Una creencia popular dice que, en sus tiempos en la Sierra Maestra, cuando era el segundo al mando de la columna del Che Guevara, Ramiro Valdés era ya un intransigente comunista prosoviético. Y también que, mientras el resto de la tropa se dejaba crecer exuberantes barbas y melenas, él se esforzó por mantener el bigote y una pequeña barbita puntiaguda para parecerse a Félix Dzerzhinski, el temible fundador de la policía bolchevique (la Checa) durante el llamado Terror Rojo. De ser cierto ese rumor, aquella obsesión habría tenido algo de profética: cuando triunfó la Revolución, el comandante Ramiro se convirtió en el principal arquitecto de la Seguridad del Estado cubana, un complejo aparato de vigilancia y control social tan bien estructurado que aún hoy, cuando el país atraviesa la peor crisis de su historia, pareciera la única institución saludable del régimen.
Durante años, Ramiro Valdés y la Seguridad del Estado fueron el purgante que el castrismo usó para establecer y consolidar su cúpula; los dientes con los que la Revolución saturnina destrozaba a sus propios hijos antes de engullirlos. Héroes militares, políticos en ascenso y reconocidos intelectuales fueron despachados por ellos bajo acusaciones de sectarismo, espionaje, depravación o, simplemente, contrarrevolución. Con el tiempo, aquella bestia institucional ganó tanta fuerza que más de una vez se volvió contra su creador, pero Ramiro, habiendo ideado el mecanismo de la purga, se había vuelto inmune a sus efectos. En la historia de la Revolución cubana nadie fue tan resiliente como él. Nadie fue desplazado tantas veces para luego regresar al juego del poder como si nada.
Ramiro Valdés, el comandante de la Revolución que alguna vez fue el tercer hombre con más poder en Cuba, murió el pasado 21 de junio, a la edad de 94 años. Al momento de su muerte, la dictadura de la que formó parte se tambalea entre las presiones de Estados Unidos y sus propias ineficiencias, mientras se esfuerza por mutar en un capitalismo autoritario patrimonial al estilo de la Rusia pos soviética. Pero la Seguridad del Estado, el imbatible aparato represivo que creó, le ha sobrevivido, y quizá sobreviva también al ideal comunista de la Revolución.

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Ramiro Valdés estuvo en la génesis misma de la Revolución y participó en sus tres grandes hitos: el asalto al cuartel Moncada, el desembarco del yate Granma y la lucha guerrillera en la Sierra Maestra. Su aval, por tanto, era de los más completos dentro de la cúpula castrista, solamente comparable con los de Juan Almeida (fallecido en 2009), Raúl y Fidel Castro. Oficialmente, era reconocido como «comandante de la Revolución», un título que podría equipararse al de padre fundador. Pero eso no bastó para hacerlo un personaje querido o admirado entre los cubanos. De hecho, su figura casi siempre inspiró sospechas y terror, que es lo que suelen inspirar los hombres dedicados a sembrar sospechas y terror. A raíz de su muerte, el presidente Miguel Díaz-Canel escribió en sus redes sociales que el Día de los Padres (21 de junio) se nublaba «con el dolor de su partida». Pero es muy probable que la inmensa mayoría de los cubanos, que en secreto se referían a él como «Charco de Sangre» o el «Carnicero de Artemisa», no lo sintieran precisamente así.
Ramiro Valdés, más que gris, era un hombre tenebroso. Fue la hoz con que Fidel Castro segó a quienes resaltaban demasiado en el uniforme campo de su tropa de dirigentes, el gran inquisidor político y moral del régimen y, al mismo tiempo, el cerebro detrás de muchas de las exitosas infiltraciones de la inteligencia cubana en Estados Unidos. Una responsabilidad así exige ser discreto, de ahí que Ramiro evitara en lo posible los pronunciamientos públicos y las entrevistas.
«No me gusta ser protagónico», dijo en 2025 al medio oficialista Cubadebate, en una de las pocas entrevistas televisadas (y la última) que accedió a dar. Poco antes, algo molesto, explicó que si había aceptado conversar sobre su vida era solo porque le habían indicado que era un deber, una «tarea» más que debía cumplir en favor de la Revolución.

