El prisionero 2239 de Villa Marista. Una conversación con Hamlet Lavastida

    Carlos Manuel Álvarez (CMA): Hoy vamos a conversar con el artista cubano Hamlet Lavastida, de quien toda la sociedad civil cubana ha estado pendiente. Hamlet, como sabemos, salió de Cuba hace unos tres o cuatro días en la noche del sábado último. Se encuentra en Varsovia en este momento. No ha ofrecido declaraciones, no ha contado sobre su arresto de tres meses en Villa Marista, la Lubianka cubana.

    Antes de pasar a Hamlet quiero hacer una breve introducción. Es un destacado artista cubano que ha mapeado, pensado y husmeado en los archivos de la política cultural del castrismo como muy poca gente lo ha hecho. Se ha dedicado a pensar y establecer las coordenadas de relación que ha habido a lo largo de la Revolución, en su deriva totalitaria, entre el poder y el campo intelectual. En ese sentido me gustaría acotar que el relato ha colocado a Hamlet como un conejillo de indias que la Seguridad del Estado tomó para escarmentar no solo a él, sino a todos los demás cubanos que hayan decidido regresar a la isla teniendo una posición política y cívica frontal con el poder de facto que hay. Pero Hamlet no es solo eso. El hecho de que le hayan hecho eso a él es muy coherente con su labor y su trayectoria artística. Si hay un artista cubano que merecería haber terminado en Villa Marista es Hamlet Lavastida; lo digo con un matiz irónico, pero sabiendo que hay pocos premios para los intelectuales y los artistas como volverse incómodos para el poder. Hay una especie de corolario en la obra de Hamlet con el hecho de que él haya podido ver desde dentro Villa Marista, porque si hay alguien que ha estudiado esos dispositivos, esos lugares, y ha intervenido sobre ellos, es Hamlet Lavastida. El hecho de que sucediera su encarcelamiento no es casual, tiene que ver con su trayectoria artística, intelectual y política. Ha sido un poco recluido dentro de las mismas lógicas que su arte ha propuesto.

    Sabemos que hay mucho que contar, mucho que decir, mucho que queremos saber. Y, como hablábamos unos minutos atrás, es una cuestión rizomática, no hay una línea temporal, pero quizá como una pauta inicial me gustaría empezar por lo que supuestamente sería el principio: ¿Cómo terminas en Villa Marista?

    Hamlet Lavastida (HL): Yo venía de Berlín, de una beca de arte de Kunstlerhaus Bethanien y, al llegar a Cuba el 21 de junio, pasé el protocolo obligatorio de Salud Pública, que consiste en estar cinco días en aislamiento; me tocó en el reparto Flores, Playa [La Habana], cerca de mi casa y de casa de mi hermano.

    Yo veía desde el balcón la casa de mi hermano. Estuve pensando… incluso me propuso un muchacho, que trabajaba en el centro de asilamiento, que si lo «salvaba» podía llevar mis maletas a casa de mi familia. Las maletas donde tenía mis discos duros: todo lo que después me ocuparon y donde estaban buscando culpabilidad en mí. Yo no tenía la menor idea de que podía pasar nada. Si hubiera imaginado lo que ocurrió después, habría dejado todo y probablemente me hubieran liberado a los diez días; probablemente no, porque por otro lado creo que lo tenían todo planeado, porque desde las primeras horas me pusieron el cargo de instigación a delinquir.

    Yo siempre tuve la idea de que me iban a detener en Inmigración, en el aeropuerto, y que me iban a interrogar brevemente, porque varios amigos me habían alertado; había sucedido lo de Humberto López en televisión. Evidentemente, uno sabe que no está excluido de la diana del Departamento de la Seguridad del Estado.

    CMA: Hamlet propuso, como una forma de desobediencia civil, marcar los billetes con sellos del 27N.

    HL: Eso fue en un chat privado con alrededor de 20 personas. Se proponía, y yo también hacía la salvedad; lo que trato de hacer siempre con mi trabajo, mi manera de pensar, porque es la metodología que tengo adoptada. Siempre hay una lectura artística, cultural, una forma de ver el mundo desde el punto de vista más metafórico. Son demasiados años; estoy en San Alejandro desde que tengo 14 años. Es imposible que yo pueda pensar el mundo de una manera que no se pueda desdoblar hacia una realidad metafórica, poética. Siempre pienso las cosas así.

    En el centro de aislamiento, a las 9:00 a.m., me detuvieron, y una de las primeras cosas que hicieron fue obligarme a desnudarme. Yo me negué porque eso no está de acuerdo con ningún procedimiento penal. Me iban a poner las esposas, pero el oficial Darío, que estaba ahí, accedió a no ponérmelas. De ahí me llevaron a un departamento de Inmigración que hay por el Cerro, que también es una especie de minicuartel de la Seguridad del Estado. Allí me estuvieron preguntando sobre mi amistad con Luis Manuel Otero Alcántara. Ahí estuve alrededor de siete horas, hasta las 11 de la noche. Me hicieron un conjunto de preguntas que después se fueron repitiendo todo el tiempo en Villa, que es como le dicen ellos.

    CMA: Le llaman lo mismo villa a una cárcel que al lugar que les dan a ellos para vacaciones.

    HL: Sí, había un muchacho allá adentro que decía: «No sé por qué estamos en esta Villa Marítima, si yo no veo el mar por ningún lugar». Allá adentro los detenidos, los presos, tienen una imaginación increíble. Hay que desarrollar la imaginación para inventar cosas.

