Recuerdo que la Calle Martí, centro mismo de la ciudad de Pinar del Río, parecía una gran avenida, atravesada por el famoso «Malecón sin agua» que divide ambas aceras y hace converger varios negocios, tiendas, fondas y timbiriches. La ciudad no tiene boulevard, pero caminar el domingo por la Calle Martí se volvía un continuo saludo, todos coincidían en fines de semana cualesquiera sin mayor preocupación. Por suerte, Viñales nos queda a treinta minutos, siempre hay forma de escapar.

En la esquina norte, el antiguo Hotel Comercio, edificio Art Nouveau que sobrevive al tiempo apuntalando sus ruinas. Par de cuadras más abajo, el Palacio de Guasch, una de las primeras joyas del eclecticismo en América Latina, emblema de la provincia, recién restaurado gracias a ciertos negocios millonarios de los que nadie tiene constancia, aunque sean de interés público.

Pasan los años y lo que un día parecía inmenso se transforma en callejón estrecho, donde ya es difícil hasta transitar. Marcha lenta y angustiosa. En la Calle Martí, un silencio inexpresivo, imperturbable, que casi siempre antecede a las catástrofes. Señores callados y serios llenan un par de tiendas, las que quedan, por monedas que no existen. Recorrer la pequeña ciudad en la que naciste y comprobar que no conoces a nadie, oír a tus amigos repitiendo la misma frase: «¿Cuántas despedidas aguanta un cuerpo?».

Pero enero significa retorno, salvando el remanente de un diciembre siempre nostálgico. Días en que nos reunimos los que aún estamos, los que logran llegar.

La Habana se ha vuelto una ciudad triste. Un fin de semana es suficiente para notar que todo ha cambiado de una forma muy particular: no es que los jóvenes seamos menos, que lo somos, ni que los lugares tradicionales hayan desaparecido, sino que en la noche han florecido los sitios caros, fuera del rango del bolsillo común. Entonces, ¿qué se puede esperar de una ciudad como Pinar del Río? «La Cenicienta desventurada», reza su propio himno, consciente de los infortunios que hacen de ella una ciudad en que no hay nada que ir a buscar.

Es domingo y subo la Calle Martí. Apenas puedo saludar, apenas un par de rostros conocidos. Nada es como antes, excepto los personajes que pernoctan por ahí desde siempre. Todas las provincias tienen su propio Caballero de París. 

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A la sombra del Parque de la Independencia, mirando detenidamente la hermosa herrería de la casa de Pedro Pablo Oliva y el cartel que aguarda en su puerta —«Prohibido terminantemente dejar de soñar»— me embarga cierta serenidad. Por la glorieta central atraviesa el cordón de mis antepasados, insólitas genealogías. «Ya no es antes, eso debería bastar».

El año nuevo, pintoresco y comercializado, se vuelve un espectáculo para quien viene poco. La ciudad es un animal moribundo. ¿Qué puedes esperar de un lugar donde nadie quiere permanecer?

Llego a uno de los pocos cafés que quedan. El menú, en euros. La muchacha me ofrece un cambio treinta pesos por debajo de la tasa del día. Me pido un café y escucho la música que se repite en todas las esquinas de la ciudad. El café que podría tomarme en diez minutos equivale a dos días laborales de un médico cualquiera. Lo estiro para que dure lo suficiente como para esbozar una nueva idea. Luego podré retirarme. 

Un café equivale a dos horas de trabajo de la mesera que me atiende. 

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Pongamos la espalda desnuda sobre el bosque frío de Viñales. Esperemos a que el sol se esconda tras el mogote del patio. Vámonos a pasear por la tierra de los mejores atardeceres; el agua de los valles calma cualquier dolencia.