Feria del Libro 2026: El centenario de las apariencias

La 34 Feria Internacional del Libro de La Habana, que concluyó el pasado 16 de agosto, fue atípica de muchas maneras. No ocurrió en febrero, como siempre, porque el Estado cubano recortó presupuestos e insumos de todo tipo tras la captura Nicolás Maduro en Venezuela y las presiones estadounidenses sobre la economía nacional que vinieron a continuación. Después de cancelar el evento, las autoridades fijaron una nueva fecha: mediados de agosto; la semana del centenario del nacimiento de Fidel Castro. 

En vez de diez días en la Fortaleza de San Carlos de la Cabaña, la Feria duró seis días en los almacenes de Línea y 18, en el Vedado. Estos almacenes se utilizan a lo largo del año para distintos tipos de eventos, pero su capacidad disponible para acoger público y stands, sobre todo tratándose de una cita de tamaña envergadura, es mucho más reducida que la que ofrece La Cabaña. La Sala Teatro Ciervo Encantado, ubicada en la misma cuadra, funcionó también como sala de presentaciones.

El logo de la edición remitía a la charretera única de Fidel Castro: un libro abierto que simulaba el rombo rojo y negro del Movimiento 26 de Julio. Asimismo, el país invitado de honor fue Rusia. Una elección nada casual en momentos de tensión política y, al mismo tiempo, otra de las maneras del Gobierno cubano de imponer la imagen de Fidel en cada aspecto posible.

La cola para acceder, históricamente larga y agotadora, pasó a ser un mero trámite de pocos minutos. La calle 11 del Vedado, una vía de mucho tráfico, nunca se cerró para el evento. Los automóviles pasaban constantemente. Aun así, al tratarse de una cola corta la mayoría de los días, nunca se produjo un altercado.

***

El lugar, la fecha, la locación y el inmenso calor de agosto —tan distante del fresco de febrero— cambiaron por completo la experiencia de la Feria. El placer de andar, la excursión que implica cruzar la bahía para vivir y experimentar una jornada diferente desapareció este año. Durante seis días se transformó en un almacén de puntal alto y cerrado y en un parqueo bajo el sol que transmitían cualquier cosa menos un espíritu ferial. En la manzana donde radicaba la Feria había una gran cantidad de policías y patrullas, algo muy distinto a ediciones anteriores.

«Esto parece más un almacén con libros que una feria de verdad», dijo una muchacha mientras se abanicaba con el programa. «El año pasado al menos había sombra y se podía caminar.»

Feria del libro de La Habana / Foto: cortesía del autor
Feria del libro de La Habana / Foto: cortesía del autor

Al entrar, lo primero que encontrabas era un salón vacío e inmenso. En sus dos esquinas había algunos puntos de venta y, como bienvenida, una foto tamaño real de José Martí junto a otra de Fidel Castro. Las editoriales del primer salón eran pocas y todas relacionadas con entidades estatales: la editorial de los Bufetes Colectivos, la Editorial de Asuntos Martianos y otras del mismo corte. Más adelante se hallaban varias mesas con computadoras donde se podían adquirir determinados libros en formato e-book. Quien decidiera comprar uno de estos libros electrónicos, debía llevar encima una memoria flash o el cable USB de su teléfono.

En el segundo salón del gran almacén comenzaba la venta de cualquier cosa que no fuera literatura: discos, bisutería, inciensos, atrapasueños… Esos stands rodeaban un gran espacio semicerrado dispuesto para el país invitado de honor. Allí se concentraba una considerable cantidad de libros, en su mayoría clásicos rusos, todos de tapa dura y en perfecto estado de conservación. Solo había un inconveniente: esos ejemplares, dignos de cualquier coleccionista, estaban en ruso. La sección podía considerarse, al mismo tiempo, la más atractiva y la más inútil de toda la Feria.

Feria del libro de La Habana / Foto: cortesía del autor
Feria del libro de La Habana / Foto: cortesía del autor

Detrás del salón ruso se encontraba la zona de las editoriales provinciales. Estos puntos de venta albergaban, como cada año, títulos viejos con una o dos décadas de impresión; tiradas pequeñas que nunca tuvieron ni promoción ni distribución. Ejemplares que simplemente salen de una caja y se guardan luego a la espera del año siguiente. De todas las editoriales, La Luz, de Holguín, fue la que más libros presentó y también la que tenía un aire más fresco y títulos más recientes. La mayoría de las mesas ni siquiera contaban con un vendedor al frente que respondiera o atendiera al público.

El almacén se completaba con puestos de dominó y ajedrez para jugar, música constante que salía de diversos equipos de sonido y los ya conocidos stands de venta en divisa. En ellos se ofrecían afiches, mangas, cuadernos de colorear, rompecabezas, postales y libros de Wattpad manufacturados. Esta es, cada año, la zona con los libros y artículos más caros: muchos ejemplares costaban 30 dólares o, en su defecto, 20 mil pesos. Ahí también había una mesa de la Embajada de Irán y otra de la Embajada de Angola. Podías encontrar un libro de libro de colorear de Peppa Pig y justo al lado una máscara tribal africana.