    Después me llevaron a una salita muy pequeña tapiada en madera. Tal vez más adelante pueda hacer una serie de dibujos o reconstrucciones en 3D. Parece que esa era la manera en que en los años sesenta podían insonorizar. Con una estética que se usaba mucho en la etapa comunista polaca. En los interiores, sobre el cemento, tapaban en madera. Eso insonoriza. Me recuerda también a la escenografía provinciana que le gustaba tanto a Fidel Castro: tener todo en madera, maderizar todo. Parece que eso viene del mundo del cedro de Holguín, no sé; hay un imaginario ahí bastante rústico que me parece interesante. También en varios regímenes autoritarios y totalitarios eso ha pasado; yo lo he investigado.

    Cuando llegué a Villa Marista comenzó la instrucción agresiva. Estuve aproximadamente desde las 11:00 a.m., mientras contaban objeto por objeto, clasificaban cada billete por su numeración; todo iba a ser ocupado. En lo que más interesados estaban era el teléfono, la computadora, lo que llaman ellos «medios de cómputo».

    Llegué a la celda alrededor de las 3:00 a.m., a la tercera planta, donde tienen la prisión. No la segunda, que están reparando. Lo pude comprobar porque la puerta estaba abierta y se escuchaba el ruido. Al momento te dicen que no te vas a llamar más por tu nombre y te asignan un número; ahí todo el mundo es un número. Yo era el 2239; creo que me volví eso, seré el 2239 para siempre. Tipo lo que pasaba aquí [Polonia] en los campos de concentración, donde te tatuaban los números para que no se te olvidaran ni te hicieras el loco. Tenías que acordarte. Al principio ni me di cuenta, pero con el paso de las semanas empecé a caer en cuenta de ese destino orwelliano. En prisión me contaban los demás que uno tiene su nombre, pero en Villa Marista tienes un número; en prisión tienes reloj, pero allí [en Villa Marista] no sabes qué hora es. Los oficiales cuando quieren te dicen la hora; a veces te dicen que no saben, aunque tengan el reloj en la mano.

    Yo hasta ese momento no había tenido nada que ver con nadie de la Policía ni del DTI ni de ningún «departamento de instrucción». A mí nunca me hicieron una llamada, nunca me mandaron un mensaje; para mí era algo realmente novedoso y sorprendente. Yo he estado estudiando arte toda mi vida, no he confrontado más que con los archivos. Y se volvió parte de la realidad. En los primeros días pensé que solo lo hacían para asustarme, para que me diera cuenta de que con lo que yo trabajo no se juega; pero realmente me volví parte de ese trabajo de una manera analógica y presencial —que sinceramente es mejor no tenerla; es mejor no tener esto que ocurrió.

    CMA: ¿Tú perdiste la referencia del tiempo?

    HL: Sí, se pierde. Los días los retuve porque uno los cuenta. Hay un pasillo larguísimo en que ponen cada día la Mesa Redonda, y en ese pasillo uno oye… Eso fue algo de lo que me acordé el otro día porque estoy reconstruyendo; lo que llevo son tres días fuera. Uno agudiza el oído y el olfato, porque se vuelve como un ciego. Haces el esfuerzo por recordar si ves que repiten mucho algún número, como el 2244. Uno sabe qué día es, la hora del noticiero (pero a veces lo apagan). Ponen siempre lo de Salud Pública, del doctor Durán; uno sabe que es a las nueve. Según uno de los teniente coroneles que estaban ahí, era para mantenernos informados.

    CMA: ¿Llega solo de manera auditiva, o lo ven?

    HL: No, uno no ve; está oyendo en un pasillo con las puertas también tapiadas de madera (son puertas de metal). Son sencillamente diez listones en tres secciones. La cuestión es que se saben las horas por eso; la luz es muy escasa por unas ventanas muy pequeñas que hay arriba de manera horizontal, con 36 barrotes. Uno cuenta porque piensa que los 36 barrotes son los días que va a durar el encierro. Después hay otra sección de barrotes, de 27. Después una ventana por la que puedes ver filamentos de la realidad, si caes de un lado; si caes del otro, lo que ves es la pequeña placita que hay en Villa Marista.

    Yo estaba en la celda 31. Me contó un prisionero, que después encontré en otra celda, que estuvo con otro artista que se llamaba Luis Manuel Otero Alcántara. Yo le dije: «Claro que lo conozco». Luis estaba en la celda 23; lo puedo asegurar. Me lo dijeron. Estaba a unos escasos diez u 11 metros de mí, en la misma sección. Si yo hubiera sabido que estuvo en esa misma semana… que yo me imaginé que podían estar personas como él, como Tania [Bruguera], como Katherine Bisquet, Carolina Barrero… pero tenía la intuición de que Luis estaba por ahí. No lo pude ver porque a todos los prisioneros los sacan indistintamente, uno por uno. Yo podría haber gritado «Luis» de madrugada, y él lo iba a oír.

    Ahí los primeros gritos que oí —lo que es bastante atemorizante— eran de un tipo que como a tres celdas de distancia empezó a decir: «Me pegaron el COVID-19»; «Ustedes me van a matar»; «Ya yo estoy muerto, me pegaron el COVID». Luego descubrí que ese tipo de gritos no son frecuentes; son de personas que acaban de llegar y no conocen el procedimiento. Ellos tratan de calmarte, los propios oficiales que están arriba, que son casi siempre alrededor de cuatro, con un jefe de pelotón, que casi siempre es un capitán. Suelen mandar a un instructor a que te dé algún tipo de garantía: por ejemplo, yo siempre preguntaba si mi madre supo que yo tuve COVID-19 allá adentro, y ellos me decían que sí, que lo habían hablado con el instructor y había sido informada; pero ralamente fueron bastante deshonestos, y no le informaron a mi madre.

