Cada vez que se acuerda, o que algún periodista se lo pregunta en los alrededores de la Casa Blanca o al pie del Air Force One, Donald Trump hace la misma promesa a los cubanos: que va a liberar Cuba, incluso si eso supone una «toma amistosa» de La Habana. Con sus votantes, los cubanoamericanos del sur de la Florida, Trump ha ido aún más lejos: aseguró ofrecerles un futuro de inversiones a 90 millas.
El año que Trump eligió para garantizar la caída del castrismo coincide con la jornada en que sus electores van a renovar el Congreso estadounidense, un sufragio que redibujará el camino que le resta a su mandato. Para finales de enero, el presidente republicano se jactaba de que la liberación de Cuba antes de 2027 era un hecho, pero ahora que se acercaban las midterms y la isla no ha visto más que un aumento de la miseria, Trump hizo como si no hubiese prometido nada y declaró al periodista Benny Johnson que sus planes de solucionar el problema cubano verán resultados en los próximos dos años, o sea, casi al finalizar su presidencia.
La mueca es evidente, pero a estos seguidores MAGA, que le dieron en 2024 el 70% de sus votos al republicano, parece no interesarles. Según la más reciente encuesta sobre Cuba de la Universidad Internacional de Florida (FIU), el 81% de los votantes cubanoamericanos cree que la «máxima presión» logrará un cambio de régimen pronto.
Cuando sufragaron en masa para reelegir a Trump y celebraron su triunfo con vítores desde sus camionetas pick up o en los alrededores del restaurante Versailles, lo hicieron pensando en que en poco tiempo iban a ser, en algún punto, lo que Trump era: un negociante exitoso, a quien el dinero se le daba bien. Los cubanos pensaron que, si no millonarios, esa era la persona que podía sacarlos de la estrechez a la que los había condenado la anterior administración demócrata. Dos años después de la vuelta republicana a la Casa Blanca, raramente alguno de esos votantes se habrá hecho millonario. Gastan más dólares en llenar el tanque de gasolina de sus autos, pagan cuentas más caras en el supermercado, pero les cuesta admitir que el reinado de Donald Trump ha sido un desastre.

La encuesta de FIU así lo demuestra: el 53 % de los votantes cubanoamericanos se siguen arrimando a la sombra del partido republicano y el 68 % votaría por el candidato republicano que se postule en su distrito congresional. O sea, votarán a la republicana Ashley Moody por encima de Angie Nixon para el Senado, o a Byron Donalds sobre David Jolly para el cargo de gobernador de Florida.
Lo que más sigue moviendo a los cubanoamericanos este año es lo mismo que los hizo salir a las urnas en 2024: la preocupación económica, en primer lugar. Luego le siguen la atención sanitaria, el tema migratorio y la política de Estados Unidos hacia Cuba, seguido de asuntos como la relación de la actual administración con China y Rusia, y las políticas de diversidad, equidad e inclusión.
Este ha sido un tiempo particular para la comunidad cubana en Estados Unidos. El supuesto «privilegio» del que gozaron desde hace décadas se ha visto amenazado por la orden nacional de llevar a cabo la mayor deportación de la historia del país. La suspensión del parole humanitario, de los trámites de reunificación familiar, la desprotección de quienes entraron al país admitidos mediante la aplicación CBP One, y las consecuentes persecuciones contra los indocumentados también han afectado a una comunidad de 2,5 millones de ciudadanos.
Los cubanos han visto cómo se llevan a sus vecinos o familiares a las temidas celdas de Alligator Alcatraz o al centro de Krome, blanco de acusaciones de violaciones de derechos humanos o de insalubridad. Han visto cómo los suyos son regresados a la isla en vuelos que salen casi cada mes, cómo han sido deportados a terceros países como México o, en el peor de los casos, han terminado presos o retenidos en países africanos.
Aunque el 76 % de los cubanoamericanos encuestados desaprueba el aumento de las deportaciones de ciudadanos cubanos sin antecedentes penales, y el 87 % está de acuerdo en que el gobierno debería reanudar la tramitación de beneficios migratorios para los cubanos que ya se encuentran en Estados Unidos, lo cierto es que Donald Trump no tendría por qué ser condescendiente con esta comunidad si no lo es con el resto. Los cubanos tienen la posibilidad de votar en contra de esas políticas, pero todo apunta a que este 3 de noviembre seguirán respaldando a Trump.
Aunque, según el sondeo, los cubanoamericanos, tanto demócratas como republicanos, están divididos a partes iguales sobre si «el sufrimiento del pueblo cubano constituye un costo aceptable para lograr un cambio de régimen», lo cierto es que la mayoría sigue apoyando la política de máxima presión.
Días encadenados bajo la penumbra del apagón, los cursos escolares afectados, poca comida o una crisis con el abastecimiento de agua. Este ha sido el panorama que ya venía padeciendo el cubano por los años de ineptitud que el castrismo ha infligido a su propio pueblo, pero que ahora ha llegado a un límite sin par. Los cubanos en la isla, quienes, a falta de una respuesta de su propio gobierno, comenzaron a esperanzarse con las promesas de Trump, terminan un año diezmados por una realidad insoportable.
No obstante, el 66% de los votantes cubanoamericanos respalda la política de asfixia, por encima del costo humano que pueda estar pagando la gente en su país. Un 65% está a favor del cerco petrolero que Washington impuso tras despojar a Nicolás Maduro del poder en Venezuela, y que ha restringido la entrada de combustible durante todo el año de parte de países como México o Rusia. Asimismo, un 69 % aprueba mantener a Cuba en la lista de Estados patrocinadores del terrorismo, de la cual la sacó Joe Biden antes de dejar su mandato, y a la que Trump la incluyó el primer día en que recuperó el poder. Mientras un 69 % de los encuestados respalda la ayuda al pueblo cubano, hay un 77 % que apoya ejercer la máxima presión sobre el gobierno y un 61 % está a favor de mantener el embargo de seis décadas.
Hay un grupo que, incluso, iría más allá: un 73 % respalda una acción militar de Estados Unidos para derrocar al gobierno de Miguel Díaz-Canel, por más que desde Cuba la gente haya dicho que teme un conflicto que pueden pagar con pérdidas humanas.
Este martes 3 de noviembre —cuando la mayoría del pueblo estadounidense sale a las urnas, muchos de manera anticipada, con un voto protesta en la mano por un presidente que les ha afectado la economía, mientras él y su familia solo han multiplicado sus millones, y los ha metido en una guerra contra Irán sin salida a la vista— los cubanoamericanos caminarían en contra de una marea azul que pide un cambio inmediato para un país que sobrevive como puede a la secuela del trumpismo.