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«Yo simpatizaba con los soviéticos, con la Revolución rusa y las proezas del Ejército Rojo», dijo una vez, pero nunca aclaró en qué momento exacto de su vida se volvió un comunista contumaz. No hay evidencias de que lo fuera antes de los 21 años, cuando era apenas el hijo de una pareja humilde de asturianos emigrados, que dejó los estudios en la secundaria para ganarse la vida en Artemisa, un municipio al este de La Habana. Tampoco parecía serlo cuando se unió al grupo de jóvenes que poco más tarde, en julio de 1953 y bajo el mando de Fidel Castro, intentarían asaltar el cuartel Moncada, la segunda fortaleza militar más importante del país. De su pueblo, Artemisa, salieron la mayoría de los participantes en esa acción, pero solo él sobreviviría a las distintas etapas de la lucha armada y a los primeros años de pugnas intestinas de la Revolución.
En el exilio en México, luego de ser levemente herido en el Moncada y haber compartido la suerte de los sobrevivientes en el presidio, ya se lo puede ubicar, junto con el Che y Raúl, como parte de un pequeño sector filocomunista dentro del círculo de confianza de Fidel. Ramiro fue expedicionario del yate Granma, salió ileso de la carnicería ocurrida tras el desembarco (diciembre de 1956) y se alzó en la Sierra Maestra. Hasta entonces, a pesar de estar junto al líder de la guerrilla desde el inicio, no había sido premiado con una alta responsabilidad. De hecho, en la Sierra fue designado subalterno del Che, a quien Fidel había conocido menos de tres años antes en la capital mexicana, y quien ni siquiera era cubano.
Su momento de destacar no llegó hasta enero de 1959, cuando el Ejército Rebelde entró en La Habana. A partir de entonces, Ramiro comenzó a trabajar incansablemente en la creación de un aparato represivo que, aun cuando la Revolución no había aceptado todavía su rol de satélite soviético, comenzaba a parecerse demasiado a la Checa de Dzerzhinski.

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Carlos Franqui, director del periódico Revolución y figura clave de la propaganda guerrilla y del gobierno revolucionario en sus primeros años, identificaba a Ramiro Valdés como parte de una «comandancia comunista de línea dura» junto con Raúl Castro y el Che Guevara. Eso no significa que entre las fuerzas que derrotaron al dictador Fulgencio Batista no hubiera comunistas, incluso prosoviéticos, como los miembros del Partido Socialista Popular. Sin embargo, aquella tríada gustaba marcar sus diferencias con el resto: ellos habían luchado en la Sierra, los otros no.
Pero incluso este pequeño grupo comunista llegó a tener diferencias entre sí: mientras al Che lo movía un fanatismo idealista, a Raúl lo movía el poder y a Ramiro, su personalidad paranoica y una impasible «mentalidad policiaca». Franqui señala que, desde los primeros momentos de la Revolución, Raúl, con la ayuda de Ramiro, movió los hilos para desplazar del poder a aquellos que no veían con buenos ojos el rumbo comunista del gobierno. Y que años después harían lo mismo incluso con los comunistas de vieja guardia. Se supone, por ejemplo, que ambos instigaron la falsa idea de una conspiración contrarrevolucionaria por parte del comandante Huber Matos, uno de los líderes militares más prestigiosos de la lucha contra Batista, que se encontraba en la provincia de Camagüey. Aquellos hechos desembocaron en la captura de Matos, que fue condenado a 20 años de prisión, y con la desaparición de otro comandante revolucionario (y no precisamente comunista), Camilo Cienfuegos, quien supuestamente murió en un accidente aéreo cuando regresaba a La Habana, tras capturar al insubordinado.
«Valdés era un acomplejado, feo, impopular, silencioso, corrompido, como casi todos los moralistas», escribió Franqui de Ramiro. Y también que con los exbatistianos que no fueron fusilados en juicios sumarísimos y los primeros opositores de la Revolución prefería usar la tortura psicológica antes que la física: «oscuridad, frío, calor, aislamiento, amenazas de fusilamiento».

