Hubo un tiempo en que el mapa político global estaba claro. Se sabía lo que significaba ser de izquierda o de derecha. Existía un campo socialista, una Guerra Fría, un Reagan y un Gorbachov.
Fidel Castro tenía a su familia escondida y, si por alguna casualidad sus hijos se encontraban en el gimnasio privado con los hijos de su hermano Raúl, se les aconsejaba que no se saludaran.
Eran dos familias: una para un lado y otra para el otro.
Pero ningún cubano de a pie sabía nada de esto. Nadie tenía idea de dónde vivía el máximo líder, si realmente tenía una fortuna o si su casa era, más o menos, como la del resto de los cubanos. Había que tener la cara muy dura para salir en la televisión y dar sermones de ocho horas diciendo que había que sacrificarse, cuando en la vida real no dabas el ejemplo.
Nos sentábamos frente al televisor, después de bañarnos con un jarrito y agua tibia, y creíamos de verdad en aquel spot ingenuo que ponían antes de la telenovela, donde el «viejo Andrés» se iba a morir solo.
Un poquito de talco en el pecho, la pañoleta roja al cuello y para la escuela.
¡Somos felices aquí!
Vivíamos un Día de los Inocentes eterno, que volvía a empezar una y otra vez como un video en bucle.
De un tiempo a esta parte, los cubanos hemos sido testigos de un fenómeno extraño. Un nieto de Fidel y un nieto de Raúl le perdieron el miedo a la orden de pasar desapercibidos y se han lanzado a conquistar las redes: entrevistas en medios internacionales, videos medio en broma tratando de hacer reír en Instagram…
Podría parecer que, como los viejos cascarrabias ya no están, esta es una generación que hace lo que quiere. Quizá al anciano Raúl o a la viuda de Fidel les hacen gracia estas ocurrencias. Al final son muchachos que no parecen llegar a un tercer grado de escolaridad.
Muestran sus lujos o incluso escenifican actos de caridad en los mismos hospitales donde la gente se está muriendo por culpa de las decisiones de sus abuelos. Grotesco. Oprobioso.
Te cortan las piernas para después darte una muleta vieja.
Algunos piensan que nos quieren hacer pasar gato por liebre y que todo está cuidadosamente diseñado. Otros creen que ya nadie manda en ese país y que cada cual está tratando de salvar su pellejo.
También hay un extranjero de un país latinoamericano con un pódcast en el que blanquea a la dictadura e invita a personajes capaces de decir que, después de que aprisionaran a Maduro, el chavismo y el castrismo son los que realmente han vuelto al poder en Venezuela.
Deconstruir lo que ya se sabe. Impedir que las cosas queden claras. Confundir. Ese también parece ser el trabajo de estos personajes.
Ya Obama se cansó de anunciar que, con la llegada de la zanahoria Trump al poder, todo cambiaba. Un presidente que lo mismo podía burlarse de un aliado, abrirse de patas con Putin que tuitear un súper secreto de Estado. Las reglas del juego en la política internacional habían cambiado.
Y los tres o cuatro militares cubanos que se dedican a la inteligencia captaron el mensaje. Más allá de que exista una lucha interna entre «Miguelito», sin casa, Díaz-Canel y el crustáceo bruto, o de que el nieto de apellido ruso del Comandante no se quiera quedar atrás y decida lanzarse en paracaídas y salir del armario para que los más recogidos del sistema, que no soportan al Cangrejo, apuesten por una imagen de mayor «decencia», la realidad es clara: los dueños de Cuba tienen mucho que perder y, por supuesto, no quieren perderlo.
«¡Cambiar todo lo que tenga que ser cambiado!», gritaba el abuelo desde la Plaza. Pero no cambiar para perder. Cambiar para que todo siga igual, para que la familia del viejo gatopardo siga en el poder.
El castrismo no suelta el dinero y está trabajando en todos los frentes, sin dejar una sola puerta sin tocar. La misión es clara: permanecer, no perecer.
La desinformación, convertir en chiste las necesidades de los cubanos y el relajo que generan los rumores no parecen la ocurrencia improvisada de esos dos energúmenos de apellido Castro.
Detrás debe de haber una autorización. Una misión. ¿Para qué? Sencillo: para abrir vías de comunicación con un Gobierno de Estados Unidos diferente, igual de histriónico e insensible en las redes. Así lograrán que la familia Castro sobreviva mientras sus crímenes son blanqueados. Aquí no ha pasado nada.
El Meliá Cohíba podrá convertirse en un hotel de Trump o de Kushner, pero los Castro seguirán mandando. ¿A algún directivo de Meliá le importaron los presos políticos? ¿Los apagones? Asimismo pasará en un futuro cercano.
El pueblo de la isla, los de adentro y los de afuera, consume sobre todo reels, humor, bailes y música reparto en nuestros teléfonos. Si a eso se le suma el agotamiento de haber soportado 67 años de una dictadura inhumana que funciona como una trituradora, veremos cómo nos la vuelven a colar como si nada.
La misión de la Seguridad del Estado es embarrar cualquier atisbo de decencia: aquí todos somos gozadores; aquí no hay espacio para los mareados; fiesta, pachanga, vulgaridad y división. Divide y vencerás.
Como peces en una pecera veremos que llamarán comunista a quien no lo es y vestirán de verde al mayor capitalista. Los que más robaron y torturaron mañana recibirán premios de la paz y aparecerán junto a influencers y figuras de las redes de otros países. Y así quedará todo entre familias, clases y un pequeño sistema de castas.
Y nosotros, los que nos quedamos sin país, veremos los videos y nos reiremos. Creeremos que Sandro se le escapó a la abuela Dalia, que todo es un gran desorden y que, al final, vendrá alguien a liberarnos.
Al final, aquel viejo spot de «el viejo Andrés se va a morir solo» era tan falso como todo lo demás. El viejo Andrés se va a morir acompañado: en la calle, bajo el sol, buscando en los basureros, golpeado por la policía, aplastado por los Castro… Da igual que haya sido médico, deportista o educador.
Nuestros hijos y nietos serán testigos de cómo los bisnietos de Fidel Castro Ruz, moviendo la cintura y sacando la lengua frente a una cámara, sentados en un Trump Resort, se burlarán de nosotros.
Y lo harán detrás de cristales oscuros para que no se vea al fondo un país destruido, sin estabilidad, convertido en un escenario de guerra.
