Jesús Díaz: la cincuentena, el exilio y ¿cómo seguir escribiendo?

    ¿Cómo señalar el momento preciso en que comienza la desilusión de un hombre, la hora exacta del primer desencanto, el triste anuncio del adiós? 

    El muro de Berlín ha caído, la Unión Soviética se derrumba aceleradamente, el comunismo se deshace en mil pedazos, las ilusiones parecen escapar de golpe, los ideólogos corren a estudiar causas y consecuencias, se decide el destino de la izquierda, del aparente progresismo y la vociferada justicia social, las convulsiones atenazan el panorama mundial y más de una esperanza se va enérgicamente a bolina.

    La vida de Jesús Díaz, con desilusiones acumuladas y tantísimas dudas sobrevolándole, se bifurca en medio de tantos desgarramientos. Vive el drama de la persona escindida. Deja de ser, a los ojos de las autoridades culturales cubanas, el militante avezado y polémico, el intelectual prominente, y su nombre viene ahora acompañado de los calificativos típicos para los herejes.

    Es entonces un «gusano», un «contrarrevolucionario», un «vendepatria», un «intelectual al servicio del enemigo», un «traidor», un «apátrida», un «Judas», como lo llamó el ministro de Cultura de la época, Armando Hart.

    ***

    En marzo de 1991, junto a su esposa Martha y sus hijos, llegó Jesús a Berlín para disfrutar de la beca que le otorgara la Oficina Alemana para las Relaciones Culturales con el Extranjero. Con él, además, viajaron su carnet de militante del Partido Comunista de Cuba y el manuscrito de su segunda novela, Las palabras perdidas, que parecía flotar en un nebuloso limbo editorial. A Berlín también llegaron sus dudas, dilemas e incertidumbres y, en el lugar más relevante de su equipaje, el deseo de consagrarse internacionalmente como escritor, algo que, a la postre, no lograría cumplir.

    Pero el definitivo punto de quiebre, el no retorno, la ruptura de Jesús con la Revolución, no ocurrió en la capital alemana, donde, con el muro recién caído, el simbolismo del hecho hubiese sido demoledor. Sucedió en Zúrich, en febrero de 1992, durante una mesa redonda sobre el Nuevo Orden Mundial organizada por el semanario Woz. Allí leyó su ensayo Los anillos de la serpiente, que provocó una polémica in situ con el escritor uruguayo Eduardo Galeano y más de una controversia después.

    Sus palabras representaron, además de una crítica frontal a la revolución cubana, la carta de presentación ante un exilio al cual llegaba tarde. Tanto las enconadas reacciones de las instituciones gubernamentales de la cultura, así como los cuestionamientos de los intelectuales orgánicos del gobierno y de los intelectuales más radicales del exilio, como Guillermo Cabrera Infante, evidencian el trauma profundo que significó esa ruptura para todas las partes.

    Jesús vivía el drama del «debo partirme en dos», la cultura de la Revolución perdía a un creador febril y a un polémico y ya desilusionado militante comunista, y la intelectualidad del exilio recibía, con todos los recelos previsibles, alguien a quien más de una vez acusaron de comisario político de la cultura. Además de perder amigos, de separarse de parte de su familia, de haber sido expulsado de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (en mayo de 1992) y de recibir los odios de la revolución y de parte del exilio, Jesús debía también asumir de golpe el peso de todas las lejanías. 

    ***

    En 1992 su segunda novela, Las palabras perdidas, queda finalista del prestigioso premio Nadal, en España, y la publica la Editorial Destino. Recibe buenas críticas. Destaca la belleza de las palabras, la narración precisa, el espíritu de una generación de intelectuales, la dicotomía entre las directrices políticas y las utopías culturales vividas a quemarropa, y los cuestionamientos a la pasión revolucionaria.

    Las palabras perdidas narra, en clave de ficción, los años de la primera generación de El Caimán Barbudo, renombrado en la novela como El Güije Ilustrado. Luis Rogelio Nogueras (el Rojo), Guillermo Rodríguez Rivera (el Gordo) y el propio Jesús (el Flaco) se convierten en los personajes principales de una obra que, entregada en 1990 a la editorial Letras Cubanas y nunca publicada en la isla, narra una ilusión evocada desde el desencanto, la perspectiva de un escritor que vive un fuerte proceso de contradicciones internas, que cuestiona los resquebrajamientos de aquella pasión en la que militó con tanto fervor, y que siente cómo la ilusión se ha gastado y la épica tiende a fenecer.

