La hora de Cuba no cambió

Este 1 de noviembre el horario de verano dio paso al horario de invierno en muchas partes del mundo, sobre todo en los países americanos, que suelen mover sus relojes una o dos semanas después de Europa. Cuba es uno de los países que anualmente incurre en esta modificación, pero ahora no fue así. 

El Gobierno cubano decidió, el pasado 24 de octubre, no atrasar los relojes cuando tocara realizar el cambio, aduciendo la necesidad de aprovechar mejor la luz solar para la generación de los paneles fotovoltaicos durante los horarios de mayor consumo energético. Según el Ministerio de Energía y Minas (MINEM), mantener el horario de verano evitará un incremento de las afectaciones eléctricas estimado en 126 MW.

Casualmente, durante la semana transcurrida entre el anuncio y la fecha en que debía producirse el cambio de horario, varias provincias reportaron apagones de más de 48 horas, con períodos de generación eléctrica de apenas tres o cuatro horas. Asimismo, se publicó una investigación que reveló que buena parte del combustible comprado a Estados Unidos por MiPymes cubanas iba destinado a entidades estatales como CIMEX, perteneciente a GAESA. Esto ha puesto bajo la lupa dichas operaciones y podría frenar determinadas importaciones de combustible destinadas a la generación eléctrica nacional.

Virgen. La Habana, 2026
Virgen. La Habana, 2026 / Foto: Marcel Villa

A ciencia cierta, no cambiar el horario también significa que miles de niños irán a sus escuelas cuando todavía no haya amanecido durante los meses más fríos del año. Y aunque el Estado contempla esta posibilidad y ha dispuesto un retraso de media hora en los horarios de entrada para facilitar su llegada a las escuelas, sigue siendo un mal remiendo para un agujero que ellos mismos han abierto. Hace pocos días, una investigación del Instituto de Meteorología de Cuba (INSMET) advirtió que, debido al evento «El Niño», durante los próximos meses el país podría experimentar un invierno inusitado, con temperaturas considerablemente bajas y lluvias por encima del promedio histórico para esta temporada.

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El primer cambio de horario registrado en tiempos modernos se implantó en Alemania durante la Primera Guerra Mundial, con el objetivo de ahorrar carbón, en medio de la crisis bélica. En Cuba, esta medida también fue utilizada en diferentes períodos de crisis. 

Resulta importante destacar que el horario estándar de un país es el llamado horario de invierno. La mayoría de los cambios históricos buscaron mover la normalidad del día a día de las personas en pos de ahorrar combustible, carbón, etcétera, pero siempre por una cuestión de conveniencia gubernamental.

Durante la República, en 1928, bajo el gobierno de Gerardo Machado, se estableció el horario de verano mediante decreto, desde el 1.º de mayo hasta el 10 de octubre. Sin embargo, la medida no tuvo aceptación y fue derogada un año más tarde. Tiempo después se estableció la llamada «Hora de Guerra». Tras varios años en pausa, los problemas económicos provocados por la Segunda Guerra Mundial obligaron a retomar la medida, y entre abril de 1942 y noviembre de 1944, el país permaneció ininterrumpidamente bajo el horario de verano.

En la archiconocida Gran Zafra Azucarera, o Zafra de los Diez Millones de 1970, también hubo un cambio de horario. La hora de verano se mantuvo de forma continua durante ese año, marcado por la movilización nacional en torno a la zafra. Se reestructuraron las actividades rutinarias y las festividades del país, y todo quedó en un segundo plano, incluso las Navidades. 

Durante la década de 1970, muchos países de Europa y América comenzaron a establecer cambios de horario como consecuencia de las crisis del petróleo en el mercado mundial. La práctica se consolidó y, hasta la fecha, se mantiene como algo habitual: dos veces al año se modifica la hora oficial.

El último precedente en Cuba se produjo durante la llamada Revolución Energética. Entre marzo de 2004 y octubre de 2006, el país volvió a suspender el cambio de hora para permanecer de manera permanente en la franja de verano. Esta decisión formó parte del plan de ahorro energético impulsado por Fidel Castro, que también incluyó la sustitución masiva de electrodomésticos y bombillas incandescentes por modelos más eficientes.

