Por los extraños pueblos: Velasco

«No es por azar que nacemos en un sitio y no en otro, sino para dar testimonio.»

Eliseo Diego. Por los extraños pueblos

A veces, cuando no puedo dormir, pienso en el pueblo donde crecí. En las personas que vivían allí, en cómo hablaban y se vestían, en sus casas. Pienso en el piso ajedrezado de la iglesia católica, en los framboyanes del parque, en la cancha de básquet, en el cine donde compré mi primera papeleta.

En el centro de la Avenida 26, la única calle del pueblo, frente a la Logia de los masones, había un busto de Antonio Maceo. La pátina cubría al busto dándole ese verdor triste de las estatuas, y a sus pies siempre tenía una corona de flores. Yo pasaba todas las tardes y metía la mano en la corona para robar un girasol, una rosa, lo que agarrara mi mano de seis años.

Frente a mi casa quedaba el Casino Central, y sobre el Casino la radio base que anunciaba las noticias, los temporales. Allí siempre olía a montería de cerdo y pizzas recién sacadas del horno. Mi madre me contaba que cuando ella era una muchacha, también había un tocadiscos, en los ochenta. «Y podías pedir la canción que quisieras a cambio de una moneda». La barra de cinco metros hacía una curva, con su canal para botellas de cerveza. Ya no funcionaba la canal, fue perdiendo el nivel con las décadas y las sucesivas capas de pintura roja.

Cada vez que pasaba un tractor o un camión de carga por la Avenida, mi casa y el casino quedaban dentro del polvo, mi casa, el casino, y los caballos atados a las columnas del portal de la farmacia. El polvo evanescente lo poseía todo de pronto y hacía lucir al pueblo como un rincón sacado de Texas.

En la salida que buscaba los campos de Calderón, a orillas del puente del Río Mano, y justo antes de pasar el viejo algarrobo, los hombres iban a lavar sus camiones y bicicletas. Mi padre a veces me llevaba por ahí, y los carros, metidos en el río, dejaban iris flotantes que se volvían azules, verdes y rosados, retorciéndose entre los lotos en flor. Las magias del petróleo entre las aguas. 

Había un puente de metal, que parecía dibujado. Era finísimo y quedaba a una altura mortal del río. Las carreticas y las volantas lo pasaban haciéndolo temblar, y uno sabía, ya estando a kilómetro y medio del puente, si un caballo estaba pasándolo, o una bicicleta. Las barandas eran cascabeles entre los surcos de frijol negro y las sabanas.  

A veces, yendo por ahí, uno veía a una mujer muy hermosa. Estaban sentadas frente a sus casitas de tablones de palma, secándose el pelo al sol, o te saludaban con la mano, o te regalaban un sombrero de ciruelas maduras. Una vez, yendo al Recreo, mi padre se detuvo en una casa y pedimos agua y nos dieron. Mi padre se sentó a descansar y yo correteé bajo los molinos y el granero. Del granero salían risitas, y entré. Varias mujeres estaban tejiendo el ajo, trenzas y trenzas, como escondidas. Escogían de los sacos de yute las cabezas más grandes y las metían en las hileras doradas, retorciéndolas, sacándole el polvillo rojo que le queda al ajo que crece bajo tierra. Las custodiaba un bull terrier echado y el olor de los fumigantes. Y yo me acerqué a una muchacha rubia, de ojos azules, que estaba haciendo una ristra con las mejores cabezas de la cosecha, la ristra del dueño, seguramente. Me le acerqué y le dije: «No deberías tejer ajos con esos ojos tan bellos». Y como yo era una niña, todas las mujeres se echaron a reír como gallinas.  

En la esquina que ponía fin a la Avenida de Velasco, frente a la calle del cementerio, vivían mis tíos y primos, casi en la misma esquina del antiguo paradero. Ya no pasaban los trenes hacía años. Y del paradero solo quedaban unas letrinas sin techo y la tarima, donde íbamos a jugar por las tardes. Por ahí estaba también la última bomba de gasolina, que se quedó olvidada, quizá, con los números de la última venta. 

Nueve con noventa y nueve.

Trece con cuarenta y cinco.

En el patio teníamos un anoncillo y un copal y un pozo donde nadaba un pez naranja. Colindaba con otros patios, donde crecían otros anoncillos y otros árboles. Olían a humo los patios, y en los cordeles, las sábanas estampadas en flores ondeaban entre el viento de las tardes, dejando la tierra mojada, y un suave olor de jabones. Yo solía brincarme las porterías para espantar gallinas y husmear en casa de los vecinos, en los patios de los negocios y tiendas cercanas. En el patio de la farmacia siempre quedaba algún gavetero antiguo, oloroso a alcanfor y eucalipto. Y en el patio de la tienda de ropas, había un estanque del siglo pasado lleno de peces gatos que asomaban de a diez si caía una sola hoja al agua. Y una vez, hurgando en uno de esos patios, abrí la puerta cerrada de un granero, usando como palanca una escoba de yarey.

Dentro, entre las vigas, colgaban rastrillos y monturas, faroles polvorientos y tijeras de jardín. Y algo que sigue, veinte años después, siendo una belleza en mi memoria.  Estantes de cedro llenos y llenos de libros. La soledad sublime de una biblioteca.

A veces, cuando no puedo dormir, pienso en el pueblo donde crecí. En las personas que vivían allí, en cómo hablaban y se vestían, en sus casas…

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Katherine Perzant
Katherine Perzant
Ha sido funambulista y chainsmoker. Como el Paterson de Jarmusch, escribe poemas que nunca publica. Posee una debilidad alarmante por los puentes y las boyas. La toman, tan a menudo por extranjera, que se siente así en todas partes. Quisiera creerle a Issa, que le sobrevive, le sobrevive a todo, la frialdad.

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1 COMENTARIO

  1. Tu escrito me llamó la atención y busqué información sobre Velasco. No hay mucha, pero para aprendí que para la década del 50 del siglo pasado, ya se le conocía como el «granero de Cuba» por su abundante producción agrícola. Y que hay una edificación de arquitectura impresionante, conocida como el Palacio de Velasco, que aparentemente fue la sede de un centro cultural. Un placer leerte. Saludos.

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