Al parecer, Raúl Castro solo tomaba una larga siesta.
Antes de su última «resurrección» televisiva la noche del sábado, esta historia estaba lista para su publicación. Exploraba las variables del fallecimiento, un derrame cerebral, la conexión a equipos de soporte vital y la eventualidad de que, simplemente, prosiguiera con su patriarcal existencia. Concluía que todo podía ser cierto y falso a la vez, porque no existía una sola confirmación ni contexto verificable.
Dadas las circunstancias, no resultaba descabellado pensar que los días del menor de los tres hijos varones de Lina y Ángel Castro hubiesen llegado a su fin. A sus 95 años, Raúl Modesto Castro Ruz está lejos de ser un hombre en la plenitud de sus facultades físicas y mentales — aunque la genética, hay que decirlo, ha sido excepcionalmente generosa con él; una suerte de marca de familia. En eso, al menos, todos habríamos estado de acuerdo: hasta que deje de serlo.
Pero la colección de posibles escenarios era solo el pretexto. El enfoque no giraba en torno a si el longevo general estaba tomándose un café en un taburete, había pasado ya a otra dimensión o continuaba en las gestiones de adquirir un one-way ticket, lo único realmente seguro en esta vida. Esta era —y sigue siendo— una historia acerca del rumor. Y sobre el rumor después del rumor.
Echemos un vistazo a esta suerte de stroke colectivo que afectó a medios tradicionales, canales de televisión, plataformas digitales y aspirantes a influencers; a figuras serias y a sus competidores bufonescos. Todos movidos por la obsesión con la circulación y el tráfico, con los ingresos corporativos y el pago de Meta cada día 21 vía PayPal. Por razones bastante similares, nadie se arriesga a quedarse al margen, y todos siguen arrojando contenido para alimentar a la social-bestia.
Nada de esto es nuevo. En los años noventa, mis jefes desde México caían en episodios cíclicos de necrofilia periodística: «La fuente es seria; me dicen que esta vez el Comandante Castro efectivamente murió». A lo largo de los años, resultó agotador repetir, una y otra vez, que no había confirmación alguna; que filtrar algo así a la prensa extranjera podría llevar a la fuente al mismísimo paredón. Mi respuesta fue siempre la misma: «El día que ocurra, ellos mismos lo informarán a la opinión pública». Al final, los hechos me dieron la razón. Y sigo pensando lo mismo.
Todavía en 2007 recuerdo haberle salvado la honra a la principal ejecutiva de Mega TV cuando llegó a mis manos un email ultrapatriótico listo para su difusión sobre el deceso de Fidel Castro. La comunicación sobre la hora final del autócrata había sido redactada por un hiperquinético asesor de relaciones públicas con escasa experiencia en todo aquello que no fuese Chayanne.
Por suerte, la ejecutiva sabía escuchar y desechó aquel espasmo de desinformación. Entonces, igual que ocurrió ahora con Raúl Castro, teníamos apenas el QUÉ y el QUIÉN del rumor, pero ninguna respuesta para las otras grandes preguntas de toda información periodística seria: CÓMO, CUÁNDO, DÓNDE, POR QUÉ. Una lista clave a la que añadiría PARA QUÉ.
Todo lo cual nos remite a una cuestión fundamental: el manejo de las fuentes anónimas. La más reciente defunción mediática de Raúl Castro pareció tener su origen en lo que un youtuber y un periódico de Miami que tuvo mejores épocas describieron como «una fuente fidedigna». Nunca supimos si se trataba de dos informantes o si compartían el mismo. En cualquier caso, ninguno contaba con dos fuentes independientes para respaldar las versiones sobre el deceso o «la enfermedad» (un comodín que deja una rendija abierta a la recuperación del paciente, y a la credibilidad del medio). «Fuente confidencial» e «informes llegados a la redacción»: esa fue toda la referencia disponible para el público.
Y es aquí donde se desmorona la integridad del periodismo. The Poynter Institute, Reuters, The Associated Press y La Voz de América (VOA), entre otras instituciones respetables, establecen reglas transparentes y estrictas para el uso de fuentes anónimas. Me refiero aquí tanto a los medios tradicionales como a los digitales que operan bajo presupuestos de seriedad, no al carnaval de las redes sociales.
El consenso entre los referentes del periodismo de reputación es sólido: una fuente confidencial no convierte un rumor en información publicable. Un medio solvente no disemina un rumor citando como única fuente a otro medio que lo difundió primero. Lo puede hacer, claro está, pero eso no pasa de ser una táctica muy elemental para cubrirse las espaldas.