    El tema del COVID-19 es serio, y enfermarse con eso es bastante peligroso. No sé si no dieron la información porque no querían filtrar que la inmaculada dirección de ese Departamento de Seguridad del Estado es capaz de coger el COVID, pero al final se filtró por medio del abogado. De hecho, estaban bastante temerosos respecto a cómo se había filtrado. Estuve 87 días en Villa Marista y luego seis en una casa de protocolo o descanso en una zona de Guanabo [Habana del Este], para llegar a la cual me bajaron la cabeza unas cuadras antes, mientras era custodiado por cuatro agentes de la Seguridad del Estado. Nunca pisé la calle; ni cuando fui a la Embajada de Polonia, ni al aeropuerto.

    La linealidad del tiempo se pierde; yo subdividía el día en cuatro secciones. Me levantaba muy temprano, con el noticiero de las 6:30 o las 7:00 a.m. Partía el día: del desayuno hasta el mediodía, del mediodía hasta la tarde, la tarde a veces la dividía en dos porque era muy larga. El peor momento es la mañana, y el mejor la tarde noche, porque sabes que el día se acabó, y es un día menos.

    Yo caminaba mucho; me dio por caminar de forma diagonal por la celda, que tendría unos tres metros por dos, con cuatro literas y un baño. Éramos cuatro personas en un espacio excesivamente reducido. Yo intentaba caminar en esa línea diagonal, que son seis pasos, casi las 24 horas del día. Súmale el nerviosismo de no saber qué va a pasar contigo. La comida no era mala, pero era muy escasa. Había presos que contaban las cucharadas de arroz, a veces eran cinco, otras veces siete. A mí me empezó a preocupar la falta de comida cuando me infecté de COVID, porque adelgacé. Yo entré con 69 kilos y llegué a pesar, según ellos, 60.5 kilos. Quizá aumenté dos en la casa de descanso.

    CMA: Quiero que me hables del calabozo, de tu relación con la policía política, y de quiénes te acompañaban… Muertos como Reynaldo Arenas y Heberto Padilla, entre otros, porque uno carga con quienes lo anteceden, aunque no sea consciente, pero tú eres muy consciente en estos casos.

    HL: Es una tradición que me ha interesado investigar y que es parte del proceso de investigación de mi obra. Ellos lo reconocían desde el punto de vista procesal, pero no como una forma de entender lo poético ni como espacio de resistencia y de salvación.

    En los interrogatorios ellos me preguntaban una serie de cosas… podríamos estar 87 días sobre eso.

    CMA: ¿Te interrogaban mucho?

    HL: En el primer mes, muchísimo. En las primeras semanas eran varias personas a la vez. Insistían en muchas cosas. Una de ellas era que tenían pruebas de que yo cometí delitos, y que lo que me estaban haciendo era dejando que yo los ayudara, porque no me iba a ayudar nadie desde fuera, ni siquiera el Papa.

    Ellos me pedían que aclarara lo que había hecho, alegando que eso me podía ayudar a no ir a juicio, o para tener una sentencia más baja. Es decir, que autoinculpándome me iban a rebajar años. Ellos me preguntaban qué yo fui a hacer a Cuba, quién me pagó, qué iba a preparar. Tenían creado un esquema: yo iba por órdenes de alguien a hacer algo. Yo insistía en que no era mi propósito, y me decían: «Bueno, mañana seguimos hablando».

    Con los días me di cuenta de que tienen una extraña metodología con la que te van induciendo…; ellos trabajan por inducción para que uno declare. Te van llevando a eso…; te vas dando cuenta con los días, las semanas y los meses. Ellos quieren que tú empieces a denunciar personas, a crear falsos testimonios o que te autoinculpes. Yo vi a muchachos encarcelados tras el 11 de julio que estaban autoinculpándose porque estaban desesperados con esa situación. Yo puedo declarar que le tiré una piedra a una patrulla o quemé un tanque de basura, que rompí una puerta y tiré un coctel Molotov. Me decían: «Yo no lo hice, pero ya, declaré que sí». Eso pasa cuando no tienes experiencia. Cuando uno estudia los procesos de Moscú, de Praga, de otros sitios, como Europa del Este, uno se da cuenta de que es un método. Eso me demostraba a mí que no podía autoinculparme. Cómo iba a decir algo con lo que no tenía nada que ver.

    A mí me estaban diciendo que me habían entrenado los americanos, gente del Departamento de Estado. Decían que yo había dejado papeles escondidos en Alemania sobre mi entrenamiento y lo que iba a hacer en Cuba. Después del 11 de julio ellos comenzaron a buscar pruebas de que yo había ido a allí para hacer algo. Empezaron a asociar unas cosas de los VPN míos. «Qué casualidad», me decían. O: «Tu madre va a sufrir mucho». O: «Te pueden caer de 15 a 18 o 20 años por incitación a rebelión».

    En los papeles que me enseñaban, la Instrucción y la Fiscalía me acusaban de «incitación a delinquir». Mézclalo todo eso con la Ley 88. Me inducían cosas de terrorismo. El teniente coronel Estrada dijo que yo me parecía al que puso la bomba en el 98. Me lo decía como diciendo que me iba a caer «terrorismo».

    Sacaron unos audios que yo le envié a Abel [González], Leandro [Feal] y otros amigos míos en los que, estresado por la situación del 27N, decía cosas como: «Estoy tan berreado que podría darle candela a una estación de policía»; pero comentarios privados, personales, que nunca hice públicos. También dije que a los miembros del Partido Comunista de Cuba habría que juzgarlos en un futuro, como mismo uno puede decir: «Yo quisiera que volara en pedazos este planeta».

