Luis Manuel Otero: ¿Cómo entender el arte desde la prisión?

El tiempo parece dejar de existir cuando nos enfrentamos a los dibujos que el artista y preso político Luis Manuel Otero Alcántara realizó durante sus cinco años en prisión. O quizás ocurre exactamente lo contrario: el tiempo se vuelve insoportablemente visible.

Cada dibujo contiene un instante. Un segundo de encierro, una escena observada, imaginada o reconstruida; un fragmento de una experiencia atravesada por la violencia, el deseo, el hastío, el cuerpo y la supervivencia. Mirarlos ahora, fuera de la cárcel, significa enfrentarse a un tiempo que fue impuesto: el tiempo de la condena.

Ver estas obras por primera vez reunidas y abiertas al público de Miami en El Espacio 23 tiene, por eso, una dimensión que excede la exposición. No estamos únicamente ante un conjunto de dibujos producidos por un artista durante un período determinado de su trayectoria. Estamos ante las huellas materiales de una experiencia límite y ante la constatación de que, incluso dentro de una prisión, la práctica artística encontró maneras de sobrevivir.

Otero Alcántara muestra sus dibujos en el Espacio 23 / Foto: Anamely Ramos
Otero Alcántara muestra sus dibujos en el Espacio 23 / Foto: Anamely Ramos

Durante los años de encarcelamiento de Luis Manuel, a quien representé hasta su liberación y cuya obra acompañé como curadora y mánager, aprendí también a comprender la curaduría desde otro lugar. Cuando el artista está preso, la relación entre obra, artista y curador se transforma radicalmente. Curar deja de significar solamente seleccionar, investigar, interpretar o construir un discurso expositivo. 

Puede significar sostener.

Sostener la circulación de una obra cuando su autor no puede acompañarla. Reconstruir información a partir de una llamada telefónica. Conservar un dibujo. Documentarlo. Encontrar la manera de que salga de la cárcel. Hacer que llegue a una exposición. Crear redes para que sea visto. Defender la autonomía del artista incluso cuando ese artista se encuentra aislado de los espacios en los que su propia obra comienza a circular.

La curaduría se convierte entonces, inevitablemente, en una forma de mediación, de cuidado y de resistencia frente al aislamiento.

Obras de Otero Alcántara realizadas en prisión / Foto: Anamely Ramos
Obras de Otero Alcántara realizadas en prisión / Foto: Anamely Ramos

Aprender a mutar

Luis Manuel había comenzado a explorar con mayor intensidad el dibujo antes de entrar en prisión. En obras y series anteriores, como Puertas (2020), podía advertirse ya esa búsqueda. Sin embargo, las circunstancias fueron transformando radicalmente los medios disponibles para producir.

Luis ha sido siempre un artista con una enorme capacidad para mutar. Cuando desaparece una posibilidad, encuentra otra. Cuando un material deja de estar disponible, aparece un nuevo lenguaje. Cuando el cuerpo está limitado, el dibujo puede convertirse en territorio.

Esa capacidad de adaptación había aparecido de manera clara en Naturaleza muerta. Convirtiendo la violencia en arte (2020), realizada a partir de su experiencia durante el período en que permaneció secuestrado bajo vigilancia estatal en el Hospital Calixto García, en La Habana. Allí construyó una suerte de diario visual: una manera de registrar mediante imágenes aquello que estaba viviendo.

Después llegó la prisión.

En 2021, cuando fue arrestado por sumarse a las protestas pacíficas del 11 de julio en Cuba, aparecieron Los Payasos, sus primeros dibujos realizados durante el encarcelamiento. Esas obras salieron de la cárcel durante la única visita que pude hacerle allí. Poco después me fui de Cuba bajo las amenazas del mismo sistema que lo mantendría encarcelado durante cinco años y una semana.

Nunca pude volver a visitarlo en prisión.