Para estructurar ese aparato represivo que era la Seguridad del Estado, Ramiro Valdés viajó a varios países comunistas en busca de consejo. Decía el escritor cubano Guillermo Cabrera Infante que esos viajes lo llevaron a China en 1963, específicamente a Shanghái. En el documental Conducta impropia (Néstor Almendros y Orlando Jiménez Leal, 1984), Cabrera Infante asegura que allí se entrevistó con el alcalde para preguntarle cómo resolvía el problema de la homosexualidad. Shanghái, la «capital occidental» de China, durante años había sido muy laxa con los homosexuales; sin embargo, el alcalde le dijo al cubano que allí no tenían «ese tipo de problemas». Según el dirigente chino, cierta vez, durante una fiesta tradicional que muchos homosexuales aprovechaban para congregarse en un parque cercano a un río, varios comunistas se aparecieron allí con estacas, los mataron a todos y los lanzaron al agua. La imagen de los cuerpos flotando por la ciudad fue suficiente para que la homosexualidad fuera barrida de Shanghái. De regreso a Cuba, decía el escritor cubano, Ramiro Valdés compartió esta historia entre otros militares castristas, y dijo: «me parece una solución bestial, pero es una solución».
Lo primero que hizo el «moralista» de Ramiro Valdés fue organizar violentas redadas contra lo que él entendía que eran degeneraciones inaceptables en la Cuba comunista. Las llamó Operación P, porque se supone que estaban dirigidas contra prostitutas, pederastas y proxenetas, aunque casi siempre iban de golpear y apresar homosexuales. Contaba Carlos Franqui que cierta vez fue a quejarse con Fidel Castro porque en una de aquellas redadas policiales salió muy mal herido el poeta y dramaturgo cubano Virgilio Piñera, pero al llegar a donde el líder barbudo, lo encontró bromeando junto a Raúl y Ramiro. Este último les contaba de los consejos que había recabado de los órganos de seguridad soviéticos, chino, vietnamita, checo y alemán para tratar a los homosexuales: «los fusilamos, veinte años, campos de concentración, trabajos forzados».
Finalmente, el jefe de la Seguridad del Estado cubana optaría por métodos menos escandalosos: los campos de concentración y los trabajos forzados, dos «castigos» que tomarían forma en las conocidas Unidades Militares de Apoyo a la Producción (UMAP).
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Entre 1961 y 1968 Ramiro Valdés diseñó, como ministro del Interior, el Departamento de la Seguridad del Estado y la Dirección General de Inteligencia, instituciones opacas pensadas para reprimir con eficiencia cualquier crítica contra el régimen. Ambas eran altamente efectivas y profilácticas, y funcionaban a través de las intrigas, el miedo y cierta idea de omnipresencia sembrada en la ciudadanía: cualquiera podía ser un agente encubierto, incluso la persona más cercana a ti podía delatarte. En palabras del propio Ramiro: «No había nadie que se moviera que la seguridad no lo supiera».
Pero en 1968 fue separado sorpresivamente de su cargo. Según Norberto Fuentes, escritor y periodista cercano a la cúpula del régimen (y luego exiliado), su destitución tuvo que ver con intrigas en la corte castrista, donde el advenedizo general José Abrantes logró ganarse las simpatías de Fidel y que la relación de este con Ramiro se enfriara. Durante décadas, si hacemos caso a Fuentes, la relación entre Ramiro y Abrantes —cuyo hermano, comandante de la Revolución, falleció como Camilo Cienfuegos: en otro accidente aéreo en 1959— fue una de las pugnas más fuertes a lo interno del régimen. Pero la destitución del experimentado comandante (reemplazado por Sergio del Valle) no significó el fin de la carrera política, pues Raúl Castro se apresuró a nombrarlo viceprimer ministro de las Fuerzas Armadas, su mano derecha.
