«Tú en Cuba no vas a hacer ciencia». Testimonio del científico y activista político Oscar Casanella

    Mi nombre es Oscar Antonio Casanella Saint-Blancard. Pero, bueno, en las redes, Oscar Casanella es como se me conoce. Soy científico. Estudié Bioquímica en la Universidad de La Habana, y estuve trabajando 12 años en el Instituto Nacional de Oncología y Radiobiología [INOR] porque me apasiona la investigación del cáncer. Y, bueno, he devenido en activista, sin proponérmelo, por el simple hecho de defender mis derechos laborales y mis derechos humanos.

    En mi trabajo en el Instituto Nacional de Oncología, una de las cosas buenas que tenía es que no tenía prácticamente rutina, porque en el Oncológico no había muchos recursos. No sé ahora cómo estará la situación, pero en aquel momento era prácticamente imposible investigar única y exclusivamente con los recursos del Instituto. Entonces yo tenía que colaborar tanto con la Universidad de La Habana como con varios centros del Polo Científico del oeste [de La Habana]. Y, bueno, […] la docencia, que es el otro trabajo que yo hacía —digamos, para satisfacción espiritual porque […] de estos trabajos yo no vivía; la economía no dependía de estos trabajos. La docencia me llenaba mucho porque no solamente me gusta […] enseñar, sino [porque] los estudiantes […] se convertían después de terminar el curso en colegas de trabajo, o incluso amistades.

    No me consideraban un investigador promedio, sino que yo era destacado; no solamente por las obtenciones de las becas —que eran becas excelentes—, sino porque, además, delegaron en mí varias funciones. Fui secretario ejecutivo del Fórum de Ciencia y Técnica de todo el Instituto, y desarrollé varias actividades dentro del departamento que eran, digamos, grandes responsabilidades. Y además tenía, por supuesto, la puerta abierta para colaborar en los centros del Polo Científico.

    Entonces en la Facultad de Biología yo impartía Inmunología, pero también, después, comencé a impartir una asignatura que se llamaba Diseño Racional de Fármacos, en donde yo enseñaba un poco de programación en R y trabajo de bioinformática que había aprendido en mi beca en Suiza. Todas estas actividades eran de conocimiento de mis compañeros, tanto en el Oncológico como en la Facultad de Biología de la Universidad, donde mis relaciones eran excelentes también y me sentía querido tanto por los profesores como por los estudiantes. O sea, que no tenía ningún problema y ni siquiera era un trabajo promedio, sino que mi actividad sobresalía; sobre todo, en la Facultad de Biología porque lo hacía gratis, y los colegas de trabajo sabían que yo, sin cobrar un centavo, durante diez años estuve impartiendo esas dos asignaturas.

