Después del ciclón

Antes de seguir camino el miércoles hacia el Golfo de México, el huracán Rafael dejó un rastro de calamidades en el occidente de Cuba. Más destrucción y precariedad en una isla que ya vive una grave y prolongada crisis económica.

La mayoría de estas imágenes corresponde a Artemisa y sus inmediaciones: derruidas las casas más pobres, mutilados los árboles y devastados los cultivos, golpeada (aún más) la infraestructura —eléctrica, radiotelevisiva, instalaciones de diferente naturaleza— por los fuertes vientos de categoría tres en la escala Saffir-Simpson (178-209 km/h).

Según la prensa oficialista, las autoridades cubanas han reconocido que «los daños en la red de distribución de Artemisa son considerables, al igual que en La Habana». De hecho, la capital tendría apenas un 48 por ciento de cobertura de electricidad, mientras que otra provincia vecina, Mayabeque, contaría en la actualidad con el 49 por ciento de disponibilidad en el servicio.

El golpe se suma a los largos y frecuentes apagones que sufren los cubanos desde hace años debido al déficit en la importación de combustible —debido a la falta de liquidez y los recortes en el suministro de aliados clave como Venezuela— y a la falta de inversión en la infraestructura de generación eléctrica; cuestiones que el gobierno achaca sin falta al «bloqueo económico» de Estados Unidos.

Hace solo unas semanas toda Cuba se sumió durante más de 72 horas en la oscuridad: el apagón más grande de su historia se impuso como un síntoma definitivo de la crisis endémica y multidimensional que sufre el país. 

Coincidió en aquellas jornadas de fines de octubre el paso de otro ciclón por el noreste del archipiélago…

Oscar trajo grandes inundaciones, y se saldó con la muerte de al menos ocho personas y el testamento de penurias y desesperación que llega puntual para los sobrevivientes más desamparados.

Vemos trenzadas en el suelo las torres de alta tensión eléctrica y las estructuras metálicas del estadio de béisbol de Artemisa: un testimonio gráfico de la ferocidad de los vientos y un indicio que permite calibrar el terror primitivo que hace solo unas horas experimentaron los pobladores de la zona.

Alguien recolecta ahora, entre los escombros, los clavos herrumbrados con que deberá volver a apuntalar su vida.

Cuando llega la calma y por fin amaina la tempestad, sobreviene el extrañamiento, el estupor o el asombro ante el semblante del caos y la fatalidad.

Hay que echar a andar otra vez la rueda antigua de los días. Como pequeños dioses, vemos aquí, la gente común pone entonces manos a la obra.

(Fotografías autorizadas por Marcel Villa).

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