Esas organizaciones manejan las fuentes anónimas bajo pautas cristalinas: cuando se trata de información relevante sobre la cual no existe una versión pública, cuando la fuente aporta un nivel de detalle suficiente, cuando el informante tiene un historial de credibilidad acreditado y, obviamente, cuando expresa razones legítimas para proteger su identidad.
Reuters y la VOA, por ejemplo, prefieren contar con al menos dos fuentes independientes cuando se trata de información reservada. El texto debe ofrecer detalles factuales que den contexto sobre los hechos. En un caso como el que nos ocupa, tales datos brindarían mayor claridad: la fecha exacta o aproximada del episodio, el hospital donde estaría internado el paciente, la existencia de movimientos inusuales en las fuerzas de seguridad, una línea de tiempo precisa o filtraciones adicionales que den solidez a la versión de la fuente original.
En otras palabras: no basta con citar al influencer tal o al periódico más cual —con su informante anónimo— para republicar la historia, descargar la responsabilidad en la fuente ajena y lanzar material a la criatura digital hambrienta. Ni asegurar que se contactó a un gobierno habitualmente reacio a compartir información sobre temas de esa naturaleza, y que, una vez más, lo negó. Eso no es periodismo. Eso es una pantomima para eludir cualquier manual de Standards and Best Practices que se respete.
Associated Press, por ejemplo, establece que incluso cuando otro medio difunde información bajo condición de anonimato, hay que someterla a los mismos estándares: intentar confirmarla por cuenta propia, buscarla on the record y abstenerse de publicarla si existen dudas.
La Voz de América (no confundir con Diario Las Américas) es todavía más rigurosa. En un caso como el de Raúl Castro, la única excepción para pasar por alto el requerimiento de doble fuente anónima sería si «los hechos son confirmados directamente por un periodista de la VOA».



Y aquí caemos en otro elemento clave: el contexto. Pese al deterioro actual, Cuba continúa siendo un enclave cerrado donde gobierna el miedo. Durante años, las versiones sobre el deceso o los padecimientos terminales de Fidel Castro resultaron ser falsas una y otra vez. Más bien apuntaban a operaciones recurrentes de desinformación de la Inteligencia de Cuba para humillar al exilio (y sus celebraciones adelantadas) y fortalecer la leyenda sobre la eternidad del caudillo. En contraste, el caso de Hugo Chávez sí contó con filtraciones respaldadas por sólidos detalles circunstanciales sobre su enfermedad.
En esta oportunidad podría tratarse del patrón habitual: entretenimiento para desviar la atención en medio de la peor crisis económica, social y humanitaria de la Cuba moderna. Distracción frente al sufrimiento. Tal vez una maniobra de desestabilización psicológica montada por agencias estadounidenses. O, simplemente, un influencer con un mes malo al que se le prendió el bombillo. O asumámoslo también: cualquier día alguna de esas «fuentes fidedignas» podría acertar en el blanco.
Bajo ese último escenario, el régimen habría tenido un evidente interés en dilatar cualquier anuncio sobre el fallecimiento del general —aunque esta vez el desenlace hubiese sido otro—. En medio de la comprometedora situación actual, la incertidumbre ante consecuencias fuera de control constituye un disuasivo razonable en favor del silencio.
Aun así, resulta incuestionable que el control sobre la información sensible en la actualidad dista mucho de la eficacia de una década atrás. La gente ha perdido el miedo, está exhausta y ahora siempre hay un ojo móvil que te ve.
Desde otra perspectiva, cabría considerar que un gran funeral popular en estos momentos sería una baza perfecta para agitar el nacionalismo en medio de la confrontación con Donald Trump y Marco Rubio.
Pero más allá de cualquier posible maquinación política en una u otra dirección, siempre hubo certezas a mano. Raúl Castro dejó su último cargo en el Partido Comunista hace ya más de cinco años, y está muy lejos de representar una versión reformista a lo Deng Xiaoping gobernando desde la cama de un hospital en medio del Caribe. Se trata de un señor casi centenario y frágil que ha tenido la dicha de una larguísima existencia y cuyo portafolio de opciones para permanecer mucho más tiempo en el mundanal ruido, inevitablemente, se agota.
No hacían falta rumores, y mucho menos rumores sobre rumores. Cuando los peores intereses —económicos, políticos, privados o estratégicos— afloran, las salvaguardas públicas sufren y la verdad termina siendo la víctima. Al final, apareció rodeado de guardaespaldas… y muerto de risa.