    Bueno, a pesar de que todo iba muy bien profesionalmente, y que no había ninguna justificación para, digamos, que yo recibiera algún tipo de sanciones y que sufriera acoso laboral, pues hubo un punto de inflexión en diciembre del 2013. Fue, desgraciadamente, en mi opinión, por un mal trabajo de ese órgano que se llama Seguridad del Estado. Porque mi mejor amigo estaba fuera de Cuba; me llama desde el exterior, me dice que viene —mi amigo Ciro Javier Díaz Penedo, matemático, pero también miembro del grupo Porno para Ricardo, un grupo que es contestatario—, y él me llama y me dice: «Llego a Cuba…» —creo que era el 5 o el 6 de diciembre—, y yo le dije que le iba a hacer una fiesta de bienvenida. Y al llamar a varias amistades que teníamos en común… —opositores y no opositores, o sea, había de todo tipo de personas; pero, bueno, al parecer la Seguridad del Estado pensó que esa no era una simple fiesta de bienvenida, sino que era otra cosa; no sé qué es lo que les habrá pasado a ellos por la mente. Lo cierto es que al otro día —la llamada de mi amigo fue un miércoles—, el jueves, yo tenía a las nueve de la noche cuatro personas tocándome la puerta e intimidándome: diciéndome que yo no podía hacer la fiesta a mi amigo, y que si la hacía pues iba a sufrir serias consecuencias. Yo les dije que sí la iba a hacer. Y luego me encuentro que esto ocurre, esas mismas intimidaciones, en todos los lugares. En el Oncológico también ocurrió, e incluso en la Policía, cuando yo fui a poner la denuncia [contra] estas personas vestidas de civil que fueron a amenazarme, fue al revés: terminé yo siendo interrogado y amenazado nuevamente por los propios policías. Entonces ahí comenzó todo. Y mi jefe en el Oncológico, el vicedirector de Investigaciones, Lorenzo Anasagasti Angulo, pues me destituyó. Me dijo: «Ya no vas a ser el secretario ejecutivo del Fórum de Ciencia y Técnica; ya no te vamos a permitir colaborar con los centros del Polo Científico, o sea, ya no vas a poder participar en proyectos de investigación con el Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología, ni con el Centro de Inmunología Molecular; ya no vas a…». O sea, prácticamente, me dejaron como si fuera un objeto decorativo dentro del Oncológico, sin derecho ni a la conexión [a Internet]: cuando empezaron a ponerle internet a los investigadores, yo que hacía bioinformática, o sea, que estaba especializado en algo que era donde más se justificaba el uso de Internet, pues […] no me daban acceso a Internet. Me prohibieron incluso impartir clases a los residentes en Oncología. Bueno, fueron tres años de obstáculos; fue un cúmulo realmente de cosas. Y lo que me decía a cada rato esta persona, Lorenzo Anasagasti, era: «Pide la baja y vete porque yo no te voy a dejar hacer ciencia. Es más, que tú en Cuba no vas a hacer ciencia».

    Lorenzo Anasagasti [GRABACIÓN ENCUBIERTA]: Yo acabo de llamar al G2. Si hay que Botarte, el primero que lo va a hacer soy yo, ¿ok? Cuando llegue el momento, cuando llegue, yo te mando a buscar, y hablaré contigo.

    Pero, bueno, nada, así estuve reclamando mis derechos laborales desde el 2013 hasta mediados 2016, cuando me expulsan. Los argumentos fueron dos. Uno fue una supuesta falta de respeto al oficial del MININT [Ministerio del Interior] que atiende el INOR: […] yo diciéndole a mis compañeros de trabajo quién era, y señalando la persona que era mi represor, quien me interrogaba [e], incluso, me secuestraba dentro del propio Oncológico, como hizo el 30 de diciembre del 2014 […]. Y, bueno, eso constituyó —parece que para ellos— una falta de respeto a esa persona. Él sí podía secuestrarme […], esposarme, llevarme arrastrado del Oncológico; él sí podía encerrarme en una oficina en el Oncológico, incluso en la dirección del Oncológico: él podía hacer eso e interrogarme por temas que no tenían nada que ver con la ciencia, sino temas de mis relaciones personales y de amistad. Pero yo no podía decirles a mis compañeros: «Mira, esa persona es quien me hace esto».

    El otro argumento por el cual me expulsan es por una supuesta «ausencia injustificada» el 18 de mayo de 2016, que no fue tan así. Yo fui a trabajar, pero a las tres de la tarde intenté pedirle permiso a mi jefa —pero mi jefa no se encontraba— para ir a la comparecencia pública de mi amigo Ariel Ruiz Urquiola en la Universidad de La Habana. Y simplemente fui. Fui a las tres de la tarde para allá; salí del Oncológico para allá. Y, bueno, ese fue el otro: una «ausencia injustificada» a partir de las tres de la tarde de ese día. […] De hecho, el año anterior, en 2015, yo había obtenido un cambio de categoría científica: había llegado al grado de investigador agregado; había tenido cuatro publicaciones ese último año; incluso tenía dos publicaciones en el mismo 2016. O sea, como investigador mi desempeño seguía siendo muy bueno: no tenían argumentos profesionales. Pero estas fueron las causas que ellos esgrimieron para expulsarme.

