Luis Manuel Otero Alcántara, el pasajero del asiento 2D

Un señor se abre camino entre el tumulto y los flashes en una de las puertas de salida de la terminal D, donde toda la gente parece esperar a un mismo familiar, uno que hace rato no ven y que está a punto de aterrizar en la tarde calurosa de Miami. Al señor le suena a que son fans. Nadie lleva camiseta albiceleste, pero él cree que pudiera tratarse de los hinchas enloquecidos por Argentina. Entonces el señor pregunta, casi grita: «¿Quién viene? ¿Messi?» Hay quien gira hacia él; le sonríen, pero el señor sigue de largo. Acá se juega otro partido. 

La gente ha salido del trabajo y ha llegado, apresurada, al Aeropuerto Internacional de Miami, que opera a diario unos 1 366 vuelos comerciales y transporta unos 151 mil 500 pasajeros a través de 91 aerolíneas y hacia 176 destinos de todo el mundo. Pero la gente reunida en la terminal D espera a una sola persona, una que arribará este sábado 18 de julio en el vuelo 2706 de American Airlines, proveniente de La Habana.

Todos están expectantes: la señora cubana que limpia las instalaciones del aeropuerto de unos 13 kilómetros cuadrados; la joven que atiende la casa de cambio de divisas y que apunta a la puerta con su teléfono celular para, si sale la persona a la que todos están esperando, poder tener fotos para enviarle a la familia; o el matrimonio que ya debe irse pero que alarga un poco más la estancia «por si llega de repente». Se cree que el avión aterrizará sobre las 5:11 de la tarde, pero en realidad debía haber tocado tierra casi tres horas antes.

Cubanos que esperan a Luis Manuel Otero en el aeropuerto de Miami / Foto: El Estornudo
Cubanos que esperan a Luis Manuel Otero en el aeropuerto de Miami / Foto: El Estornudo

«El vuelo tenía que haber llegado hace rato», dice Espy Loys, 60 años, quien ocupa un puesto de Fleet Service Clerk (o agente de servicio en tierra) en la compañía American Airlines. Espy entró a trabajar este sábado a las cinco de la mañana y terminó la jornada a las 2:30 de la tarde, pero por nada de este mundo piensa irse a su casa sin ver a esa persona salir del avión. «Las cosas que le dan alegría al exilio, uno las tiene que disfrutar», asegura. Tiene puesto aún el uniforme azul oscuro y no planea siquiera cambiarse de ropa, nada que le haga perderse el acontecimiento. Nunca ha tenido enfrente a esa persona, pero Espy no parece estar esperando a un desconocido, sino a alguien a quien quiere desde hace una o dos vidas. Supo de él alguna vez por las noticias que llegaban desde Cuba: se trataba de un chico carismático, recluido con casi una decena de amigos en plena crisis de coronavirus en su casa de la calle Damas de La Habana Vieja, dispuesto a morir de hambre o de sed, o simplemente dispuesto a algo.

«Esos jóvenes le devolvieron la esperanza a uno. Ellos pusieron la disidencia de moda», dice Espy, quien, en realidad, antes de hacerse ciudadana de los Estados Unidos y cambiarse el nombre, se llamó Esperanza, por eso el color verde limón del mini cooper en el que desanda las expressway de la ciudad para llegar al trabajo.

Después, Espy vio cómo al mismo joven que estuvo en huelga lo volvieron un preso político, tal como habían hecho con su padre, quien cumplió casi 20 años por proveer armas a los alzados del Escambray. «Tengo los recuerdos más tristes de la niñez», confiesa. Sus fotos de bebé tienen detrás las marcas de la cárcel, inscripciones escritas a mano de su madre indicando a qué preso de qué celda debían entregar las instantáneas de esa niña que era su hija. 