    A ellos les parecía excesivamente escandaloso que yo señalara que el ejercicio de las armas es necesario para la construcción de una República. Ellos estaban completamente escandalizados, y ahí veían mi incitación a la rebelión. También veían incitación a la rebelión cuando yo decía que el 27N tenía que haberse quedado afuera [del Ministerio de Cultura en La Habana], que no obraron políticamente bien.

    Supuestamente, ellos tienen guardados esos audios y los pueden sacar; yo no creo que sea un problema porque son ejercicios de expresión privados con amigos. No estoy mandando a nadie a que lo haga; son opiniones que yo tengo.

    Además, estamos acostumbrados en el mundo de las artes plásticas, desde las vanguardias, a entender el radicalismo como una forma de extender el marco de lo cívico. El propio Vladimir Maiakovski quería incendiar los museos; los futuristas; Beuys…; qué se yo, hay mil expresiones radicales. Eso no significa que se haga incitación al fusilamiento de personalidades. Yo creo que, si hay que juzgar a alguien, es a la institucionalidad, al PCC, y de algún modo te salvas de personalizar ese proceso.

    Esta era el arma más fuerte que ellos tenían contra el 2239, que era yo. Las preguntas que me hacían eran orales, y en algunos momentos escritas. Ahí yo entendí la oportunidad. Me acordé mucho de Heberto [Padilla] y de Reynaldo [Arenas], que lo hicieron también: la otra opción que ellos te dan, además de denunciar y autoinculparte, es el arrepentimiento.

    […] Entonces yo también empecé a implementar una teatralización. Ustedes saben que en Hamlet hay una obra de teatro dentro de otra obra de teatro, un juego de espejos. Entonces dije: voy a ver qué tal… Y al parecer ellos siguieron la línea también. Y empecé a hacer el famoso arrepentimiento, y las retractaciones. A escribir que no quería participar jamás en la vida política, en ningún grupo de activismo. Después me presentaron un papel en que yo tenía que decir que iba a colaborar con ellos. Darío me lo sugirió; me estaba dictando lo que tenía que decir. Ellos tienen documentos donde yo supuestamente soy colaborador de ellos, pero no es cierto. También en prisión hay un modus operandi: te dicen los propios prisioneros que para salir de ahí hay que decir cualquier cosa. Escribir textos de arrepentimiento era la manera más noble; denunciar me parecía menos honorable.

    CMA: ¿Cuántos documentos fueron?

    HL: Son dos; me hicieron firmar también uno que no tenía supuestamente constancia jurídica: básicamente que estaba colaborando con ellos para, si hay algún grupo de instituciones hostiles a la Revolución, yo ayudarlos con eso. Y los otros documentos, que fueron al principio, son mis declaraciones. Yo tenía que repetir mis declaraciones, pero siempre las hacía con el tono heberto-padillezco de arrepentimiento. Estaría bueno que ellos lo saquen. Yo creo que es un arma que pueden usar si yo sigo cerca del activismo político y la inquietud política, social y cívica de ese país. Podrían decir: este hombre está totalmente descartado porque es colaborador de nosotros. Pero saben qué: a mí realmente no me afecta tanto, porque mi compromiso real es con la creación, con el mundo simbólico, estético, y eso se le puede sacar a una persona con una carrera política, pero los artistas pueden ir con un pullover de Nirvana o Pink Floyd mientras los políticos tienen que guardar las formas. No es lo mismo un artista borracho que un político.

    Ellos juegan con eso de que, para que se descarte en ti lo político, te hacen firmar documentos; pero bienvenido el teatro. Evidentemente ahí hay una dramaturgia, y me acordaba mucho de esos muertos, especialmente de Arenas cuando hablaba de la filtración de las paredes y decía así: «Por supuesto, cualquier papel que haya que firmar lo voy a firmar; hay que salir de ese infierno». Él lo dijo claramente.

    CMA: ¿Hubo un momento donde empezaste a intervenir la realidad artísticamente, con conciencia de utilizarlo para algo nuevo? Si pasó, ¿te hizo más confortable o te alivió de algún modo la experiencia?

    HL: Sí, eso te da un poco la idea del mártir: dar testimonio. Como decía Rodolfo Walsh: dar testimonios en tiempos difíciles. Es cierto, reconforta un poco; pero son varias lecturas, no es ni paralela, ni horizontal, ni diagonal. Es semicircular en todas sus variantes, cósmica. Tu estás viendo eso desde el punto de vista literario, de la memoria, de una memoria que no ha desaparecido, porque muchísimas personas antiguamente me han dicho: «Tu obra ya no tiene sentido: vino Obama, esto se va a resolver. Te va a quedar como una especie de investigación de lo dinosauriesco del pasado policial en Cuba». Pero no, sigue en pleno funcionamiento. No sabía que Villa Marista tenía tanta efectividad, incluso en infraestructura —de hecho, está en construcción ahora mismo.