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La medicina y la cronobiología coinciden que alterar el reloj biológico mediante cambios en el horario oficial puede afectar el ritmo circadiano y la producción de melatonina, hormona indispensable para la regulación del sueño. Esta alteración, similar en algunos aspectos al jet lag (desfase horario), puede provocar un desfase que repercute en los ciclos de digestión y apetito. El impacto puede ser especialmente significativo durante la infancia y la tercera edad, etapas en las que las dificultades de adaptación pueden traducirse en agotamiento, cambios de humor, inapetencia y trastornos del sueño.

A nivel global, la evidencia sobre estos trastornos médicos ha llevado a que más de dos tercios de los países del mundo mantengan un horario fijo durante los 365 días del año. Las naciones situadas cerca de la línea ecuatorial, como la mayoría de América Latina y África, prescinden de este ajuste porque la luz solar varía muy poco a lo largo del año. Sin embargo, en latitudes donde sí solía aplicarse, un número creciente de países, como México, Brasil, Rusia o Argentina, e incluso regiones de Estados Unidos como Arizona y Hawái, han decidido abolir el cambio de hora por diversas razones, entre ellas las relacionadas con el bienestar biológico de la población, la falta de un ahorro energético significativo en la era moderna y las particularidades de sus respectivas realidades sociales y económicas.

Mientras el debate global se orienta cada vez más hacia la eliminación de las alteraciones horarias para priorizar la salud pública, la realidad cubana toma un camino muy distinto. En la isla, la permanencia en un determinado horario no responde a estudios médicos, decisiones de bienestar social ni al consenso científico cronobiólogos, sino a la más estricta pobreza y a una crisis energética estructural que imposibilita sostener la demanda eléctrica básica.

La decisión de mantener el horario de verano en Cuba parece prescindir de consideraciones relacionadas con el bienestar social y responde, ante todo, a la necesidad de afrontar el colapso energético y las dificultades económicas. En medio de las fallas sistemáticas de la red eléctrica nacional, la salud y el descanso de la población quedan relegados a un segundo plano. Iniciativas como retrasar los horarios lectivos o mantener los relojes sin cambios para aprovechar al máximo las últimas horas de luz diurna no son más que remiendos frente a la rutina de un país sumergido en apagones interminables.

Apagón. La Habana, 2026
Apagón. La Habana, 2026 / Foto: Marcel Villa

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Este domingo 1 de noviembre se reportó que la mayoría de los usuarios con servicio Cubacel de Etecsa presentaron el cambio de hora automático. La mayoría de los dispositivos traen por defecto la conexión satelital de Cuba como forma preferencial. Esto acarreó problemas en las redes y muchos clientes se quedaron sin conexión de datos móviles ni conectividad para llamadas durante varias horas. Muchas aplicaciones dejaron de funcionar por detectar un error en la configuración horaria. Etecsa declaró en sus páginas digitales de consulta que los equipos que conforman la red de telecomunicaciones tienen configurado un cambio automático, el cual, según la empresa, fue logrado de forma satisfactoria. Asimismo, recomienda, a aquellos que sufrieron el cambio automático, que lo ajustaran manual. Durante el domingo, la pregunta más escuchada fue: «¿qué hora es?» 

Mientras los países avanzan en búsquedas de energías limpias y acordes a la realidad del segundo cuarto del siglo XXI, el gobierno cubano tiene que «frenar el tiempo» para mendigarle una hora al sol; estableciendo, oportunamente, un concepto asociado a crisis, guerra y desilusión. Por primera vez en más de veinte años se acude a esta medida, que, aunque muchos criterios probados y de rigor científico la consideran necesaria, es verdaderamente un sinónimo de desesperación.

Asimismo, el cubano ya interconectado con otros miles de cubanos de la diáspora: familiares, amigos y redes sociales, se desajusta a todas las realidades. El mismo meridiano tendrá horarios distintos, por lo que Miami y La Habana tendrán una hora de diferencia por varios meses hasta que se cambie al horario de verano en los demás países. Será, cuanto menos, curioso ver cómo las familias que diariamente se comunican, tienen una hora de diferencia por decisión gubernamental.  

Congelar el horario no refleja una visión vanguardista del ahorro energético, más bien simboliza la evidencia dolorosa de un sistema fallido obligado a racionar y a hacer malabares con la luz del sol para no desmoronarse más de lo que ya está. Por lo pronto, hasta noviembre de 2027 tendremos horario estival, pero el desajuste quedará como otro símbolo imborrable de una crisis que no parece tener solución a mediano plazo: un jet lag nacional.

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