El martes 8 de noviembre del 2016 yo aún no era votante, solo llevaba en este país dos años y apenas entendía la democracia. Nunca he seguido a líderes, más bien estaba harta de necesitarlos. Me imagino que sea el resultado de haber vivido 30 años en una dictadura, rodeada de consignas. Me parecía absurdo llegar a Estados Unidos y necesitar lo mismo. Cuando uno viene de Cuba, no sabe de economía, de crédito y mucho menos de libertad. Veía a la gente como loca, haciéndoles campañas a los políticos y endiosándolos también. Unas amigas me invitaron a su casa como si las elecciones fueran un gran suceso. La verdad, no me importaba nada. Fui solo para socializar. Todo me resultaba ridículo, ninguno de los dos candidatos me parecía digno, y estaba claro que a ninguno le importaba otra cosa que no fuera el poder, pero Donald Trump me parecía, por mucho, el peor. No sé por qué, desde ese día intuí que gobernar un país no era, en el fondo, algo que él se tomara en serio.
Y sí, ganó con el discurso antiinmigrante, con el muro que nunca levantó. En su mandato me convertí en ciudadana, y también padecí mucho para traer a mi hijo a Miami, porque Trump cerró la Embajada en Cuba y todo se atrasó hasta el punto en que necesité tener dos trabajos para ir a buscar a mi hijo a Colombia. En 2020 voté por primera vez. Era raro, porque no lo hice por alguien que quería para presidente. Mi voto fue en contra de Trump y del trumpismo, que es para mí algo mucho más terrible. Nunca tuve cargo de conciencia, a pesar de que sabía que Biden no lo hacía bien. Sin embargo, entendía que al menos algo estaba a salvo la democracia. El 6 de enero de 2021 sería la prueba de lo que vendría después, pero muchos no quisieron entender los signos y los avisos de aquel día.
En noviembre del 2024 volví a votar en contra de Trump. Entendí que cada vez que hubiese que escoger entre él y alguien más nunca cargaría con el peso de elegirlo. La gente me trataba de convencer, decían que era lo mejor para este país. Yo les pedía una sola razón y todos respondían con consignas de los actos revolucionarios. Por la economía, por el bolsillo, por la gasolina. Todos tenían un coro, y era que si la gasolina y la gasolina. En mi cabeza sonaba: «A ella le gusta la gasolina, dale más gasolina», y me imaginaba perreando en una disco aquel himno del reguetón. No obstante, nunca alcancé a creer que la gente realmente votara por un presidente por la gasolina.
Me sentía estúpida, y sola, muy sola, pero no pude hacer silencio. Que me atacaran se convirtió en el pan de cada día, y aprendí a contraatacar. Ahí entendí dónde los trumpistas recalcitrantes y conspiracionistas encuentran la verdadera gasolina, y yo, que me encanta el perreo más que a nadie, les llené el tanque gratis. Dicen los viejos dichos que las segundas partes nunca fueron buenas, y esta venía marcada con venganza. El rey no había sido escogido antes y volvía a cobrárnosla. Cuando trato de comprender de dónde viene mi desprecio, enseguida aparece la estela del dictador del que huí. Me daba pavor encontrarlo en otra persona.
El discurso de la izquierda y la derecha se rompió para siempre. Esta vez entendí que yo no soy una línea, ni un color, y que mucho menos puedo con muros. Debe ser que estoy marcada con la estrella del inmigrante desde los 12 años. Entiendo el racismo, el rechazo, se cómo se siente que te miren a la cara porque necesitan ubicarte en un pedazo de tierra que saben que no es la suya, o lo que significa no hablar bien un idioma, tener problemas de pronunciación y gramática. Eso me lo enseñaron los propios latinos. Nunca percibí el odio en ningún americano, siempre me pareció que ellos entendían que yo venía a contribuir con mi diferencia. Hasta que volvió a ganar el trumpismo.