    Hay muchas lecturas, incluso desde el punto de vista simbólico, del imaginario, de los colores que usan. Decían que habían hecho «profilaxis» conmigo, y casualmente el color de las rejas es un ocre que yo usé mucho en mi serie Cultura profiláctica. A veces pensaba que era una especie de deep fake de mi obra… Por un problema de asociación uno llega a entender lo que pasa: los colores, las autoinculpaciones, los textos, las cosas, las palabras, las terminologías… porque un interrogador se llama «instructor», un preso se llama «detenido». Usan toda la serie de eufemismos de los que habla mi trabajo. Formas mínimas de tortura psicológica que se usan, y de las que también son parte, voluntaria o involuntaria, los detenidos…, que ya vienen traumatizados por estos procesos o por procesos nuevos que están viviendo. Te empiezan a decir lo que te puede pasar; empiezan a hacer sus propias indagaciones sobre lo que va a pasar […] Y por otro lado lo interesante es el tratamiento especial. Yo me di cuenta de que había cierta excepcionalidad en mi caso: venían a verme a cada rato, una vez me llevaron comida muy bien elaborada: chícharo, arroz, pollo. Los que estaban en la celda conmigo se quedaron sorprendidos.

    CMA: ¿Los presos que estaban contigo estaban por motivos políticos o por otras cuestiones, o por lo primero disfrazado de lo segundo?

    HL: Es muy difícil saberlo. Ellos [los agentes] me decían a mí que no estaba ahí por nada artístico ni político, sin embargo, las preguntas siempre eran sobre el 27N, sobre el Movimiento San Isidro, sobre Tania Bruguera, Coco Fusco, sobre la gente que conocemos, artistas…, sobre qué hice en Polonia…. Entonces no puede ser que me acusen de instigación a delinquir si me están haciendo preguntas políticas. La mayoría de la gente que está ahí está acusada de delitos contra la seguridad del Estado; otros, por cohecho; personas que se van en balsa; otras asociadas a tirar piedras después del 11-J. No lo entienden como nada político: hay una despolitización dentro del órgano de investigación política más violento que hay en Cuba.

    Los otros presos que hay ahí contigo te empiezan a meter ruido en el sistema. La desestabilización psicológica viene en muchos casos de ellos, voluntaria o involuntariamente, no sé. Hay mucha gente que trabaja con ellos, pero hay esa doble frecuencia, la del terror simbólico de la palabra. Te empiezas a hacer preguntas, a imaginar futuros posibles, salidas posibles, pero nunca nadie vio la posibilidad de que me sacaran del país. Parece tan irreal; es las antípodas de lo que te proponen, que es cárcel o seguir estando allá adentro […]. Eso me lo empezaron a sugerir a mediados de agosto, entonces uno tiene que hacer lecturas sobre las lecturas de ellos, porque no se sabe nada allá dentro.

    CMA: Hubo un momento en que nos llegó la información de que tú pediste ayuda psicológica. ¿Eso es dicho en qué contexto? ¿Lo necesitabas propiamente o lo habías dicho como una bengala que uno tira en la oscuridad?

    HL: Son varias cosas. La ayuda psicológica tiene que ver eso, la metáfora de la bengala, pero también es real, porque yo tenía en el momento en que la pedí un temor total que nunca había sentido en mi vida: es el miedo total, que no sé con qué se puede comparar. Tal vez con relatos que he leído de la Guerra Civil Española, de los últimos momentos de un fusilado, que no era mi caso, pero te llega, te invade ese terror total que nunca había experimentado en mi vida.

    Yo he escuchado el relato de muchos balseros que se iban por Santa Fe, y lo menos que sentían era miedo, sino la esperanza de ir a otro lugar. Muchos de ellos fallecen, pero no tienen ese miedo, que me llevó a temer que podría sufrir algún colapso sicológico. Yo cuando niño tenía alucinaciones, y lo vi como un antecedente. Yo estaba muy alerta en la noche, y a veces sentía voces que no sabía si eran reales o no. Una de las cosas que me hizo reconfirmar que necesitaba ayuda psicológica fue uno de los detenidos, que por mi situación me lo recomendó. La respuesta de los oficiales era que no podía ser; las doctoras también me decían que eso estaba muy difícil. Finalmente accedieron y tuve una conversación con una psicóloga que realmente no creo que tuviera muchos elementos para ayudarme.

    Eso fue casi al final, pero sí lo dije, y lo necesitaba, porque una de las cosas que te da la incertidumbre es que tú piensas que no vas a salir de ahí, y si sales vas a salir a una prisión —que para muchos de los prisioneros que estaban ahí la prisión es la libertad, porque tienes un teléfono a cada rato, te puedes poner tu ropa normal, no tienes seis pasos en diagonal para caminar.

    Yo pensé en hacer algo, ponerme pesado para que me llevaran a prisión; pero pensaba: estoy aquí, en La Víbora, estoy cerca. Al menos aquí hay algo cerca; el abogado puede venir. De lo contrario me podían mandar para una prisión en Las Tunas… ¿Ahí cómo mi mamá me iba a ver? Entonces resistí, me porté súper bien; ellos dicen que yo tuve un comportamiento excepcional, disciplinado, porque hubo gente que llegó conmigo, que antes había estado en prisión, y no soportaron eso. A los 15 días hablaban solos de madrugada, tocaban la puerta y pedían que los trasladaran a una prisión común. Hay gente que lo quiere, que hace lo imposible, porque al menos pueden caminar un poco más y coger algo de sol. Yo cogí sol como cuatro veces nada más en los meses que estuve. No es en un patio, sino en el mismo techo, dentro de un cuadrado con las mismas dimensiones de las celdas, tres metros por dos. En Google Maps, desde la vista satelital, se pueden ver los cuadrados blancos, que son los soleadores, que parecen como cajas de donde sale el aire.

    Yo pienso que, si uno está convencido de su crimen o de su delito, prefiere ir a la prisión: ver la televisión, hablar con los demás, qué sé yo. Porque ahí no se puede hacer nada; además de la angustia de los interrogatorios. La gente termina acostumbrándose a su interrogador y tocan la puerta para hablar con él. También se le puede pedir realizar una llamada por teléfono. En mi caso lo tuve que pedir siete veces hasta que me dejaron hablar. A mí me fueron dando las cosas a cuentagotas.