Esos primeros dibujos iniciaron un recorrido que entonces ninguno de nosotros podía prever. A partir de ese momento, la obra comenzó también a existir a través de una red. Artistas, curadores, instituciones, amigos y coleccionistas fueron fundamentales para impedir que el aislamiento físico del artista significara también su desaparición del espacio cultural.

Otero Alcántara muestra sus dibujos en el Espacio 23 / Foto: Anamely Ramos
Otero Alcántara muestra sus dibujos en el Espacio 23 / Foto: Anamely Ramos

En distintos momentos participaron de esa red figuras como Coco Fusco, Yissel Arce, Yotuel Romero, María Magdalena Campos-Pons, Rochi Llaneza, la Fundación Bacardí y coleccionistas como Michael Fux, entre muchas otras personas y sobre todo amigos que contribuyeron a que la obra pudiera continuar siendo vista, discutida, exhibida y preservada.

Esa historia me ha obligado muchas veces a preguntarme dónde termina la autoría individual y dónde comienza la infraestructura afectiva, intelectual y material que permite que una obra sobreviva cuando su creador está privado de libertad. Porque sacar una obra de una cárcel no significa únicamente conseguir que un papel atraviese unos barrotes. Significa devolverle circulación a aquello que el poder intentó inmovilizar.

El cuerpo encerrado

Los dibujos que ahora aparecen ante el público resultan particularmente perturbadores porque Luis no intenta ennoblecer la prisión.

No construye una cárcel metafórica.

Hay cuerpos.

Hay sexo.

Hay deseo, violencia, sometimiento, humor, obscenidad, ternura y escenas que pueden resultar grotescas. La sexualidad aparece reiteradamente, pero reducir estas obras a su contenido sexual sería perder una parte fundamental de aquello que están narrando. 

En prisión, el cuerpo adquiere otra dimensión.

Es quizás el último territorio sobre el cual se disputa algún tipo de soberanía.

El cuerpo encerrado desea, observa, agrede, es agredido, fantasea, recuerda, negocia, duerme, defeca, se masturba, ama, teme. El cuerpo continúa existiendo incluso cuando la institución intenta reducir al individuo a un número, una condena y una rutina.

Luis dibuja esa corporalidad sin pudor.

Y precisamente por eso estas imágenes pueden resultar incómodas.

No buscan tranquilizar al espectador ni ofrecer una representación heroica del preso político. Tampoco construyen al artista como una figura moralmente impecable suspendida por encima de la realidad carcelaria. Por el contrario, lo introducen en ella.

La perspectiva resulta fundamental. En muchos dibujos, el punto de vista parece colocarnos exactamente donde ocurre la escena. No observamos la cárcel desde fuera. Entramos en una litera, un baño, una celda, un rincón. En ocasiones somos testigos; en otras, casi intrusos.

Algunas escenas son grotescas. Otras poseen una extraña ternura. Entre unas y otras aparece progresivamente el dominio técnico que Luis fue desarrollando durante el encierro. Si se comparan estos dibujos con los primeros Payasos de 2021, puede observarse una evolución evidente de la línea, la composición, la perspectiva y, sobre todo, de su capacidad narrativa. Mientras su espacio físico se reducía, el espacio construido dentro del dibujo se hacía cada vez más complejo.

Trascender la circunstancia

Hay algo más que siempre he visto en Luis Manuel y que quizás resulte pretencioso reconocer. Cuando observo su manera de trabajar, pienso en Jean-Michel Basquiat. No porque pretenda establecer una equivalencia entre ambos artistas, ni porque sus contextos, lenguajes o trayectorias sean los mismos. La relación que encuentro está en otro lugar: en una determinada urgencia frente a la imagen, en la capacidad de absorber los códigos de una época y devolverlos transformados, contaminados por la experiencia personal; en una manera casi visceral de convertir aquello que sucede alrededor en lenguaje.