Entendí que los latinos que votaron por Trump y que apoyaron los discursos de las deportaciones sintieron que ganaron algo porque otros iban a perder. Mi única arma contra el odio fue comprarme una gorra roja de «Fuck Trump», pintarme en las nalgas «Fuck ICE», escribir posts y hacer directas que al menos han logrado que no me sienta tan sola, tan derrotada en el mundo de los millonarios y la mediocridad.
Voy teniendo la razón, aunque ese triunfo no lo quería. Hubiese preferido mil veces perder y que no hubiesen ido a las casas a buscar a la gente honesta y trabajadora que siembra las fresas que se come mi hija; que no hubiesen ido a las cortes a llevarse a rastras a personas con procesos legales abiertos; que no violasen esos derechos; que no asesinaran a americanos dignos en la calle, impunemente, ante nuestros ojos. Ese día murió América para mí. Tuve la certeza de que ya nadie está seguro y de que, a pesar del discurso de nuestros derechos, en cualquier momento puedes ser tiroteado.

El país está roto. No existen los avengers para salvarnos, y sí una casta de millonarios pedófilos que son nuestros dueños. Ellos pueden decir quién se queda y quién se va. Si no les gusta lo que publicas, pueden ir por ti. Somos despreciables para ellos, y es una lástima que muchos latinos no lo entiendan solo porque tienen un pasaporte que les dice que sí son de aquí, como si todos los que están trabajando desde mucho antes no lo fueran. América habla de expedientes de millonarios cometiendo pedofilia, violaciones, canibalismo.
Me parece que esta nación se cae a pedazos bajo la consigna de Make America Great Again; palabras vacías estampadas en una gorra roja. El comunismo y el trumpismo se parecen demasiado, sobre todo por ese interés en apropiarse del color de las putas. Yo no me voy a dejar de pintar las uñas de rojo, ni los labios, ni me voy a dejar de vestir de rojo, porque ese no es el color de los comunistas ni de los trumpistas. Es el color de las putas, que no son más que mujeres libres y empoderadas, mujeres que creen en la libertad de sus cuerpos que nadie puede pagar.
En tiempos de trumpismo, he visto a gente votar en contra de la marihuana y enrolarse un cigarro y he visto a gente que hablan de moral conservadora mientras esnifan la cocaína en un plato. Sé de hombres que, después de tener mujeres que han abortado, dicen ser provida. También he tenido que escuchar el discurso de que la administración demócrata dejó entrar a la gente sin control. En eso sí tienen razón, la mayoría de los cubanos que conozco entraron en administraciones demócratas y ahora son trumpistas antiinmigrantes. Dicen que los pobres viven de las ayudas de los demócratas, mientras ellos cogen las ayudas que no necesitan y que solo reciben porque antes han mentido.
Tampoco reconocen el fascismo cuando Trump dice en televisión que va a sacar a los palestinos de Gaza y que nunca más podrán regresar porque él construirá resorts en esa tierra ensangrentada, para tapar el hedor y la memoria de tantos cadáveres. Vieron las películas del exterminio de los judíos, lloraron, pero no entendieron cómo la historia se repite. Para ellos resulta normal que el presidente de un país clasifique la sangre de las personas según su lugar de procedencia. Lo que sí nunca he escuchado del trumpismo es una palabra de humanidad. Insisten en que son cristianos, en que creen en Dios, pero yo estudié el Nuevo Testamento y sé que ninguno ha conocido la luz de Cristo. Debe ser que van a las iglesias a gritar versículos vacíos. Yo voy a envejecer con el orgullo de no ser cómplice de esta época, voy a enseñarle a mis nietos qué es realmente ser libre, y voy a gritar a los cuatro vientos los males del castrismo y del trumpismo. He entendido que el mundo no es tan grande para escapar, que los derechos humanos no se tocan y que no pueden limitarse a la rigidez de las fronteras. El poder en sí no tiene poder cuando todo lo humano se organiza para ajustarle cuentas.
