Más allá de los efectos económicos —a los cuales no les hemos acabado de ver el final—, «la doble moneda» ha sido un dispositivo político esencial de la penúltima reinvención del modelo político cubano. Lo que quedaba del «fidelismo». Un apeo estructural cuya función subrepticia fue la de sostener la precaria armazón del último nacionalismo «revolucionario», o como quiera que se le llame a esa especie de ruina en la que se acabó convirtiendo el discurso ideológico a partir de los años noventa.  

Lo que comenzó siendo una solución de emergencia acabó extendiéndose durante casi 30 años. Seguramente implicó, primero, una urgencia, después, un desbarajuste económico, pero en tercer lugar acabó siendo también un elemento funcional que intentaba sostener un espejismo.

I

Cerca de los límites del primer Foro Romano, sobre la vía que conducía a uno de los barrios menos estimados de la ciudad, se encontraba un templo de menor tamaño, con una estatua de dos caras en el centro, que debió contrastar con la majestuosidad de los edificios imperiales. Estaba consagrado al dios Ianus, «el bifronte», que miraba con una cara al pasado y con la otra al presente; una de las pocas personificaciones que los romanos no importaron de la cultura helénica y uno de sus dioses más antiguos. Representaba la guerra pero también la paz, los comienzos y los finales, las esquinas, las barreras, los pórticos y las puertas (ianua). Ovidio le llamó «ente primitivo», decía que ya estaba cuando el Caos dio paso al mundo que conocemos y explicaba que su «confusa apariencia» era una señal de sus remotos orígenes.[1] En tiempos de guerra, los romanos abrían las puertas del templo para que el dios viniera en su ayuda, y junto con él, conjuraban la providencia y sus raíces más primitivas.

Entre elemento abstracto y dios antropomorfo, Ianus evoca la contradicción entre lo mejor y lo peor de la idea de sí que debió tener la cultura antigua, la tensión entre opuestos que domina todo el pensamiento clásico y la misma visión del kosmos que nos ha llegado a través de los fragmentos de Heráclito de Éfeso: «La guerra de todos es padre, de todos rey; a los unos los designa como dioses, a los otros, como hombres…»[2] Recuerda también la persistencia de las fuerzas dionisiacas que Friedrich Nietzsche describió en el trasfondo de la cultura occidental.

II

La historiadora María del Pilar Díaz se ha referido a una dualidad en la base del pensamiento «revolucionario». Una separación que, según ella, es propia de todos los procesos nacionales, pero que en el caso cubano «se hace extrema» desde el mismo año 1959.[3] De un lado «la imagen heroica» «del insular capaz de luchar contra los ingleses o permanecer diez años en la manigua».  O sea, la de los valores trascendentales y las grandes gestas. La misma que tienden a destacar los libros de Historia Nacional de cualquier país. Del otro lado, lo que ella llama «la leyenda negra del cubano», y que describe como la del individuo «haragán, jactancioso, bullanguero y escéptico, carente de constancia alguna». Durante más de 70 años, la tensión entre los dos elementos de esta entidad política de doble cara pasó por diferentes momentos, pero un rasgo que se mantuvo fue la contraposición entre la imagen positiva que promovía el espacio de lo político y la más frívola que proyectaban los individuos imbuidos en las actividades cotidianas, atendiendo a los apremios de la subsistencia.

No podía ser de otra manera, mientras la primera hace referencia al sujeto «revolucionario» como ente colectivo de un proceso de (re)definición nacional, la segunda refleja las contradicciones de la vida cotidiana —múltiple, diversa e imperfecta— en que los individuos se encuentran y desencuentran, tensando los vínculos entre las impresiones efímeras y los niveles más abstractos de la racionalidad histórica.[4] Como también explica Díaz, hubo momentos en que esta dualidad se volvió prácticamente asfixiante, incluso para el «revolucionario»; por ejemplo, con la promulgación de la Resolución No. 37 de 1962, donde se leía: «la falta deliberada al trabajo es un hecho delictivo y contrarrevolucionario».[5]