Basquiat consiguió hacer de la calle, de la negritud, del racismo, del poder, de la anatomía, de la historia y de sus propias contradicciones un universo visual reconocible. En Luis encuentro una pulsión semejante: la capacidad de apropiarse de los símbolos que lo rodean (la bandera, el cuerpo, la violencia, la marginalidad, el sexo, la prisión) y devolverlos alterados. 

Luis no ilustra la realidad. La metaboliza. Y quizás sea precisamente ahí donde encuentro su capacidad de trascender.

Durante mucho tiempo ha existido el peligro de que Luis Manuel Otero Alcántara sea leído exclusivamente a través de su condición de preso político. Es comprensible. Su encarcelamiento fue injusto y convirtió su cuerpo y su nombre en símbolos de una realidad política que continúa afectando a los cubanos. Pero reducir su obra a esa circunstancia sería otra forma de encerrarlo. 

Luis es un artista. La prisión pertenece a su historia, pero su obra tiene que ser capaz de sobrevivir a la prisión. Cuando miro la evolución de estos dibujos, desde Los Payasos hasta las escenas mucho más complejas realizadas después, encuentro esa posibilidad. Hay una voz que se está construyendo más allá del acontecimiento político inmediato. Hay una iconografía, una manera de representar el cuerpo, una relación particular con lo grotesco y lo popular, con la sexualidad, el humor y la violencia. Hay también algo profundamente cubano que no necesita recurrir constantemente a los símbolos evidentes de Cuba para serlo. Quizás el desafío que comienza ahora para Luis sea precisamente ese: demostrar que puede trascender la figura que las circunstancias históricas construyeron alrededor de él. Dejar de ser únicamente «el artista preso», sin renunciar jamás a la historia del hombre que estuvo preso por ejercer su libertad.

Sacar la cárcel de la cárcel

Resulta significativo que estas obras puedan verse ahora en El Espacio 23. La obra de Luis Manuel ya formaba parte de la colección de Jorge M. Pérez desde el año 2021. Siempre he encontrado en el coleccionismo de Pérez un interés que va más allá del valor inmediato de una pieza: una mirada hacia artistas capaces de construir lenguajes particulares desde las realidades que los atraviesan. En Luis existe precisamente esa capacidad. Puede convertir una experiencia cotidiana, una situación absurda, una humillación, una fiesta, un símbolo nacional, un cuerpo o un episodio de violencia en materia artística. Lo ha hecho durante toda su trayectoria.

La prisión no creó esa capacidad. La llevó hasta uno de sus límites. Ahora esos papeles están fuera. Han atravesado barrotes, controles, distancias, fronteras y años. Llegan a Miami y se muestran por primera vez ante un público que puede acercarse a ellos sin intermediarios. Hay algo profundamente extraño en ese desplazamiento.

Obras del artista realizadas en la prisión de Guanajay, Cuba / Foto: Anamely Ramos
Obras del artista realizadas en la prisión de Guanajay, Cuba / Foto: Anamely Ramos

Durante años trabajé con obras cuyo autor no podía estar presente para ver dónde terminaban. Hablábamos por teléfono sobre exposiciones que él no podía visitar, sobre piezas que viajaban mientras él permanecía encerrado, sobre personas que conocían su trabajo aunque nunca hubieran podido conocerlo a él. La obra era libre mientras el artista permanecía preso. Hoy esa relación se ha invertido. Luis Manuel está fuera de la cárcel y frente a él aparece un territorio completamente distinto: el de decidir qué hacer con todo aquello que produjo durante los años en que otros decidían prácticamente todo sobre su vida. Por eso no entiendo esta muestra como un punto de llegada. La entiendo como un umbral.

Una libertad todavía incompleta

Pero contemplar estas obras fuera de la cárcel conduce a otra pregunta: ¿qué significa realmente ser libre?

