Pero hay una que me noquea con fuerza superior, como si Stevenson y Mohamed Alí, uno por la izquierda y otro por la derecha, cruzaran sus puños en mi rostro. Se llama «Éxodo». La cantó en la Ciudad Deportiva, en su último concierto en La Habana, y fue de gran simbolismo que, en medio del éxodo de mayor calibre de cuantos hemos vivido, Pablo cantara: «¿Dónde están los amigos que tuve ayer? ¿Qué les pasó, qué sucedió? ¿A dónde fueron? Qué triste estoy».

    He escuchado decenas de veces esta canción, sé lo que dice, lo que significa punto por punto, no hay misterios en ella y no puedo dejar de sentir tristeza ante la inmensa voz de Pablo, que le canta a los que se han ido, a los que se van, a los amigos y familias separadas, a los más de tres millones de cubanos que viven fuera de la isla, a ese polvo en el viento en que nos hemos ido convirtiendo.

    Así, Como polvo en el viento, tituló Leonardo Padura la que es, hasta ahora, su penúltima novela publicada. «Lloré leyéndola», me dijo mi abuela después de pasarse varias semanas pegada a la computadora, leyendo en PDF la novela que no se ha impreso en Cuba y de la cual circulan aquí muy pocos ejemplares de Tusquets Editores. Yo no lloré con la novela, y me pareció exagerada la reacción de mi abuela, pero la entiendo ahora y reflexiono: la emigración, los amigos que se van, la diáspora como remedio económico, social y político, es un fenómeno que mi abuela, como toda su generación, ha sufrido durante más de 60 años. Ella siente más hondas las lejanías. Es por eso que ahora, cuando son mis amigos los que se van, entiendo, apoyo y venero las lágrimas de mi abuela ante la novela de Padura. Son esas, aunque sea grandilocuente la frase, las lágrimas del vencido, las lágrimas de una isla fragmentada que no ha tenido más alternativa que asumir las lejanías con todas sus consecuencias.

    Ahí, haciendo equilibrio en el borde finísimo de las lejanías y sus consecuencias, en el delicado abismo entre lo sutil y lo salvaje, entre lo ridículo y lo imprescindible, se ha movido la cultura cubana durante tantísimo tiempo. Hay literatura sobre la lejanía, teatro sobre la lejanía, cine sobre la lejanía, ballets sobre la lejanía, música sobre la lejanía, pinturas, esculturas e instalaciones sobre la lejanía. Los que se van crean a partir de los vacíos; los que se quedan crean a partir de esos espacios que van dejando los que se fueron, y es así cómo se configura, en la cultura cubana, un nicho de creación que tiene, en la lejanía, su musa y su leitmotiv. El arte es entonces, como siempre ha sido, un reflejo de la sociedad, del tiempo y del lugar en que se desarrolla el artista, y aquí, hace muchísimos años, las lejanías son el epicentro mismo de la vida. 

    Hay una lista inmensa de obras, creadores y nostalgias, de fragmentos dispersos de la identidad, de pedacitos de la patria regados por el mundo, por lo que consignarlo todo en una lista sería un trabajo tan meticuloso como necesariamente incompleto. En todo caso, nunca pudieran faltar Memorias del subdesarrollo y Memorias del desarrollo, binomio fundacional de las lejanías en la Revolución cubana, novelas de Edmundo Desnoes que inspiraron películas muy diferentes de Tomás Gutiérrez Alea, la primera, y de Miguel Coyula, la segunda.  

    Me acuerdo también, entre obras, creadores y nostalgias, entre La otra orilla de Frank Delgado y Ya viene llegando de Willy Chirino, entre De vuelta a casa de Carlos Varela y Asere, ¿qué bolá? de Habana Abierta, entre Cabrera Infante, Heberto Padilla y las Tumbas sin sosiego de Rafael Rojas, de los versos de Lourdes Casal, y de Isabel Santos diciéndolos a la cámara, en una azotea de La Habana, en la mejor escena de Lejanía (Jesús Díaz, 1985).

    «Demasiado habanera para ser neoyorquina, demasiado neoyorquina para ser —aun volver a ser, — cualquier otra cosa», escribió Lourdes Casal en 1981, en el poema «Para Ana Veltfort», y ahora, más de 40 años después, me permito parafrasear los que son, a mi juicio, sus mejores versos para describir la emigración, las lejanías, el polvo en el viento. Demasiado jóvenes para inmolarnos en nombre de una idea gastada, demasiado jóvenes para ser —aun volver a ser— cualquier otra cosa distinta a la rebeldía, a las ansias de alejarnos de las grisuras que nos envuelven. Solo podrán juzgarnos por ser jóvenes y aspirar a todo, por negarnos a vivir el futuro gris, hijo de este tan gris presente, que nos tienen aquí preparado, con un lacito rojo y florituras propagandísticas adornando la podredumbre.

    III

    Córdoba, Valencia, A Coruña, Madrid, Miami, Tampa, Los Ángeles, Bilbao, Guadalajara, Londres, Islas Canarias. Allí están o estarán muy pronto mis amigos. Se han ido a través de becas, bodas, ofertas de trabajo, o a través del tan socorrido parole humanitario. Se han ido sin saber si regresarán algún día, se han ido a integrar el cada vez más nutrido y disperso exilio cubano, se han ido… Y de ellos solo tengo fotos de vez en cuando y esos largos audios de WhatsApp que solemos intercambiar.

    No me gustan las videollamadas, no me gustan los extensos mensajes de texto, prefiero los audios y, aunque no pocos los aborrecen, he encontrado en ellos mi forma preferida para comunicarme con los que están lejos. Sobre cada una de las obras mencionadas he ido con ellos conversando, a veces en dilatados intercambios de audios, tan largos que parecen podcasts, como los que circulan La Habana/ Córdoba y Córdoba/La Habana, en los que hablamos casi siempre de política, o los que circulan La Habana/Valencia, Valencia/La Habana, en los que nunca hablamos de política, porque nos concentramos en conversar de música, cine, teatro y series.Y sé que pronto, muy pronto, intercambiaré larguísimos audios La Habana/Guadalajara, Guadalajara/La Habana, La Habana/Madrid, Madrid/La Habana y La Habana/Bilbao, Bilbao/La Habana. Sé que empeñaré mi voz para seguir hablando con los que se van, para hablar de política, de lo jodida que es la vida aquí y de cómo es la vida por allá, de música, teatro y cine, temas imprescindibles, y también intercambiaremos tonterías, memes, asuntos sin trascendencia, y proyectos, los tantos proyectos que podemos entre todos construir, las lejanías que podemos entre todos acortar, el polvo en el viento que nos carcome con melancolía poderosa, que nos hace partícipes de esa bella palabra que tiene el portugués para describir esta situación: saudade. Cuba es una isla en saudade y, al menos por ahora, solo los audios me van salvando de la melancolía y de morir, yo también, como Manuel Díaz Martínez, de distancia.

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