La peculiar fascinación que ejerció durante tanto tiempo el discurso de Fidel Castro tuvo mucho que ver con su capacidad para simplificar esta contradicción y realzar una de estas dos caras. A través de sus performances, los «revolucionarios» se volvían a encontrar con su lado heroico —el de Bahía de Cochinos y la Crisis de los Misiles, incluso el de la fallida «zafra del 70»—, al tiempo que les recordaba su cualidad de protagonistas de una trama excepcional que de este modo siempre conseguía reavivar. De una u otra forma, a través de sus palabras, «el revolucionario» sentía que estaba «haciendo Historia».

A partir de los noventa, sin embargo, esta celebración de la heroicidad mutó en un relato de la resistencia que acabó engulléndola casi por completo. Así, mientras «la Revolución» se alejaba cada vez más de las antiguas promesas de «desarrollo» y progreso, se entregaba también —cada vez más— a una nueva celebración del sacrificio —que el discurso oficial, todavía hoy, sigue intentando aprovechar. En julio de 1993, mientras anunciaba la despenalización del dólar junto a otras medidas contrarias a la lógica «revolucionaria», Fidel Castro intentaba redefinir así lo que esperaba de sus partidarios: «Es a los revolucionarios a los que se les pide más sacrificio; es a los revolucionarios a los que se les pide más comprensión. ¿A quién se les va a pedir? [sic.]  No es a otros, no es a los indiferentes».

Quedaban atrás la época de proyectar «los esfuerzos» hacia el futuro y también los años de la «rectificación de errores».[6] Daba comienzo la etapa de la «doble moneda», y quedaba diferida, en un estado de interrupción indefinida, «la construcción del socialismo».

III

Como en la naturaleza dual del dios Ianus, la coexistencia de dólares y pesos cubanos a partir de los noventa, vehiculó la ilusión de dividir la vida en dos universos. En uno de ellos el sujeto miraba hacia al pasado y se enroscaba sobre sí mismo con tal de seguir siendo «histórico» y «revolucionario». Mientras lo hacía, negaba la evidencia y daba la espalda al testimonio de la realidad. Al mismo tiempo, con la otra cara, de frente, el sujeto miraba al presente, donde tanto él como la «Revolución» sí tenían que lidiar con la contingencia y con el mundo de los «apagones», los centros turísticos segregados, la pésima alimentación y el déficit de transporte. Mientras en uno de los mundos repetía el relato histórico de la «Revolución»[7], aspiraba a conservar su cualidad de «héroe» y se aferraba una racionalidad que rozaba lo contradictorio —como en la inexplicable «necedad de lo que hoy resulta necio», con que intentaba sublimar la situación Silvio Rodríguez—; en el otro manejaba dólares, «boteaba» en los autos asignados por el Estado, solicitaba ayuda —apolítica— a sus familiares en el extranjero y prefería un puesto de conserje en un hotel a las antiguas «tareas» del magisterio o la medicina. En suma, podía y debía posponer sus aspiraciones históricas para ocuparse de subsistir hasta que llegaran tiempos mejores.

Por recordarlo de una manera más gráfica: todo el país sabía lo que costaba un litro de aceite o un paquete de leche, pero pocas veces se percibía en toda su dimensión que su precio en dólares era equivalente a la tercera o cuarta parte del salario de un maestro en moneda nacional. Los ámbitos del trabajo y la subsistencia pertenecían a dos sistemas separados y, como resultado, la desproporción de la relación quedaba atenuada.