Durante años vivimos una paradoja dolorosa. Los dibujos de Luis podían atravesar fronteras mientras él permanecía encerrado. Sus obras podían llegar a una exposición, entrar en una colección, aparecer ante un público en otro país, mientras su cuerpo permanecía sometido a la disciplina de una prisión cubana. Hoy está fuera. Las obras también. Pero Cuba no es libre. Y esa realidad impide que esta historia pueda tener un «final».

La cárcel que aparece en estos dibujos no debería entenderse únicamente como el espacio físico donde Luis pasó cinco años de su vida. Es también la manifestación extrema de un sistema político que durante décadas ha utilizado el miedo, la vigilancia, el castigo, la censura, la prisión y el exilio como mecanismos de control. Por eso estas imágenes hablan de Luis, pero inevitablemente hablan también de Cuba. Hablan de quienes permanecen encarcelados por razones políticas. De quienes han tenido que abandonar el país. De las familias separadas. De quienes aprendieron a callar para sobrevivir y de quienes decidieron hablar aun conociendo las consecuencias. 

La libertad de Luis Manuel es una alegría enorme, pero no puede convertirse en una conclusión. Mientras exista un cubano encarcelado por expresar lo que piensa; mientras disentir pueda significar perder el trabajo, la libertad o el país; mientras una generación tras otra continúe entendiendo el exilio como una de las pocas posibilidades de futuro, la libertad individual seguirá siendo una libertad incompleta.

Deseo el fin de la dictadura cubana. Lo digo también desde mi lugar como curadora, como exiliada, porque no creo que el arte deba ser obligado a fingir neutralidad ante aquello que destruye la libertad del ser humano. Deseo una Cuba libre y democrática donde un artista pueda crear sin preguntarse si una obra terminará convirtiéndose en evidencia en su contra; donde disentir no conduzca a una celda; donde ninguna madre tenga que esperar una llamada desde una prisión por las ideas de su hijo; donde ningún creador necesite abandonar su país para poder continuar trabajando. Una Cuba donde la libertad deje de ser un acto de resistencia y pueda convertirse, finalmente, en una condición cotidiana.

Lo que queda cuando se abren las puertas

Después de años acompañando esta obra desde afuera, ver estos dibujos reunidos y expuestos públicamente produce en mí una sensación difícil de explicar. Conozco muchos de ellos desde que eran apenas papeles que había que proteger, fotografiar, documentar, trasladar, explicar. Ahora están ahí. Y frente a ellos hay personas mirando.

Quizás esa escena aparentemente sencilla sea una de las imágenes más contundentes de toda esta historia. Aquello que fue creado dentro de una celda consiguió atravesar sus límites. Durante años sentí que parte de mi responsabilidad era ayudar a que la obra pudiera ser libre mientras Luis no podía serlo. Sostenerla. Hacerla circular. Conseguir que la cárcel no consiguiera imponer también silencio alrededor de su producción artística. Hoy comienza otra etapa. Ahora corresponde a Luis decidir hasta dónde puede llevar esa obra desde la libertad. Le corresponde enfrentarse a uno de los desafíos más complejos para cualquier artista cuya biografía ha quedado atravesada por un acontecimiento histórico: conseguir que la historia no devore a la obra y sobrevivir al exilio. 

Yo creo que puede hacerlo. Creo en su capacidad para trascender la circunstancia, precisamente porque durante todos estos años lo vi convertir cada circunstancia en lenguaje. Corresponde también a quienes miramos estos dibujos no olvidar el lugar del que salieron. Son papeles frágiles que consiguieron atravesar uno de los espacios más controlados por el poder. Dibujos que pasaron por manos y fronteras hasta terminar frente a nosotros. Son obras de arte, pero contienen también la memoria de aquello que intentó impedirlas.

Luis está libre. Sus dibujos están fuera de la cárcel. Pero la historia que contienen todavía no ha terminado. Porque el verdadero final de esta historia no será simplemente que Luis Manuel Otero Alcántara pueda caminar libre. Será que ningún cubano vuelva a entrar en una prisión por intentar serlo.

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