Cañibano: Tierra Guajira

Raúl Cañibano no es más que un semidiós.

En la fotografía documental cubana post-59 los dioses son tipos como Salas, Corrales, Korda, pero con los dioses no hay nada que hacer… Sus obras son formidables, excelsas, caprichosas (como esa espléndida efigie de carnet del Che Guevara); sospechamos que nunca morirán, pero que de alguna manera ya hace tiempo dejaron de estar vivas. Son intraducibles a esta época, justamente, porque aquel país, aquellos años, y sus protagonistas, ya jamás existirán fuera de las fotografías.

Raúl Cañibano. Tierra Guajira.

Cañibano es quizá el heredero ideal de aquella tradición. Él la enriquece y la traiciona con la alevosía del maestro de la composición y el claroscuro que es. Para los jóvenes cubanos que se inician en la fotografía documental, su portafolios es un evangelio apócrifo que pasa de mano en mano y se guarda en la retina para siempre.

Esta serie se titula Tierra Guajira y mereció el primer premio en el Salón Nacional de Fotografía, 1999.

Cañibano parece traer consigo todos los fuegos. El mismo procedimiento que fundó aquella épica de lo cotidiano en los 60 (el blanco y negro, ciertos personajes, ciertos temas), aplicado en los 90 y los 2000, cuando ya la cotidianidad en la isla no solo se ha desinflamado, sino que se revela escuálida y fragmentaria, ofrece relatos mucho más austeros, asordinados, pero también más polisémicos, contrapuntísticos. El ojo documental se hace más íntimo y parece testimoniar ahora un viaje hacia el interior del país.

Raúl Cañibano. Tierra Guajira.

Los detalles ganan importancia y se convierten en pequeños motores de ironía (esos cisnes que nadan sobre las mochas depuestas, esos enormes dientes que amenazan con clavarse en la espalda del hombre, el vuelo solitario de un ave inalcanzable). La diversidad de planos multiplica el tiempo y el espacio, de manera que las pequeñas historias dialogan entre sí y traman modestas teogonías: un hombre piensa y observa, otro hombre trabaja, las bestias se alimentan ajenas a la amenaza que significa estar en el mundo. Esa viva gestualidad de los personajes, esa estilización compositiva, esos pérfidos estudios de luces y sombras, todo ello imprime una energía singular a estas estampas, cierto movimiento armónico que anuncia algo a punto de estallar. Quizá una explosión para escapar de esa catedral a cielo abierto que es el costumbrismo.

Raúl Cañibano. Tierra Guajira.

Según algunos, la pericia técnica de Cañibano a la hora de manejar diversos planos y discursos remite, más que a los «épicos» isleños de los 60, a autores norteamericanos de la segunda mitad del siglo XX como Alex Webb o David Alan Harvey. Y seguramente hay todavía algo más ahí: algo como el talento único e intransferible de alguien que trabajó por años como soldador en la aviación civil y solo comenzó a interesarse por la fotografía —retratando quinceañeras y bodas— cuando frisaba la treintena.

  • Raúl Cañibano. Tierra Guajira.

Cañibano sería entonces un padre que adultera el mensaje de los abuelos en la esperanza de que sus hijos adulteren el suyo. Y aquí está nuestra spoiler alert para los jóvenes fotógrafos cubanos de hoy. Tampoco a Cañibano puede tomársele al pie de la letra.

No hay algo así como la palabra de Dios. El arte es una saga de apóstatas.

(Fotografías por Raúl Cañibano Ercilla).

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5 COMENTARIOS

  1. Enhorabuena a quien haya escrito este articulo. Cañibano es eso y mucho mas.
    Tengo a orgullo haber participado de su crecimiento como fotógrafo, desde que
    a inicios de los noventa nos conocimos. Hemos pateado La Habana muchísimas horas
    juntos, y las que nos quedan por hacerlo. Cañibano es sin duda el gran exponente de la fotografia cubana.

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