En el momento de comunicar la despenalización del dólar en 1993, el mismo Fidel Castro se «disculpaba»: «¿Quién nos lo iba a decir, Shafick?[8] Nosotros tan doctrinarios y tanto que combatimos la inversión de capital extranjero, verla ahora como una necesidad imperiosa […]». Y luego repetía la misma idea en sentido más general: «Hoy la vida, la realidad, la dramática situación que está viviendo el mundo, este mundo unipolar, nos obliga a hacer lo que de otra forma no habríamos hecho nunca».[9] Para terminar exhortando a esta desconexión de la que hablamos:

si [el «revolucionario»] sabe que para salvar esa causa noble y bella tiene que tragarse un privilegio, soportar un privilegio y ver incluso cosas que no se ajustan a nuestras estrictas ideas de igualdad, no tendrá más remedio que adaptar su mente a esas realidades que nos ha impuesto la vida, que no las hemos buscado nosotros.[10]

IV

En 1993 el dólar implicaba —y en algunos aspectos sigue implicando— una especie de taboo en la estructura ideológica de la «Revolución». No solo significaba aceptar la circulación de la moneda de los Estados Unidos, significaba abrir la puerta a todas las seducciones de «lo material». Hasta aquel momento, del dólar no se hablaba o se hablaba muy poco. Y cuando se hacía, era de modo peyorativo. Su condición de ilegal reforzaba su carácter pernicioso y prohibitivo. Y como en las culturas totémicas, solo podía ser manipulado por aquellos con un mana tan poderoso que les permitiera no sucumbir a su influjo negativo. Era, además, un elemento fundamental de la división del mundo en socialismo y capitalismo:

…jamás, en más de 30 años nos encontramos un ministro corrupto que pidiera dinero por hacer una operación económica o comercial. El fenómeno de la corrupción, tan universal hoy en todas partes, nosotros no tuvimos oportunidad de verlo, ¡ni una sola vez!, a lo largo de más de 30 años de relaciones económicas con la Unión Soviética [en rublos].[11]

En ese mismo discurso de 1993, Castro mencionó un detalle que dejó en al aire y que luego tampoco fue tan remachado como las otras ideas de ese día. Justo después de hablar de la nueva medida, hizo referencia a la «Libreta de Abastecimiento», y en términos hiperbólicos aseguró: «El régimen más justo del mundo que se inventó fue el de la libreta».[12] Si la frase ya debió provocar desconcierto en aquel momento, ahora directamente nos dejaría paralizados. Sin embargo, no es extraño que precisamente la recordara al hablar de la despenalización del dólar.

En el nivel de los imaginarios, «la libreta» tuvo un rol fundamental durante mucho tiempo. Era la contraparte simbólica del consumo —y por tanto de «el dólar». Ajena a la economía de los precios y la demanda, fue alguna vez el summum del «igualitarismo». Con los años acabó volviéndose prácticamente inútil —en la práctica—, pero al mismo tiempo siguió siendo —para los que así lo quisieron— una reminiscencia del delirio que tuvo alguna vez el Estado de repartir los beneficios del socialismo a cada «revolucionario».

En los años noventa, el gobierno sobrevivió a la transgresión del taboo del dólar —y al resto de las medidas—, dando pie a un sujeto escindido, una especie de Ianus que miraba, con dos caras, dos realidades ilusorias. Ahora, en el 2021, con la nueva reunificación monetaria, supuestamente ataca «el dólar», pero también deja en entredicho a su contraparte, «la libreta» —o sea, al igualitarismo. Lo que ahora llama «gratuidades», antes formaba parte de lo que «les tocaba» o lo que «les daban» a la mayoría de los cubanos.[13] Esta presuposición, al menos, ayudaba a sostener en silencio el recuerdo de los objetivos del populismo cubano. El mismo que según la versión posterior de su líder, había quedado en suspenso pero no olvidado.