El padre de Espy también se fue luego al exilio, como otros tantos. Como Mario Chanes de Armas, dice ella, «uno de los prisioneros más longevos de Fidel Castro, que murió en un home en Hialeah, triste, solo, pobre». O como José Daniel Ferrer, quien llegó esta tarde de sábado a las instalaciones del aeropuerto de Miami con su esposa, la doctora Nelva Ismarays Ortega, y el hijo pequeño de ambos. A la doctora Nelva también se le ve ansiosa porque la persona aparezca, y hace una pregunta, a ver si alguien, por casualidad, puede responderle: «¿Habrá venido toda esta gente acá cuando nosotros llegamos?» Le dicen que sí, que probablemente más. En octubre del pasado año ella y su familia no eran los que esperaban, sino los que llegaban, como si esto se tratara casi de una carrera política de relevo. Un día estás siendo exiliado, y al otro día ya eres el exilio.

«Qué ganas tengo de regresar a Cuba», se le oye decir a Nelva, con los ojos aguados, pronunciando con facilidad y soltura una frase que cualquiera pudiera asumir como un agravio, como si a la gente a salvo no le estuviera permitida la queja. A Nelva le han contado que a varias de las personas deambulantes a quienes ella atendía en su casa de Altamira, en Santiago de Cuba, las encontraron muertas en la calle, o que los enfermos a quienes asistía no han vuelto a ser atendidos por nadie, o que la gente a la que dio techo el gobierno los despojó de la casa que, por derecho, le pertenece, y que las autoridades tienen ahora a su disposición. Hay quien incluso, en los últimos tiempos, le ha dicho a Nelva: «Deja que pasen tres años, que te vas a olvidar de Cuba». Ella no entiende cómo tal cosa podría suceder. 

Ha llegado más gente al aeropuerto. Algunos se saludan felices de encontrarse, colocando en un rostro real el nombre que hasta ahora solo habían visto en Facebook. Otros pasan, se detienen, siguen de largo o preguntan con curiosidad: «¿Quién viene? ¿Quién viene?» En el lugar se han dado cita algunos influencers cubanos; el periodista Mario Pentón, que tiene tantísimos seguidores; están los fotógrafos de las grandes agencias AFP o Getty Images, atentos para capturar la primera imagen que compren luego los medios de prensa de todo el mundo, y está también un señor que a cada rato se lamenta: «Vamos a ver cuándo a Trump le va a dar por invadir Cuba», refunfuña, como alguien que sabe que no le han cumplido la promesa que hace meses le hicieron. Una colombiana, que arrastra varias maletas, se asoma a preguntar: «¿Pero expliquenme quién viene?» A nadie le pesa explicar: se trata de un joven, artista, preso político, a quien el gobierno de Cuba detuvo por cinco años y ahora está expulsando al exilio. «¿Tú eres cubana?», quiere saber alguien. Ella responde que no y le dice: «¿Pero qué importa? Si todos somos lo mismo».

Según Espy, el vuelo ya tiene que haber aterrizado. Ha preparado un cartel con la foto de la persona, que reza: «El exilio te recibe con respeto y esperanza». Espy lleva 20 años trabajando en el aeropuerto, de los 30 que lleva viviendo en Miami, y ha visto tanto en ese lugar, ha visto, en realidad, demasiado. Hubo un tiempo, cuenta, en que la gente que llegaba de Cuba cargaba como único equipaje una jaba de la cadena de Tiendas Caracol. Espy lo evoca y se le cierra la garganta y se le congela la mirada. «¡El patrimonio era una jabita!», lo dice con desconsuelo, con la certeza de que la gente que llega con una jaba a Miami ha tenido que dejar, por fuerza, las cosas de toda una vida, sea nada o sea mucho. En una ocasión se topó con un tipo «muy simpático» que venía de La Habana y que le preguntó al salir del avión: «Oye, ¿dónde es que dan aquí los 700 dólares?» Se refería a la ayuda que el gobierno garantizaba a los recién llegados: 700 dólares para empezar en un mundo que dicen que se parece a Cuba, pero que en realidad, si nos ponemos serios, se parecen bastante poco.