    Otra cosa de la que me di cuenta, por supuesto… Aprendí a ver cómo […] funcionaba este terrorismo psicológico que aplica el régimen. Al principio, cuando en diciembre de 2013 viene sobre mí la Seguridad del Estado, la policía política cubana, a empezar a generar campaña de desprestigio, de descrédito, y comienzan también a intimidar directamente a compañeros de trabajo y amigos, fue, digamos, muy bueno ver que muchas, muchas personas […] pues me apoyaron. Me dijeron: «No te preocupes. Yo sé bien quién tú eres». Muchas dieron firmas y estados de opinión: «No te preocupes, que a ti no te pueden hacer nada; si tú eres un excelente investigador». Y en la Facultad de Biología: «No… Tú eres un excelente profesor», y mis alumnos también apoyándome: todos dando firmas, estados de opinión… Pero, al parecer, la Seguridad del Estado, al ver esas respuestas, y al ver que yo recibía tanto apoyo, de tantas personas, pues lo que hicieron [sic] fue no expulsarme inmediatamente; empezaron [sic] a hacer una guerra de desgaste, larga en el tiempo, y empezaron a buscar los puntos débiles de distintas personas. Así pasó, por ejemplo, con una amiga y compañera de trabajo —ella era una de mis mejores amigas en el Oncológico—; después de dos o tres años terminó llorando frente a mí, diciéndome: «Discúlpame, Oscar, pero no puedo seguir colaborando contigo; no te puedo dejar entrar en mi laboratorio. Anasagasti me dijo que no podía hacerlo porque, si lo hacía, entonces podía hasta perder el trabajo. Y no sé hacer otra cosa. ¿Y de qué van a vivir mis hijas?». O sea, fue decepcionante. Esa persona incluso hasta mintió en las comparecencias públicas. Y así pasó con algunas personas. Y, sin embargo, con otras no: [a] otras les estoy agradecido eternamente, como […] Rogelio Díaz Moreno, un compañero de trabajo de ahí del Oncológico, físico. Pero así ocurrió en la Facultad de Biología. Igual. Las personas me conocían, me apoyaban, pero cuando pasaba el tiempo, y la Seguridad del Estado comenzaba a presionar y a chantajear —porque ellos chantajean—, pues me decían «Mira, yo te admiro, te quiero muchísimo, pero no puedo seguir viéndote», o: «No podemos seguir colaborando. No quiero tener problemas. Yo tengo tal problema». La dependencia económica: porque es que todo esto pertenece al Estado, y como los poderes no son independientes, las instituciones no son independientes, pues muchos tenían miedo a perder su empleo, o perder facultades dentro de su empleo. Estas son las cosas que me hicieron estresarme y deprimirme. Además, te sientes… —y eso yo creo que es uno de los objetivos de la Seguridad del Estado—, te sientes culpable tú, […] responsable por lo que le pueda pasar entonces a tus amigos y a tus compañeros de trabajo. Y ellos buscan también que esos compañeros y amigos vean como que tú eres el problema y tú eres el enemigo. No ellos.

    Primero, creo que hasta marzo o abril del 2014, yo estuve escribiendo, presentando quejas, y denunciando las amenazas tanto a la Policía como al Ministerio del Interior, como al departamento jurídico del Comité Central del Partido [Comunista], como incluso a Raúl Castro, que era el presidente en aquel momento… Con el Sindicato Nacional, con el Sindicato a nivel de base, con el Órgano de Justicia Laboral… O sea, yo hice todo lo que se podía hacer y había que hacer… Con el Ministerio de Trabajo, con el Ministerio de Salud Pública… Nada… Con Fiscalía Militar, porque yo denuncié tanto a los policías como a los supuestos agentes, que no se identificaban, que estaban vestidos de civil… Esperaba los plazos de tiempo para recibir las respuestas: no obtenía respuesta.

    Entonces, cuando yo me decido a buscar la prensa independiente… —ya le digo, fue como en abril, o mayo… marzo, mayo o abril del 2014; después de varios meses de tratar de utilizar los mecanismos, digamos, oficiales, ¿no?—. Lo que yo noté es que después de que llegó el caso, la denuncia a la prensa independiente, ellos fueron más cuidadosos, más finos, a la hora de la represión contra mí. Y a la vez vi que se cerraron muchísimas puertas, y hubo mucho miedo en las personas que veían que el caso se hacía tan público.