V

Como postuló Marshall Sahlins en su célebre estudio sobre la muerte del Capitán Cook, «cada uso real de las ideas culturales es una reproducción de ellas, pero cada una de estas referencias es también una diferencia».[14] Ningún entramado ideológico es inmune al tipo de cambios que se produjeron en los años noventa en Cuba, mucho menos a los que se están produciendo ahora. La estructura de significados y las interpretaciones predominantes se vuelven inestables, «quedan en riesgo»[15], y las consecuencias de tales alteraciones no pueden ser previstas. Al final, puede terminar sucediendo el tipo de ajuste cultural que March Bloch describió en la Europa del siglo XV: «aunque las personas no eran del todo conscientes del cambio, los antiguos vocablos que aún estaban en boca de todos habían adquirido poco a poco connotaciones muy alejadas de su significado original».[16]

No estoy seguro que los actuales dirigentes cubanos sean conscientes de la magnitud político-cultural del cambio que se han atrevido a iniciar. O quizás sí, y simplemente eso ya ha dejado de importarles.

Por lo pronto, las puertas del templo de Ianus se han vuelto a cerrar, aunque no hayamos entrado en una época de paz. Se va disipando la ilusión de las dos caras y de los dos mundos. Ahora los salarios parecen más escandalosos, los precios más desproporcionados; la electricidad, el agua y el gas dejan de ser una garantía que, como la educación y la salud, dotaban de un aura de singularidad a la realidad cubana. Antes, los cubanos iban a los estadios, al cine y a los teatros con independencia de si podían acceder a los placeres de la economía dolarizada. A su manera, todo ello reafirmaba la excepcionalidad y pertenecían al ámbito de «lo garantizado» y de las «conquistas» de la primera «Revolución». El paso atrás, 27 años después, no nos devuelve a la «época» de la pureza de la moneda nacional. Al contrario. En medio de la crisis económica actual, enfrentado al desproporcionado crecimiento de los precios, a los cubanos les queda cada vez menos por lo que «resistir».


[1]  Ovidio. Fastos. Ed. Gredos, Madrid. 2001. p. 27.

[2] Bernabé, Alberto. Fragmentos presocráticos. Alianza Editorial, Madrid. 2006. p. 133.

[3] Díaz, María del Pilar. Ideología y Revolución.  Ed. Ciencias Sociales. La Habana, 2001. p. 83.

[4] Más sobre esta dialéctica de Historia y vida cotidiana en Moyano, Yanko «Understanding political beliefs: advantages and conditions of a culturalist notion of event». UNIO-EU Law Journal (Vol. 4, No. 1) y «Acontecimiento-Suceso Y Singularidad Culturalista» ​ en VV.AA. Interconstitucionalidade e Interdisciplinaridade. Desafios, âmbitos e níveis de interação no mundo global. LAECC, Brasil, 2015.

[5] Gaceta Oficial de la República de Cuba, Consejo de Ministros, «Ley No. 1015». La Habana, 12 de marzo de 1962, 1ra Sección (2 secciones), p. 3053 en Díaz, María del Pilar. Op.Cit. p. 183.

[6] Más sobre una periodización de la «Revolución» en Rojas, Rafael. Historia mínima de la Revolución cubana. Turner Publicaciones S.L., Madrid. 2015.

[7] Rojas, Rafael. «Contra el Relato Oficial». Diario de Cuba, 11 de enero de 2013.

[8][8] Shafick Hándal, «líder histórico» de la guerrilla salvadoreña.

[9] Castro, Fidel. «Clausura del acto central por el XL Aniversario del asalto a los cuarteles Moncada y Carlos M. de Céspedes». Teatro Heredia, Santiago de Cuba. 26 de julio de 1993. s/p.

[10] Ibídem.

[11] Ibídem.

[12] Ibídem.

[13] Díaz, María del Pilar. Op. Cit. p. 186.

[14] «Every actual use of cultural ideas is some reproduction of them, but every such reference is also a difference». Sahalins, Marshall. Islands of History. University of Chicago Press, 1987 P. 153.

[15] Sahlins, Marshall. Op.Cit. p. 149.

[16] «Although men were not fully aware of the change, the old names which were still on everyone’s lips had slowly acquired connotations far removed from their original meaning». Bloch, Marc: «French rural history; an essay on its basic characteristics» (1966) en Sahlins, Marshall. Op.Cit. p. 31.