Amelia Calzadilla y la fundación del Partido Liberal Ortodoxo Cubano

Es posible que Amelia Calzadilla sea la mejor oradora de la nueva oposición cubana. Desde el video que la hizo notoria, hasta su reciente y encendida arenga frente a la Embajada de Cuba en Madrid, Calzadilla ha crecido como figura de oposición no por lo que ha dicho, sino por cómo lo ha dicho. Pero en política hablar bien no es suficiente. Con todo y Filípicas, Demóstenes no pudo evitar la caída de Atenas ante los macedonios.

Hace unos días trascendió la noticia de la creación del Partido Liberal Ortodoxo Cubano. Según palabras de la propia Calzadilla en su reciente streaming en Youtube, se creó de una manera «casi atropellada». También dijo que a su «proyecto se unirá gente muy valiosa», y que de ese «conflicto de ideas, de ese “brainstorming”, surgirán ideas muy válidas y muy buenas». Es decir, que las ideas vienen después.

Saltan varias interrogantes. No se trata de exigir un «rey filósofo», se trata de comprender que toda tradición se asienta sobre hombros de gigantes. Calzadilla promete que «va a estudiar», pero, ya que ha concebido un partido, ¿sabrá Amelia Calzadilla qué es el liberalismo? ¿Conocerá a los clásicos, las bases fundantes de esta doctrina política, económica y social? ¿Sabrá algo, por cierto, de la tradición liberal cubana? ¿Habrá leído a Locke, Mill, Montesquieu, Mañach o Roberto Agramonte? A juzgar por lo visto, es presumible que no, tal como es presumible que Calzadilla usa el liberalismo como quien echa mano a una herramienta. Es haber mirado al segmento de la derecha en una de esas gráficas del espectro político —siempre reduccionistas, cuando no inoperantes—, y elegir un color y una etiqueta. Esta es la hora en que los liberales cubanos extrañan a Carlos Alberto Montaner, figura que encarnaba la tradición a cabalidad, tanto que terminó decidiendo sobre su vida.

Por otro lado, el nombre es largo, cuadrado, bastante olvidable, de mal gusto. Recuerda a los partidos que proliferaron en los albores de la República, que carecían de ideología y se diferenciaban apenas por un adjetivo en sus profusos nombres. Y no solo el neonato PLOC se les asemeja en esto, sino en que será un partido de base minúscula. Ningún indicio hace pensar que tendrá un destino diferente de aquellos primeros partidos; absorbidos por otros en el mejor de los casos o, simplemente, esfumados al poco tiempo.

El «descubrimiento» de la política por los cubanos que ponen un pie fuera de la isla es, a falta de mejor calificativo, un fenómeno curioso. En su streaming, Calzadilla repite decenas de veces que salir de Cuba fue la «mejor decisión» que pudo haber tomado. Que gracias a ello tuvo la posibilidad de ver «cómo funciona el mundo», estudiar, dedicarse por entero a la causa cubana y reunirse con, ojo, unos «genios» que la acompañarán en su andadura política. Anuncia que va a comenzar un máster y cita nada más que a José Ángel Buesa. Asimismo, hace especial hincapié en nuestra «madurez» como sociedad civil. ¡«Qué bueno» que nos preguntemos «por qué su partido es liberal» —y ortodoxo!

La huida de Yunior García y el descalabro de Archipiélago debieron bastar para que la oposición cubana comprendiese, de una vez, que la política hay que hacerla en el terreno y se fundamenta en el trabajo con la gente. Calzadilla manifiesta haber sentido una «ausencia de propuestas políticas» cuando vivía en Cuba. ¿Por qué no fundó su partido en La Habana? No es una exigencia, es solo otra pregunta… Es fácil, superficial, remitirse al carácter ilegal de esta acción. «La maquinaria estatal y sus órganos represivos no lo permiten». Pero, considerando que hablamos de un cambio radical del estado de cosas, es plausible considerar: ¿ha sido permitida alguna actividad de esta naturaleza a lo largo de la historia, bajo cualquier régimen autoritario? Hacer política es pagar el precio por ello, y provocar un cambio de esta magnitud es asumir la disposición de pagar el más alto de los precios. No es épica, es lo que la historia demuestra.

Aunque no figure en la ley, los cubanos tenemos el derecho moral y la necesidad de asociarnos dentro del país. No hay que pedir permiso. El imaginario cubano ha convertido a la Seguridad del Estado en el vigilante permanente de un panóptico. No lo es. Tal panóptico no existe, y aun si existiera su vigilancia no sería omnisciente.

Cuba vive una situación desesperada, pero esto no se traduce necesariamente en un debilitamiento del poder. Si el régimen cubano es capaz de sostenerse es, entre otros motivos, por el accionar de esa «máquina». Hay quien pudiese alegar el hecho de que, en la actualidad, nadie quiera pertenecer al Partido Comunista ni a las filas de la Seguridad del Estado. Es conocido que el PCC sufre un déficit de cuadros, pero ¿cuándo ha necesitado una gran cantidad de ellos para ejercer el poder? Basta recordar el ascenso de Díaz-Canel, a quien Raúl Castro se refirió como «el único sobreviviente de su generación».

La oposición debería concentrar sus esfuerzos en empoderar a una sociedad civil que se encuentra desplazada de las decisiones políticas y aquejada de un sufrimiento sin nombre; no en lanzarle guiños con el mar y el teléfono de por medio y delegar toda esperanza en Trump y Rubio. Poco o nada logrará si no es capaz de salir de las orillas, elevar el nivel de la política y ejercer un contrapoder efectivo. Horadar la red que el poder ha tejido hasta destruirla. En consecuencia, toda iniciativa debe ser seria, de bases firmes y con claridad en su alcance, de modo que se pueda edificar una alternativa real —aun con la acumulación de pequeños esfuerzos— acorde con lo que el país necesita y con la fortaleza del adversario. La fundación del Partido Liberal Cubano Ortodoxo y el ruido que ha acarreado es seña de lo burdo, lo rústico de la política cubana. Queda la impresión de que la oposición continúa mordiéndose la cola.

Mientras tanto, esperamos el 19 de mayo, día elegido por Calzadilla y compañía, «con motivo de la caída [en combate] de José Martí» —pues la mayoría de sus miembros tiene «como paradigma la figura del Maestro»—, para dar a conocer las directrices del partido. Martí sigue condenado al eterno zarandeo. Nada nuevo bajo el sol caribeño.

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Miguel Montero
Miguel Montero
(San Isidoro de Holguín, 1994). Escritor. Máster en Historia y Cultura Cubana, y profesor de la Universidad de La Habana. Tiene publicada la novela Obras mayores y menores de Arsenio Pérez la O (Premio Aldabón, 2021). Actualmente reside en el barrio de Colón, Centro Habana.

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1 COMENTARIO

  1. Certera valoración, no por cáustica menos cierta. Válida en Madrid, en Miami, donde sea… No creo que nadie difiera: Es dentro de Cuba donde tiene mayor valor el enfrentamiento al castro-comunismo.

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