Durante la segunda mitad de los setenta, Ramiro Valdés fue recuperando terreno. En 1976 fue nombrado vicepresidente del Consejo de Estado y de Ministros, y en 1980 lo ascendieron al cuarto lugar dentro de la nomenclatura del Partido Comunista de Cuba (PCC). Además, en 1979 recuperó su puesto como ministro del Interior. El arquitecto de la Seguridad del Estado volvía a tomar las riendas de su creación.
En 1986, Fidel Castro inició un proceso de reformas económicas llamado Rectificación de Errores y Tendencias Negativas, mientras en la URSS Mijaíl Gorbachov «reestructuraba» el socialismo soviético a través de la glásnost y la perestroika. Curiosamente, Ramiro Valdés, acérrimo comunista de corte estalinista, fue separado ese año de todos sus cargos. Y más curioso aún resulta que, en su lugar, fuera designado el general José Abrantes.
Ramiro Valdés fue apartado del ojo público hasta 1997, cuando Fidel Castro le ordenó dirigir la búsqueda de los restos del Che Guevara, que había sido asesinado en Bolivia en 1967 y cuyo cadáver fue escondido por sus ejecutores. Ramiro regresó a Cuba con el cuerpo de su antiguo jefe y camarada comunista, y en 2001 le fue entregada la orden de Héroe de la República de Cuba, un claro signo de reivindicación política. Una vez más, había sobrevivido a la posibilidad de una purga. Para entonces, el general José Abrantes, su supuesto rival, era apenas un recuerdo. En 1989 fue destituido como ministro del Interior y condenado por los delitos de negligencia en el servicio, abuso en el cargo, uso indebido de recursos financieros y ocultamiento de información importante al gobierno de Cuba. Dos años después murió en prisión a causa de un infarto.
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A partir del año 2000, Ramiro Valdés no haría más que escalar en la cúpula política del castrismo. En 2003 regresó como miembro del Consejo de Estado y en 2005 le entregaron el ministerio de la Informática y Comunicaciones. Como jefe de esta cartera, su trabajo fue más que mediocre y estuvo marcado por su reticencia a la apertura del país a las infocomunicaciones, las cuales comparó con un «potro» que primero debía «ser dominado». Cuatro años más tarde, con el retiro de Fidel Castro y el ascenso de Raúl a la presidencia, fue nombrado vicepresidente del Consejo de Ministros. Jamás volvería a hacerse cargo del Ministerio del Interior, pero hay quienes aseguran que el régimen siguió explotando su experticia en labores de inteligencia. En 2010, cuando los vínculos entre La Habana y Caracas vivían sus mejores momentos, Hugo Chávez lo designó al frente de una supuesta comisión técnica cuyo objetivo era detener la crisis energética venezolana. El creador del aparato represivo de un país en eterna crisis energética estaba en Venezuela, una potencia petrolera, para resolver «problemas eléctricos». El hecho, por supuesto, levantó sospechas entre la oposición antichavista.
Entre 2011 y 2019, Ramiro llegó a las altas esferas del Comité Central del PCC, solo por debajo de Raúl Castro y José Ramón Machado Ventura, otro veterano de la Sierra Maestra que, por un tiempo, combatió a las órdenes del Che Guevara. En cierto modo, era el tercer hombre más poderoso en Cuba. Y cuando Raúl se retiró de la política para entregar, al menos oficialmente, el mando a una nueva generación (comandada por Díaz-Canel), pasó a ocupar la silla de viceprimer ministro de la República.
En sus últimos años, el nonagenario comandante era solo una sombra de lo que fue. Apenas aparecía en televisión y desde finales de 2025 muchos cubanos especulaban sobre su posible hospitalización. A veces, incluso, se rumoraba que en realidad ya había muerto. El temor que infundía su presencia también desapareció. Durante las protestas populares de julio de 2021, un video lo muestra intentando aplacar sin éxito la furia de un grupo de manifestantes que le gritan: Asesino. Pero si su tenebrosa leyenda dejó de ser temida, su legado no: el mecanismo antropófago que creó sigue siendo el sostén de la dictadura a la que dedicó su vida. Ramiro Valdés, de alguna manera, cumplió su misión.