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Al salir del gran almacén, el visitante llegaba a una plaza-parqueo a la intemperie, del mismo tamaño que la zona anterior. Allí radicaban las decenas de puestos de venta de comida, la mayoría con neveras llenas de hielo a causa de los apagones constantes. En algunas partes, el barrio del Vedado padece cortes de luz diarios de más de 30 horas, y para la Feria no hubo un circuito cerrado. Aunque la franja donde radicó la Feria sufrió menos afectaciones en esos días, hubo igualmente apagones, por lo que tuvieron que usar plantas eléctricas y paneles solares en varias partes de la plaza-parqueo (la mayoría propiedad de los propios vendedores de comida). 

Feria del libro de La Habana / Foto: cortesía del autor
Feria del libro de La Habana / Foto: cortesía del autor

En el área se formaba otra cola, más lenta que la primera. La carpa azul, llamada oficialmente «Gran Librería», lanza todos los años los libros nuevos y más codiciados por el público, o más bien aquellos que la organización de la Feria considera como tal. Dentro de la carpa había títulos recién reimpresos como Hombres sin mujer, de Carlos Montenegro; antologías poéticas de Julián del Casal; varios textos de autores rusos —esta vez sí en español— y también El maestro y Margarita, de Mijaíl Bulgákov. Los libros de la carpa azul eran, en su mayoría, de la Editorial Letras Cubanas. Aunque estos ejemplares no tenían un diseño decente, con un encuadernado pobre y hojas de mala calidad, también eran muy baratos. Afortunadamente, no pocos jóvenes visitaban esta carpa.

«Lo estaba leyendo en digital, pero no soporto la pantalla», dijo un muchacho de unos veintitantos mientras salía con Los hermanos Karamazov bajo el brazo. «Me enteré de que aquí lo tenían en físico y vine directo».

 A un costado de la «Gran Librería» se alzaba una tarima donde un grupo de payasos actuaba frente a decenas de niños acompañados por sus padres. Porque la Feria, más allá de los libros, sigue siendo también una salida familiar: mucha gente llega, no compra un solo título y, aun así, encuentra la manera de pasar un buen rato entre el ruido, el calor y el movimiento constante.

Actividades paralelas en la Feria del libro de La Habana / Foto: cortesía del autor
Actividades paralelas en la Feria del libro de La Habana / Foto: cortesía del autor

A la derecha de la tarima había otro almacén, más pequeño que el primero. No quedaba del todo claro si se trataba de la Sección Infantil o solo de una parte de ella. En la Feria faltaban guías y señalizaciones que orientaran al visitante y uno simplemente se topaba con los puntos de venta. Otro área quedó destinada a presentaciones y talleres cuya acústica resultaba pésima: apenas se escuchaba, incluso con micrófono. Allí estaban los stands dedicados a la ciencia ficción: una mesa con artículos steampunk, espadas de papier maché, un «espiritista» leyendo el tarot… El personal, en su mayoría muy joven, mantenía un trato cercano con el público, en marcado contraste con la desgana inmensa que se percibía en los stands institucionales.

Algún que otro funcionario se paseaba por la Feria. Llegaban un rato, hacían acto de presencia, saludaban y luego se iban. El ministro de Cultura Alpidio Alonso y el exviceministro Fernando Rojas aparecieron en varias jornadas, siempre cerca de oficiales de la policía o de otros funcionarios, y siempre alejados de los feriantes.

***

Al cerrar el telón y recoger, queda la sensación de una Feria disminuida. No solo en días o en público, sino en ambición y en espíritu. La cita parece haberse organizado más por inercia y para cumplir con un calendario político que por convicción cultural. El calor, la improvisación, los libros que no se pueden leer, los que nadie atiende, la poca o nula promoción de escritores jóvenes, los precios desconectados de la realidad de la mayoría, la propaganda que se impone sobre la literatura y la distancia cuidadosa entre el lector y las entidades… todo eso pesa y supone un deterioro.

Y, sin embargo, todavía importa que la Feria del Libro exista, y es vital que se haya hecho este año, cuando lo que se proyectaba era su cancelación definitiva. En un país donde casi todo es escasez y espera, un espacio —por imperfecto que sea— dedicado a los libros y a la literatura, al lector y al escritor, conserva un valor esencial, pues se trata de uno de los pocos lugares en los que todavía puedes tropezar con una página, una conversación o con la simple posibilidad de llevarse algo impreso a casa.

El cubano, en medio de este caos, quiere y decide leer. Aunque el papel sea malo, el diseño sea pobre, y aunque haya que sudar bajo el sol de agosto para conseguirlo, abrir un libro en Cuba es todavía un gesto tenaz y un modo de reclamar un territorio propio dentro de la precariedad. Sigue siendo una forma de no entregarse del todo.

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