    CMA: ¿Cómo comienza la negociación para tu salida y cómo se da hasta que terminas en la casa de protocolo del MININT?

    HL: Desde mediados de agosto comenzaron a decir que había una posible solución de salida, pero que quizá iba a ser a mi casa, o que iban a proceder al sobreseimiento de mi causa, que es archivarla. Me pareció extraño, porque archivarla después de que me habían dicho que tenían pruebas de que yo era agente de alguien…; ahí me empezó a parecer bastante extraña la falta de seriedad y profesionalismo de esta gente. Aunque me seguían diciendo que mi investigación iba a continuar y yo tenía que seguir diciendo cosas. ¿Esto se acabó o no se acabó?, me preguntaba yo.

    Me dijeron que había una posible salida al aeropuerto y que tal vez podría ver a mi mamá, pero no iba a llegar a mi casa ni a ningún lugar. Después me decían que podían mandarme a un campamento de trabajo, o con restricciones domiciliares hasta mi salida. Al final me comenzaron a preguntar qué me hacía falta para salir; yo les dije que una visa y una prórroga en el pasaporte. Estuve sin saber de eso casi un mes. En esa época cogí el COVID; me llevaron a un centro de aislamiento por el Bahía [este de La Habana], donde estuve cinco días hasta que me regresaron a Villa Marista. Me dijeron que iba a tener 14 días de confinamiento. Yo pensé que iba a estar solo, pero caí en una celda con otros compañeros. A los 14 días me sacaron y me llevaron para una casa. Yo estaba un poco asustado porque no sabía para donde iba a ir. Me dijeron: «2239, recójalo todo».

    Una cosa curiosa es que en los últimos días me dejaron dibujar. Yo siempre pedía que me dejaran dibujar. Me dieron una serie de hojas. Yo dibujaba la realidad misma: las patas de las literas soldadas al piso, fragmentos. Yo estaba haciendo una especie de acumulación de cosas, y pensé que me dejarían sacar eso, pero luego me dijeron que no, que me lo ocupaban porque solo me lo habían permitido para que me sintiera bien psicológicamente. Solo uno se lo llevó mi mamá, que es como un dibujo de Arnaldo Tamayo. Al principio dejaron pasar algunos libros, pero luego con lo del COVID no permitieron más.

    Después me llevaron a esa casa. Cuando iba hacia allá iba viendo las cosas pasar; pensé que sería al Combinado del Este, pero me pareció extraño porque no estaba esposado, llevaba ropa de civil. Ellos me explicaron anteriormente: «Vas a ir a un lugar donde te van a atender muy bien pero no será tu casa». Nunca pensé que sería ese tipo de casa. Era por Guanabo, aunque no sé la dirección porque antes de llegar me bajaban la cabeza. Ahí estuve como seis días. En uno de esos me dijeron que se estaba organizando todo para lo de Katherine Bisquet, y me dijeron que ella quería hacer la salida por Alemania, porque tenía una serie de cosas resueltas ahí. Kathy no podía salir, supuestamente, si no lo hacía conmigo en la Embajada alemana, y ellos se negaron rotundamente en esa Embajada porque consideraban que le iban a dar una caracterización política a nuestra salida. Sin embargo, la de Polonia, que también hizo un trabajo magnífico, tenía más la caracterización de que era un asunto familiar. Se negoció entre todo el mundo; fue una especie de negociación FARC-EP con ELN, una cosa de esas; me sentí así.

    CMA: ¿Una de las monedas de cambio era que Katherine Bisquet se fuera?

    HL: No solo Katherine, Carolina Barrero también: que yo pudiera hablar con cualquier persona, y convencerlos de eso. Si yo hubiera tenido más acceso a personas, me hacían llamar a todos los que pudieran tener que ver con el caso. Insistieron mucho en Katherine y Carolina. También decían que Carolina había ido a Cuba por órdenes mías, como si yo fuera una especie de jefe e ideólogo… Veían mucho mi capacidad de influencia sobre Carolina, no sé de dónde sacaron eso. Y como ya habían dicho que Carolina era la influencia sobre Tania Bruguera, al parecer deben asumir que Tania es un teniente, Carolina, una teniente coronel, y yo, un coronel. Ellos me consideraron a mí mucho más poderoso que Tania [se ríe]…

    La negociación se llevó así, creo que fue bastante efectiva. Me dejaron hablar con Tania también por teléfono, pero siempre con la presencia de dos oficiales. Yo estaba en un cuarto que era sencillamente una cama con aire acondicionado y un closet y un baño. Ventanas cerradas, no se podían abrir, y tenía que tocar la puerta para todo.

    Ahí me atendieron muy bien, entre comillas; me dio un poco más de vergüenza: la situación en la que yo estaba, y la situación en que está Cuba hoy en día. Allí me daban langosta, camarones, una comida excelente… Me daba vergüenza porque, cuando fui para el centro de aislamiento, yo iba en el carro mirando a la gente en las famosas colas, rapiñando la poca comida que hay en ese país… Comprando calabazas, unas cebollas que cada vez son más pequeñas…

    Uno se da cuenta de que en Cuba hay riqueza, pero no la tienen los cubanos, sino los miembros del MININT y las Fuerzas Armadas. Ellos tienen gasolina, celulares, automóviles; pueden ir a cualquier velocidad; la Policía les para, y ellos hacen una seña y no pasa nada. Ahí uno ve la arbitrariedad del poder en Cuba, que está en el elemento militar, que para mí es una de las mayores desgracias que ha sufrido esa isla desde que llegó el poder español. Una de mis ideas es despojar a ese país, de una vez y por todas, de ese omnímodo poder militar.

