1

Era una tarde de marzo, como vista a través de un vidrio húmedo, todo difuminado, cenizo. Las casas. Los rostros. El sol. Fabián Suárez, el cineasta cubano y yo, íbamos caminando por una calle angosta de La Habana Vieja, esa tarde de marzo, y queríamos tomar café, y pasamos por Cuervo y Sobrinos y no había, y pasamos por El Escorial y tampoco, y seguimos buscando un sitio cercano al mar, para aliviar la tarde, que no hubiera de nada en este país. Y vimos un cartel que anunciaba un café bar hostal jardinería, de esas casas habaneras donde se vende y se compra cualquier cosa, y nos metimos.

Alguien con pajarita nos ofreció la azotea y por qué no, y allá arriba, bajo el sol líquido, una negra le daba un masaje a un extranjero, las manos se introducían en aquel cuerpo desnudo, vampírico, y salían untadas de aceites verdosos. Y en los balcones de enfrente a la azotea, detrás de las sabanitas tendidas y las flores colgantes, todas las mujeres de la cuadra, viéndole al yuma el culo. Al yuma, que como a la masajista, parecía no importarle. 

Nos fuimos pitando. 

2

Estaba intentando hacer autoestop, pagar una directa, o encontrar un carro que me adelantara en una ciudad donde el transporte es algo pretérito, inexistente. Y la carretera está muerta, como en un cuento de Juan Bosch que se titula La mujer. Y de pronto, como en las películas, se detiene un tipo que puede ser mi abuelo, y me dice que me va a llevar a donde yo vaya, y que si yo voy muy muy lejos, me va a acercar. Como es lógico él hombre y yo, adentro de su auto, nos ponemos a conversar amistosamente, porque es un tipo serio, un gentleman, y porque a mí todos los negros viejos me recuerdan a Candy, un bizco de Mayarí que le vendía a mi madre en mi niñez los quesos más ricos del mundo, hechos por él mismo, y enseguida les cojo cariño. 

Bueno, al timón va el tipo que me recuerda a Candy, la carretera sigue hirviendo como en el cuento de Bosch, y yo le pregunto todo tipo de cosas. El tipo que se parece a Candy resulta ser una gloria del deporte cubano. Eso explica el auto. La delgadez. Las manos que someten al timón. Tokio. Atlanta. Atenas. Berlín. Copacabana. Oro. Oro. Plata. Plata. Oro. 

Ah, estas cosas que todavía hay en La Habana. 

3

Estoy volviendo de Regla, en la lancha, es enero de 2022. En la cabeza traigo algunas escenas que no pueden faltar en ese texto que escribiré para El Estornudo y que se titula Regla: plegarias atendidas. No puede faltar el concierto de velas en la iglesia. No puede faltar la mujer que quita del suelo, todos los días, varias veces, cada una de las gotas de esperma. No puede… 

—¿Sabes de qué deberías escribir alguna vez? —me dice, por encima del motor de la lancha, la voz de la amiga que fue conmigo a ese viaje. Deberías escribir sobre el caníbal de Casablanca. Un tipo que se comió a una familia completa…

4

En el Vedado, en la calle Línea, un poco antes de pasar el túnel hay una iglesia. Antes de la entrada tiene un patio quieto donde crece un árbol de flores doradas. 

Ay, ya nunca entro a las iglesias. Y qué pena entrar así, con este vestido, con estos zapatos de tacón. Qué más da, ya estoy adentro. Es bella esta iglesia, un poco pobre, mira esta luz desecha, estos santos de yeso y escayola, y la gente que vino antes, los fieles, escuchan a un chico de rostro limpio, como lavado por Dios, tocar una guitarra que es como un juguete. Un juguete que se escucha entre sus manos blancas como la fe. Si la fe fuera un sonido, por supuesto. 

5

Hace algunos años, cuando me mudé a La Habana, viví un par de meses en una renta pequeñísima, en el Vedado. La renta tenía una única ventana. Y por esa ventana se veía el mar. Y a veces, por el mar, pasaban buques enormes llenos de lucecitas y banderas, así que era normal que yo me acodara en la ventana a mirar. Y una noche vi cómo en una habitación del edificio más cercano, que tenía las ventanas abiertas de par en par, dos hombres y una mujer tenían un sexo salvaje. Al inicio eran solo uno de los hombres y la mujer batiéndose como gladiadores, hasta que entró el tercero, con el rostro cubierto por un antifaz. 

6

En la misma esquina de 5ta Avenida y la calle 70 queda un rectángulo de pasto verde donde crecen algunos pinos enormes, deformados. Y escondida, casi al fondo de la hierba alta y los totíes que bajan a picotear, hay una piedra pulida en forma de lucero sobre una tarja. La tarja, con fecha de 2004, dice que esa es la «primera piedra de la sede de la embajada de Brasil en La Habana» y además «proyecto de Oscar Niemeyer», el famoso arquitecto brasileño ya fallecido. ¿Por qué no está el edificio allí casi dos décadas después? Aún un no lo tengo claro. Pero hace algunos meses, yo estaba haciendo ejercicios por la zona, y un Toyota Yaris se detuvo marcando ruedas, y del auto se desmontó un tipo enclenque con una camisa que podía ser Gucci o Louis Vuitton, y estuvo fotografiando la piedra durante un tiempo inquietante con su cámara profesional. Recordaba esa película de Antonioni, Blow Up, por la forma enfermiza en la que se acercaba a la piedra y le hacía fotos y más fotos y otras más. Parecía que había algo más allí, porque… ¿cuántas formas hay de fotografiar una piedra, se necesita para eso todo el tiempo del mundo?