Espy Loys espera a Luis Manuel en el aeropuerto / Foto: El Estornudo
Espy Loys espera a Luis Manuel en el aeropuerto / Foto: El Estornudo

Espy ha visto gente que llega llorando, gente que se despide rota, gente que apostó todo por Miami, o gente que dejó atrás a alguien que sabe que se va a morir pronto y, aun así, tiene que irse. Esos pasajeros siguen siendo, a pesar de todo, muy a pesar, gente afortunada, que llegó en avión y no se tiró al mar o a la selva. La propia Espy, después de abandonar Cuba hace tres décadas, regresó una vez por este mismo aeropuerto, con una visa humanitaria que le otorgaron para visitar en La Habana a su madre enferma de cáncer. Es el aeropuerto de la gente que a veces compra un vuelo para ir a un velorio, de la gente que se trae las cenizas en una cajita pequeña, que es como único han podido llegar algunos a ese sitio llamado Miami. Espy ha visto cómo el vuelo probablemente más rápido que opera en uno de los aeropuertos más importantes de Estados Unidos, el vuelo La Habana-Miami, es quizás el más definitivo. 

El vuelo de llegada a Miami es deprimente: la gente regresa con poco, a veces molesta, tremendamente disgustada, a veces vuelve con pesar, porque la lógica dice que hay que volver. El vuelo de salida hacia Cuba es mucho más caótico, de bultos casi siempre sobregirados de peso, de gente que quiere llevar en un viaje lo que la familia no ha podido agenciarse con el trabajo de una vida entera. Ese es el vuelo de las señoras empolvadas que guardan de su retiro para mantener a los hijos y a los nietos, o el vuelo de los hijos que crecieron lejos de los padres, o de los padres que van por una semana a remendar el tiempo irrecuperable con la familia. El aeropuerto ha sido un corredor de la desgracia de los cubanos, llevándola de aquí hacia allá, de allá hacia acá, en vuelos de casi media hora en que la gente se juega el tiempo de su existencia, un vuelo tan corto que solo la política ha podido engrandecer tanto. 

Ahora parece que sí, que el vuelo 2706 aterrizó. Con una capacidad de 128 pasajeros, hay solo un total de 59 asientos ocupados. Entre esos 59, está la persona que todos esperan. Ya lo saben los chicos de American Airlines. Desde que oyeron que el Gobierno de Estados Unidos aprobó un parole para que esa persona llegara a Miami desterrada, ellos han estado chequeando las listas de pasajeros con la ilusión de encontrar allí su nombre. La aerolínea American Airlines ejecuta: traerá desde Cuba a un preso político, como mismo hace tres años no dejó abordar en uno de sus aviones a la curadora y activista Anamely Ramos, en su intento de regresar a la isla. El destino de la gente sometida a las órdenes, primero de un gobierno, luego de una aerolínea. 

De momento sale un grupo de personas por la puerta en la que todos esperan, que para ese entonces está custodiada por agentes del Departamento de Policía de Miami-Dade. Se dice que la persona llegará y seguirá su camino hasta la Ermita de la Virgen de la Caridad, donde pretende hacer un performance restaurando la virgen que ha traído desde Cuba, una efigie rota que busca recomponer con paciencia, poco a poco. Como mismo le gustaría restaurar a su país. 

Hay un matrimonio que ha estado esperando la llegada, pero ya tienen que irse, se les hace tarde. «¿Te vas a quedar sola a ver a Alcántara?», le dice el esposo a la esposa, que ya va de salida. Casi al instante se oye un grito colectivo y aparece Luis Manuel Otero Alcántara, el artista, el activista político, el excarcelado, el pasajero del asiento 2D, el exiliado. Cuando pase un rato y salude a los amigos, se arrodillará en el carrito de equipajes, se tapará los ojos, sabrá que esto es una tragedia, se romperá a llorar.

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