    En Cuba no hay pobreza, hay pobreza para el pueblo. Ellos no son pobres, por eso se sienten tan bien armados y tan bien estructurados en sus ideas. No solamente tienen las armas, sino también los recursos. Y sus salarios son más altos que los salarios de los médicos. Yo mismo oí una conversación de un teniente coronel: «Recuerden que ustedes ganan más que un médico, por eso tienen que hacer su trabajo bien». Te das cuenta de que es muy fácil en esas condiciones defender un proyecto. Es como la visita de[l presidente Miguel] Díaz-Canel a San Isidro: después de meter a todo el mundo preso sale en la televisión diciendo que es un espacio de La Habana completamente disciplinado. Después de que tienen a Esteban [Rodríguez], Maykel [Castillo] y Luis Manuel [Otero] presos. Claro que es fácil limpiar y sanear.

    CMA: El totalitarismo, a donde llega, borra la experiencia concreta. Si Díaz-Canel llega a San Isidro borra San Isidro: él no puede asistir a ningún lugar de Cuba. Lo que pasa con el castrismo y su deriva es que no puede acceder al país; cuando ellos se presentan en algún sitio, el país desaparece, se vuelve una representación que ellos propician y venden como propaganda. Ellos no pueden pisar San Isidro por más que se paseen por allí.

    Una pregunta que quiero hacerte: ¿Tus pertenencias, te las devolvieron?

    HL: Sí, todo. Ellos me dijeron que habían creído en mi arrepentimiento y en mi rehabilitación política. En definitiva, ya, decidieron hacer eso, creyeron en eso. Ayer me levanté y vi la realidad y pensé que era un sueño dentro de otro sueño. Estar allá dentro te quiebra la noción del tiempo. Yo pensé mucho en Santa Teresa de Jesús allá dentro, en Miguel Hernández, en Oscar Wilde, en los rusos… Sergei Tretyakov… sobre todo artistas; el propio Martí, Reynaldo Arenas, que enfrentaron a esa realidad desde la dimensión poética. Como diciendo: si Oscar Wilde aguantó dos años… Uno empieza a resignarse.

    Empiezas a pensar en los peores casos: en la resistencia polaca de 1944, que se metía debajo de los subterráneos, durante meses esperando a que los nazis salieran, cosas así… En subir la jerarquía de lo peor que te puede pasar: los campos de concentración. Allí dije: ven acá, creo que me hace falta asistencia psicológica. Todo el tiempo empecé a mezclar Gestapo con Stasi con todas esas cosas que uno ha leído. Te vuelves una especie de acumulador; empiezas a ver un sedimento de situaciones coercitivas y represivas policiacas.

    Te das cuenta del poder de la policía política en Cuba sobre las instituciones. Ellos siempre insisten [en] que hay separación de poderes y que es la Fiscalía la que toma las últimas decisiones; pero al final me confesaron que la Fiscalía no podía. Me dijeron algo así como: «Ni se atrevan». Qué va a existir separación de poderes en Cuba, si los miembros de la Fiscalía son del Partido. Que la Fiscalía quede en La Habana Vieja y Villa Marista en La Víbora no es separación de poderes. La separación de poderes es que los miembros del Tribunal Supremo no sean del Partido.

    CMA: Hay una cosa muy importante a nivel conceptual, que también incluye una respuesta práctica. Mucha gente se lo está preguntando. ¿En qué condiciones se dio la salida, el destierro? ¿Hay alguna especie de acuerdo pactado sobre volver o no volver?

    HL: A mí me insistieron en que, si mi arrepentimiento no era real, si todo había sido una simulación, me iban a esperar en el aeropuerto, y Villa estaría ahí para mí. Por otro lado, técnica y explícitamente me pusieron dos prórrogas en el pasaporte, hasta el 2024. Eso les da el marco de maniobrabilidad, como también pasa en China, Rusia y Bielorrusia, para decir que tú no vas a ser expulsado. Técnicamente no estás siendo expulsado por Inmigración. Tu problema es un problema familiar, mínimo. Pero si yo reiteraba mi hostilidad hacia el Gobierno cubano me prometieron que me esperarían y me llevarían de nuevo para Villa Marista. Eso te dice que tu camino es el camino del exilio, como sucedía en la Roma de Augusto y de Tiberio. Hasta que Tiberio muera, o hasta que César Augusto u Octavio muera. Esa es tu fecha. Ellos juegan con eso, con que en los documentos diga otra cosa.

    Sí me lo dijeron. Si no me lo hubieran dicho tal vez no estaría de acuerdo con esa manera de interpretar que ha habido [«destierro»], pero sí me lo dijeron y me lo hicieron explícito.

    Por supuesto, que uno hace una evaluación de la vida que se puede tener en ese país, y para mí el mundo cultural en Cuba ha terminado, está atravesado por un debate directo, que no es un debate estético, sino un debate sobre las libertades fundamentales de los cubanos, sobre los derechos civiles, sobre los derechos constitucionales. O no, porque la Constitución está manejada por la estructura omnímoda del Partido Comunista. Hay artistas presos en Cuba. Yo les insistí a ellos en que si alguien me formó a mí no fue la CIA ni el Departamento de Estado, fue el sistema de enseñanza artística en Cuba. Tengo título de [la Academia de] San Alejandro y del ISA [Instituto Superior de Arte de La Habana]. Tengo muchos exprofesores que siguen siendo mis amigos, y uno ve la medida del abanico que han abierto, y las posibilidades de reprimir a cualquier tipo de persona, tanto a una persona que no tiene filiación con el mundo de la cultura como a un artista. Ahí está lo que sucedió con el Decreto 349.