    La novela, que parte de las distancias entre la cultura y el poder, narra la aspiración de fundar una república de las letras, de ahí que incluya las voces imprescindibles de Alejo Carpentier, Virgilio Piñera, Lezama Lima y Eliseo Diego. Los dilemas de la política cultural, así como los problemas y polémicas inherentes al ejercicio de la crítica, se funden en la novela con la visión de sus protagonistas, perspectiva femenina incluida, que conciben la escritura como utopía y vehículo, logrando que, a través de toda la historia, el lector evoque las preguntas que hace Silvio Rodríguez en una hermosa canción: «¿Adónde van las palabras que no se quedaron?, ¿adónde van las miradas que un día partieron» (según escribió el ensayista Rafael Rojas, esta canción era, de las de Silvio, la preferida de Jesús).

    Entre los silencios y desconciertos que las utopías políticas impusieron sobre las utopías culturales, Las palabras perdidas ofrece una frase, probablemente la más citada de la novela, que permite entender la sensibilidad de Jesús cuando escribía la novela, convirtiéndose también en la sensibilidad de una generación: «Tenía en el rostro las marcas del silencio y en la cabeza voces, gritos, preguntas a las que no sabía cómo responder». 

    ***

    Fueron años de colaboraciones periodísticas, clases, conferencias, cartas, becas, novelas, proyectos, además del ejercicio de adaptación al clima de Berlín. Son, estos elementos, representativos del interregno entre las dos vidas de Jesús Díaz. La primera terminó en Zúrich, mientras leía Los anillos de la serpiente, y la segunda empezaría a dilucidarse en Estocolmo, en mayo de 1994, en el Primer Encuentro de Escritores de dentro y fuera de Cuba, y se consolidaría definitivamente con el lanzamiento de la revista Encuentro en el verano madrileño de 1996.

    Con la preparación de Encuentro a todo tren, en enero de 1996 Jesús publica en España, con la editorial Anagrama, su primera novela escrita fuera de Cuba y la tercera de su obra narrativa. La piel y la máscara, concebida durante los años en Berlín, es un libro en el que no están las grandes pasiones de Las iniciales de la tierra y Las palabras perdidas, sino una novela que, a través de una estructura muy sugerente con el uso de la primera persona del singular, narra los avatares del rodaje de una película en una Habana que olía a desilusión, «una ciudad rabiosamente bella pese a su absoluta decadencia».

    Sin personajes que aspiren a las grandes proezas, más bien con seres humanos nada arquetípicos, Jesús Díaz construye una historia en la que el guion de la película se imbrica con la cotidianidad habanera y las vidas de los actores y el director. De esta forma, a través de un sistema de máscaras o juego de espejos, la novela transita por dos realidades y la capacidad de cada personaje para no ser una persona sino dos, e interpretar a la vez sus vidas y la de los personajes de la película.

    Sucede entonces que, cuando se dice ¡Acción!, la realidad de la novela cambia y se trasforma en la realidad del filme, que solo termina cuando el director da la voz de ¡Corten! y los personajes vuelven a convertirse en quienes son. Contar los dramas de ambos, de personas y personajes, y hacerlo de forma armónica y nada farragosa, es un acierto de la novela, en su lograda voluntad de hacer ficción dentro de la ficción y crear una nueva realidad que «debía ser, por fuerza, más significativa e intensa que la propia vida».

    Temas como el mercado negro, las escaseces materiales, la prostitución y la filmación de una película, entronizan con los asuntos medulares de la novela: el drama de la emigración, la censura y la vigilancia sobre el arte. Todo queda marcado por un cariz político cuya esencia se encierra en una frase del Oso (director de la película), una frase que es, a su vez, muy representativa de la personalidad de Jesús, de toda su obra y de la historia reciente de Cuba: «No es que quiera hablar de política, sucede simplemente que no puedo evitarlo. Hace treinta y cinco años que la política, como el mar, rodea a Cuba por todas partes, la lame y la penetra».

    ***

    A La piel y la máscara siguieron dos novelas que, en el universo creativos de Jesús, han de ser consideradas como obras de segunda línea. Dime algo sobre Cuba y Siberiana. Aun cuando tratan temas polémicos y perfilan aún más su estilo literario, no alcanzan, ni por asomo, la fuerza de Las iniciales de la tierra y Las palabras perdidas.

    Otra cosa es su última novela, Las cuatro fugas de Manuel, una historia de incertidumbres y aventuras, una novela testimonio que inserta a un cubano, con sus frustraciones y deseos, en escenarios marcados por las frustraciones y deseos de muchos otros que, como él, también habitan el territorio del escape. Presentada en Madrid en febrero de 2002, Las cuatro fugas de Manuel guarda el funesto aroma de las despedidas no premeditadas, de los adioses antes de tiempo, de la lejanía que busca paliativos y no los encuentra. Es el final de una carrera que incluyó novelas, cuentos, revistas, artículos, ensayos, documentales, guiones, películas, premios y polémicas. Es la última huida de un hombre comprometido y desgarrado.

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