En ese momento de nuestra continuidad postmorten, los hechos, después de ocurrir como tragedia y como farsa (según la predicción de Marx), se han dispuesto para una tercera posibilidad: permanecer como estética.
Duchamp había hecho una elección. Las elecciones que constituían la base de su obra se reflejaban en las negaciones de su vida privada. Había una cierta sangre fría en esas negaciones que llevaban consigo una cierta carencia de vida.
Somos, en fin, otra franquicia llamada Arte Contemporáneo, desde la cual validamos las prácticas del capitalismo más salvaje mientras nos permitimos sublimar las teorías del socialismo más cándido.
Por esto, de vez en cuando, conviene soltar lastre dramático y buscar guarida en la risa. Siempre viene a la mente el Duchamp del urinario en la galería y el bigote en la Gioconda, aunque el fundador del Arte Contemporáneo no fue el primero en hacerle cosquillas al arte...