    Yo creo que no hay otras opciones respecto a Cuba para una persona como yo. Y ellos te están señalando el camino del exilio cuando cinco carros te llevan a ti y a tu pareja al aeropuerto, con una moto atrás, y más de 20 oficiales; cuando tú no entras al aeropuerto por la puerta normal, sino por atrás, por donde entran los presidentes y los ministros. Tus maletas pesan el cuádruple de lo permitido, y ellos te la dejan pasar.

    Me dejaron salir con varias obras, cuando anteriormente no dejaban a nadie sacar mis obras de Cuba. Si ellos tenían algún problema con la imagen de Fidel Castro, en esta ocasión me dejaron sacar obras con la imagen de Fidel Castro. De eso se trata, te sientes como VIP. La operación final me dio un poco de miedo: un poco más y me suben sin pasaporte y sin visa al avión. En el aeropuerto estaban varias de las personas que me atendían; me di cuenta de lo importante de la operación, que, como dirían, fue «autorizada al máximo nivel», para no decir que fue autorizada en «Palacio», como dicen ellos. Qué curioso que hablen de «Palacio de la Revolución», que es una jerarquía monárquica.

    CMA: A mí me llama la atención cómo el lenguaje a ellos siempre los desnuda; ellos no tienen control sobre eso. Hay una cosa básica que tienen que aprender: el lenguaje dice más de quien lo usa que de aquello a lo que se refiere. Y la nomenclatura de ellos, y cómo lo usan [el lenguaje], lo que hace es desacreditarlos todo el tiempo: lo racistas, lo clasistas, lo opresivos y lo dictatoriales que son. Palacio de la Revolución» es un oxímoron tremendo. Me recuerda el ejemplo del «Partido Revolucionario Institucional» [PRI] de México.

    HL: O el propio hecho de «incitación a la rebeldía». Supuestamente ser un rebelde en Cuba es lo más honesto que se puede ser. Entonces habría que desmontar [el diario] Juventud Rebelde. Yo estoy asistiendo a la tradición de la llamada «Generación del Centenario»: incitar a la rebelión, a la desobediencia… son palabras que tienen un peso.

    CMA: Ellos, que hablan de manera teleológica de la Revolución como un proceso único que empieza el 10 de octubre de 1868, todo justificado a partir del fin y no leyendo los procesos históricos en sí mismos. Pero hay una ruptura en 1959: todo lo que es elogiado como gesto civil, artístico o intelectual antes de ese momento, luego es condenado. Si nosotros hemos pasado por lo que hemos pasado, es por hacer cosas que en la Historia que nos dieron [en la escuela] estaban bien vistas.

    HL: Ahí están sus propias contradicciones. «Palacio de la Revolución». Díaz-Canel habla de «Palacio», una condición monárquica. Unió completamente los elementos de la Revolución Francesa: el Palacio, la Monarquía… pero hay algo ausente, que es la República, lo inconquistable, la cosa pública, la participación de todos los elementos de la política.

    Ellos me dijeron que no puedo volver a tener este tipo de conversación allá con nadie, ni con un gato.

    Ahora recuerdo que hay un gato en Villa Marista que se llama Ramón y se come los pescados de la fuente. Los trabajadores le tiran piedras, pero Ramón lleva una pila de años ahí, me contó un preso que ha estado anteriormente.

    CMA: ¿Pero Ramón es un gato que Villa quiere o que se cuela?

    HL: Vive ahí, le dan comida. Me interesó mucha esa imagen —que es a partir de la escucha. «Ramón, bájate de ahí, suelta eso». Luego, en la mañana, escuché a alguien decir que le había tirado unas piedras porque se estaba comiendo los pescados del estanque. Las cosas que uno escucha…

    Otra muy triste que escuché fue de una celda, de madrugada; se oía a alguien decir: «¿Por qué estoy aquí? ¿Dónde está mi amigo? ¿Oficial, dónde está mi amigo?». A esa persona parece que por la mañana le dieron un toque de instrucción, y no habló más nunca. Pero oyes gritos así, desesperanzados. «¿Dónde está mi amigo?». Me recuerda a Operación Masacre de Rodolfo Walsh, cuando dice que desde ese piso oyó a un preso no decir «Viva la patria”, sino «No me dejen solo». Recordé mucho a Rodolfo Walsh.

    CMA: Me alegra que los referentes que utilizas son también nombres que hay que arrebatarles a ellos. Porque Walsh, que fue un tipo cercano a la Revolución cubana en los primeros años, es de esos nombres que ellos intentan capitalizar. Y es alguien que hoy en Cuba sería un periodista preso, exiliado o condenado al ostracismo. Y es bueno que nosotros tengamos claro que tenemos la posibilidad de establecer nuestra tradición, que en buena medida pasa por arrebatarle a ellos todo lo que han secuestrado.

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    Carlos Manuel Álvarez
    Carlos Manuel Álvarez
    Bebedor de absenta. Grafitero del Word. Nada encuentra más exquisito que los manjares de la carestía: los caramelos de la bodega, los espaguetis recalentados, la pizza de cinco pesos. Leyó un Hamlet apócrifo más impactante que el original de Shakeaspeare, con frases como esta, que repite como un mantra: «la hora de la sangre ha de llegar, o yo no valgo nada». Cree solo en dos cosas: la audacia de los primeros bates y la soledad del center field.
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