    Y yo antes del 2013 era exactamente lo opuesto a lo que me convertí después. O sea, yo era una persona que estaba centrada en mi trabajo, que pasaba inadvertida en prácticamente todo… En las reuniones yo ni hablaba ni participaba, porque yo lo que quería era simplemente investigar: sentarme en mi computadora y hacer los análisis bioinformáticos y bioestadísticos. A partir de ahí, tuve que cambiar completamente para protegerme con la visibilidad, para denunciar lo que sucedía, y porque simplemente ya estaba en un punto de no retorno.

    Lorenzo Anasagasti y Pedro Wilfredo Fernández Cabezas. Instituto Nacional de Oncología y Radiobiología (INOR) [GRABACIÓN ENCUBIERTA].

    Oscar Casanella: A ver, ¿yo he hecho algo malo aquí?

    —No, chico, nadie te está […] El día que […] estás preso…

    Oscar Casanella: Y yo desde siempre he tenido esos amigos, doctor.

    —No hablo de amigos. No me importan los amigos. Yo estoy viendo a Oscar, trabajador del Oncológico, subordinado mío. Es lo que me importa; lo demás pa’ afuera…

    Oscar Casanella: Entonces eso es lo que le tiene que importar a usted. No lo que diga el G2.

    Cuando a mí me expulsan el 7 de junio del 2016… significó para mí el final de mi carrera […] profesional aquí en Cuba como investigador. Aunque, explícitamente, en el documento de expulsión, lo que dice es que yo quedo expulsado de forma definitiva de mi centro de trabajo. Lo que, extraoficialmente, […] tanto mi jefe como los oficiales la Seguridad del Estado, me aseguraron que yo no iba hacer más ciencia en Cuba, que yo no iba a trabajar en ningún otro centro de investigación en Cuba.

    Yo estaba haciendo un doctorado en bioinformática. Éramos alrededor de… veintitantos estudiantes de doctorado en toda Cuba; era regido por la… era multicentro, ¿no?, pero, bueno, la mayoría de las clases se daban en la Facultad de Química [de la Universidad de La Habana], y el principal coordinador era, es —yo creo que todavía existe ese doctorado— Luis Alberto Montero Cabrera, una persona a quien yo respeto mucho, muy buen investigador. Y yo estaba colaborando también en muchos proyectos de bioinformática con el profesor Nieto de la Facultad de Química, con la profesora Elena, también de la Facultad de Química: estábamos haciendo cosas muy interesantes en el tema del cáncer. Y ya no pude continuar haciendo nada de esto; ya me quedaba sin un instituto que me respaldara y que me justificara para tener acceso a los laboratorios y a todo, y además las publicaciones, aunque pudiera haberlo hecho de alguna forma, qué voy a poner […]. Ya no pertenecían a nada.

    Interrogatorio. Primer teniente Odelmis Abad Matos, 2013. [GRABACIÓN ENCUBIERTA].

    —¿Cuál es el miedo que tú tienes, hijo?

           Oscar Casanella: El miedo psicológico de todas estas cosas…

    —¿Cuál es tu miedo psicológico, hijo? ¿Cuál es tu miedo psicológico, que yo en la Medicina eso no lo conozco? Voy a tener que llamar a un psiquiatra pa’ que tú me digas. No entiendo, no entiendo…

    Lo único…, bueno, creo que fueron dos cosas buenas que se desprendieron de este momento, de mi expulsión. Una es que mejoró muchísimo mi salud, física y mental, porque tenía más tiempo. De hecho, yo estaba buscando tener un hijo y no había podido hacerlo; parece que por los niveles altos de estrés. Y poco después de mi expulsión es que lo logro…, o sea, mi esposa queda embarazada. Entonces, eso es una cosa muy buena: vino mi niño, mi hijo Pablo. La otra cosa es que, al no estar trabajando para el Estado, ya no tenía tanto miedo a la hora de expresarme, ¿no?, y entonces, como ya había desaparecido esa parte del chantaje, pues yo hablaba más desenfrenado, con más grado de libertad.

    Nada, esas son las cosas… Y, bueno, el activismo. El activismo, que es otra cosa que he podido hacer: ser solidario con otras personas que, al igual que yo, estaban siendo víctimas de la represión, tanto en la esfera laboral como… como en su vida, ¿no?

    *Novena y última entrega de la serie de entrevistas titulada «El color de las ideas».

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