2 Comentarios

  1. ¡Fascinante, como ya nos tienes acostumbrados!

    Me picó la curiosidad la primera piedra de la embajada brasileña que no fue y voy a Google Maps. Y es que hablando del «twilight zone» que es Cuba, en la calle 5ta. A, según la aplicación, y a una cuadra de la 5ta. Avenida, ubica la Mansión Cintra (Mansión de Leopoldo Cintra Frías), así textualmente, que se anuncia como un Airbnb. Parafraseando a Frank Delgado… «ahora los generales se vuelven hospederos.» Saludos

  2. Ese botero exdeportista de alto rendimiento me recordó una vivencia casi olvidada:
    Corría el 93 del pasado siglo y daba 2 viajes por semana a la capital de todos los cubanos para cambiar plata y oro de bajos kilates por pacotilla, a un Guyanés con guardaespaldas que medraba en un castillete por 31 pa’bajo.
    Me daba negocio. Lo pagaba mucho mejor que aquella falacia del gobierno que esquilmó a muchos cubanos con su tienducha «La Filosofía». Repleta de mierda reluciente, cegaba a casi todos, y engañados entregaban sus prendas por pacotilla efímera. Una iteración truculenta de los espejitos por oro de aquellos colonizadores españoles a nuestros aborígenes.
    Pero volvamos al lío que me pierdo,
    Aquella tarde, trataba de regresar a mi pueblo, volvía cargado con dos maletines de pitusas y pulovers y me la jugaba con el galdeo de policias que siempre patrullaban las terminales y puntos de embarque. Me hallaba sentado a dos metros de mi equipaje camuflajeado bajo un banco, pero sin perderlo de vista, en un Lido agónico, repleto de viajantes desesperados y desierto de guaguas. El piso no podía estar mas sucio y en el aire caliente la mezcla de olores tenía de todo. De pronto se acerca un tipo raro, viste safari beige y zapatos carmelitas de punta fina muy limpios, trae un portafolio tambien carmelita en la mano. Parece un diplomático. Se sienta a mi lado. Mira nervioso a un lado y al otro, abre rápido su valija y me pregunta «¿Quieres hamburguesa socio? fresquesita y tiene ajonjolí». El olor a fritura me da una trompada por la cara.
    Resoplo y trago una bola de preocupacion que había crecido en mi garganta, ya sospechaba que era algún tipo de inspector inquisitivo. Surrealista. Le respondo un «No gracias» casi imperceptible y se aleja como un rayo hacia la otra esquina del largo banco a preguntarle a alguien más.
    De pronto, a lo lejos, aterriza un polaquito anaranjado, venía vacío, o mejor dicho con su chofer. No se mueve ni una mosca, nadie le va pa’rriba, inconcebible usar esa caja de fosforos con ruedas para botear. Con disimulo me acerco y pregunto si tira pasaje. Una cara mofletuda sonriente y sudorosa me responde bajito, tímidamente, casi que con pena, o tal vez fuera miedo, que si. Le digo que nos vamos, que pago todos los asientos vacios que recibirán mis maletas. Me siento delante, a su lado. Partimos después de ajustar el importe del viaje y acomodar las maletas. El aire fresco que empezó a colarse por la ventanilla se sentía como maná del cielo. No recuerdo su nombre, solo recuerdo sus grandes manos agarrando un timoncito que se perdía hundido contra su enorme barriga. Era muy pero muy gordo. Aquella humanidad parecía que no cabia en un carrito tan pequeño. Demasiado gordo y no paraba de sudar, y de hablar, hablaba a cántaros, mucho, muchisimo, sobre todo sobre sus necesidades, lo hacía en tono jovial, sin asomo de queja, mientras rodabamos por las ochovías en aquella lata polaca bajo un sol abrazador, el viaje fue lento y largo, cuando pasamos bajo el puente de Bauta ya me habia contado su vida. Que estuvo en La Lenin, que allí cuando todavia era flaco conoció a su mujer con la que se casó, la mejor esposa del mundo, que hace durofrios y los vende para ayudarlo con los gastos. Serio muy serio alegaba que no era botero, hacía aquello porque la vida lo obligaba, era cirujano en «La Dependiente» muy orgulloso de su profesión, graduado con título de oro y estaba echándole la placa a la barbacoa que le habilitó a su hija recién casada con un yerno bonitillo y vago. Boteaba en sus dias francos para coger un extra. Repetía sin cesar lo mala que estaba la cosa. Su salario no alcanzaba para vivir y el viejo carnet del partido nunca sirvió para abrir puertas ni encontrar soluciones a los pequeños arañazos de la vida. Fué un viaje agotador y no paró de hablar. Cuando llegamos, insistió en llevarme hasta la puerta de mi casa. Me bajé y le di 100 pesos por arriba de lo acordado. Ni muerto me dijo. Seguía sudando pero ahora cambiaba de color y tuve que meterlos por la ventanilla mientras le decía que le había mentido. Que aquella gran cantidad de ropa en mis maletas no era tal como le había dicho en el Lido, para repartir a mi numerosa familia, que era mi negocio con el que iba a hacer mucho dinero y que gracias a el estaba a salvo. Se alejó en su carcachita naranja fallándole el cloche mientras me gritaba que ojaĺá nunca lo necesitara pero que ya tenía un amigo en «La Dependiente».

    Saludos Doña Perzant y D. Iturralde

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